El fenómeno de la expectativa de deterioro económico moderado, definido bajo la respuesta «Un poco peor» respecto al futuro financiero familiar en doce meses, presenta un panorama de preocupación latente y realismo sombrío entre los 19,215 evangélicos encuestados por el Latinobarómetro 2024. Este análisis identifica que la percepción de retroceso no es marginal, sino que se asienta en grupos etarios productivos que sienten la presión de la inflación y la inestabilidad, destacando de manera alarmante el grupo de 26-40 años en Panamá con un 75% y el de 41-60 años en Paraguay con un 67%. Otros puntos de alta concentración de pesimismo se observan en México, donde el 56% del segmento 26-40 años prevé este empeoramiento, y en Chile, donde el 50% de la cohorte de 41-60 años comparte esta visión. En conclusión, este fenómeno refleja una fe que se enfrenta a una realidad socioeconómica hostil, donde la percepción de vulnerabilidad pone a prueba la resiliencia de las familias creyentes ante un entorno que amenaza su bienestar material inmediato.

Esta dimensión de temor ante una situación «Un poco peor» entre los evangélicos encuentra su fundamento y respuesta en las enseñanzas bíblicas sobre la soberanía divina en tiempos de escasez y el llamado a la solidaridad comunitaria. El marco teológico que contextualiza los datos de esta gráfica específica se nutre de pasajes como Habacuc 3:17-18, donde el profeta, aun previendo la falta de fruto y mantenimiento, decide alegrarse en el Dios de su salvación, ofreciendo una perspectiva de esperanza que trasciende el indicador económico negativo. Asimismo, el principio de provisión en medio del desierto, tipificado en el maná de Éxodo 16, refuerza la convicción de que la fe no ignora la crisis, sino que busca la intervención de Dios para el sustento diario. Esta interpretación desde la fe evangélica conecta los principios bíblicos con la realidad socioeconómica analizada, donde el sentimiento de deterioro se convierte en una oportunidad para ejercer una mayordomía de crisis y fortalecer las redes de apoyo mutuo dentro del cuerpo de Cristo.

El grupo etario de 16-25 años evidencia una percepción de deterioro dispar, con la República Dominicana liderando con un 29%, seguida por Bolivia con un 23%, Guatemala con un 21% y Colombia con un 20%. En esta cohorte juvenil, los porcentajes fluctúan desde un mínimo del 0% en Chile, Honduras, Panamá, Paraguay y Uruguay hasta el máximo mencionado en territorio dominicano. Esta brecha sugiere que para una parte de la juventud evangélica, el futuro se percibe con una sombra de precariedad que podría afectar su transición a la vida adulta independiente. Desde una perspectiva pastoral, estos números indican la necesidad de programas de capacitación que brinden esperanza práctica, mientras que para la política pública resalta la urgencia de proteger los empleos juveniles frente a la desaceleración económica, evitando que el pesimismo se traduzca en una desvinculación social de las nuevas generaciones.

La cohorte de 26-40 años exhibe niveles de preocupación extremadamente altos en nodos específicos de la región, con Panamá liderando con un sorprendente 75%, seguido por México con un 56%, Perú con un 50% y Colombia con un 40%. Este rango etario, que representa el motor de la economía familiar, muestra porcentajes que oscilan entre el 0% en Paraguay y el máximo crítico en Panamá, evidenciando una crisis de confianza en la estabilidad de sus ingresos medios. En países como Uruguay (40%) y El Salvador (36%), la expectativa de estar «un poco peor» sugiere una presión financiera asfixiante sobre los hogares jóvenes. Teológicamente, esta etapa requiere una enseñanza profunda sobre la confianza en tiempos de prueba (Salmo 23), instando a la iglesia a ser una comunidad de ayuda práctica que alivie la carga de sus miembros más presionados por el sistema económico.

El rango etario de 41-60 años demuestra ser el más afectado por esta percepción de retroceso en el cono sur, destacando Paraguay con un 67%, seguido por Chile con un 50%, la República Dominicana con un 50% y Venezuela con un 44%. El espectro de este grupo se mueve entre el 18% de Perú y el máximo mencionado en Paraguay, marcando una etapa de madurez donde el temor al deterioro económico se vincula directamente con la seguridad de la vejez y el sostenimiento de dependientes. En naciones como Brasil (42%) y Bolivia (36%), el sentimiento de retroceso moderado advierte sobre una erosión del poder adquisitivo que afecta a la generación que sostiene la estructura eclesial. Implicaciones pastorales sugieren la creación de fondos de emergencia congregacionales, mientras que la labor profética debe señalar las injusticias que permiten que el esfuerzo de décadas se diluya ante la inestabilidad monetaria.

Finalmente, el grupo de 61 años y más exhibe la visión de deterioro más grave y extendida, con Honduras liderando con un 47%, seguido por Costa Rica con un 44%, Uruguay con un 40% y Paraguay con un 33%. El rango varía desde un 7% en la República Dominicana hasta el máximo en Honduras, reflejando que para la tercera edad evangélica, el futuro económico se percibe mayoritariamente como un camino hacia la escasez. En países como Ecuador y El Salvador (ambos con 29%), la expectativa de empeoramiento es una señal de alarma sobre la insuficiencia de las pensiones. El tono aquí debe ser de máxima urgencia pastoral, pues el «un poco peor» para un anciano puede significar la falta de medicamentos o alimento básico. La iglesia, siguiendo el mandato de cuidar a las viudas y huérfanos, debe posicionarse como el último refugio de dignidad para estos creyentes, exigiendo al mismo tiempo políticas de protección social que no abandonen a quienes ya no pueden producir en el mercado.

 

 

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