
El fenómeno de la desconfianza institucional absoluta en el Gobierno —expresada como «Ninguna confianza»— entre la población evangélica de América Latina constituye, en los datos del Latinobarómetro 2024 con sus 19,215 encuestados, una de las señales más graves sobre el estado de la relación entre el evangelicalismo regional y sus poderes ejecutivos nacionales, señal que se agrava progresivamente con la edad y que en varias cohortes y países alcanza proporciones que desafían cualquier lectura optimista sobre la salud democrática de la región. En el grupo de 26 a 40 años, Uruguay lidera con 45%, seguido por Guatemala con 42%, Ecuador con 40%, Perú con 40%, Venezuela con 40% y Brasil con 39%, con un rango del 21% al 45% que señala que en numerosos países la desconfianza total en el Gobierno es ya la postura de entre un tercio y casi la mitad de los evangélicos adultos jóvenes. En la cohorte de 41 a 60 años, Uruguay vuelve a encabezar con 45%, seguido por Ecuador con 40%, Argentina con 36%, Brasil con 37%, Rep. Dominicana con 41% y Costa Rica con 34%, con un rango del 22% al 45% que confirma que el rechazo absoluto al poder ejecutivo se consolida y profundiza en la madurez. El conjunto de los datos dibuja un evangelicalismo latinoamericano en el que franjas crecientes de creyentes han llegado a la conclusión de que su gobierno no merece absolutamente ningún nivel de confianza, conclusión que interpela con urgencia profética tanto a las instituciones del Estado como a las iglesias que pastorean estas comunidades en un clima de ruptura institucional de proporciones históricas.
Esta dimensión de la desconfianza total en el Gobierno entre los evangélicos encuentra en las enseñanzas bíblicas no una justificación del abandono político sino una interpelación profunda sobre las responsabilidades recíprocas entre gobernantes y gobernados, y sobre la vocación del pueblo de Dios de ser agente de transformación antes que espectador indignado de la decadencia institucional. El profeta Habacuc, confrontado con la injusticia sistemática de las instituciones de su tiempo, clama: «¿Hasta cuándo, oh Señor, pediré socorro, y no escucharás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás?» (Habacuc 1:2), lamento que resuena con una autenticidad perturbadora en el corazón de los evangélicos latinoamericanos que han visto pasar gobiernos sin que las condiciones estructurales de injusticia que afectan a sus comunidades se modifiquen sustancialmente. El apóstol Santiago, escribiendo a comunidades de creyentes empobrecidos y marginados, declara sin ambages: «¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán… el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado, clama; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos» (Santiago 5:1,4), denuncia profética que valida la indignación de quienes no confían en gobiernos que protegen intereses económicos antes que derechos populares. Sin embargo, el mismo canon bíblico que valida la denuncia exige también la construcción: Nehemías no se limitó a llorar ante el rey persa por la destrucción de Jerusalén sino que pidió permiso, organizó recursos y lideró la reconstrucción con una mezcla de oración y acción que las iglesias evangélicas latinoamericanas están llamadas a replicar en su propio tiempo histórico, convirtiendo la «ninguna confianza» en el gobierno de turno en energía transformadora al servicio del bien común.
El grupo etario de 16 a 25 años evidencia los niveles más bajos de desconfianza total en el Gobierno de toda la tabla, con Paraguay liderando con 42%, seguido por Ecuador con 22%, Venezuela con 22%, Guatemala con 20%, Panamá con 20%, El Salvador con 18%, Perú con 18%, Rep. Dominicana con 25%, Bolivia con 23%, Colombia con 14%, Honduras con 15%, Costa Rica con 14%, México con 14%, Argentina con 11%, Brasil con 11%, Chile con 10% y Uruguay con 0%, configurando un rango del 0% al 42% con una mediana aproximada en torno al 18-20%. El 0% de Uruguay en esta cohorte —ningún joven evangélico uruguayo expresa desconfianza total en el Gobierno— es coherente con el perfil institucional de ese país y confirma el patrón consistente del evangelicalismo uruguayo a lo largo de toda la investigación: habita una cultura política de mayor confianza relativa en las instituciones que sus pares regionales. El liderazgo de Paraguay con 42% en esta cohorte resulta llamativo dado que ese mismo país registraba el valor más alto de «Algo de confianza» en la variable anterior para la cohorte de 26-40, lo que sugiere que dentro del evangelicalismo paraguayo la distribución de actitudes es inusualmente polarizada según la edad: los jóvenes rechazan completamente el gobierno mientras sus mayores inmediatos mantienen una confianza parcial significativa. Pastoralmente, estos jóvenes que ya han llegado a la desconfianza total ante el poder ejecutivo son los más vulnerables a narrativas antidemocráticas y mesiánicas que prometen renovación institucional por fuera de los canales representativos, lo que hace urgente que las iglesias ofrezcan espacios de formación política que canalicen la indignación legítima hacia el compromiso cívico constructivo antes que hacia la deserción o la radicalización.
La cohorte de 26 a 40 años demuestra los niveles más elevados y preocupantes de desconfianza total en el Gobierno de las cohortes activas, con Uruguay encabezando con 45%, seguido por Guatemala con 42%, Ecuador con 40%, Perú con 40%, Venezuela con 40%, Brasil con 39%, Honduras con 37%, México con 38%, Bolivia con 38%, Argentina con 36%, Colombia con 32%, Panamá con 41%, Chile con 33%, El Salvador con 21%, Rep. Dominicana con 27%, Costa Rica con 25% y Paraguay con 26%, configurando un rango del 21% al 45% con una concentración alarmante en la franja del 36-42% para la mayoría de los países. El liderazgo de Uruguay con 45% en esta cohorte resulta particularmente significativo porque contrasta con el 0% de desconfianza total registrado entre los jóvenes uruguayos de 16-25 años, lo que sugiere que en Uruguay el proceso de maduración política entre los 25 y los 40 años produce un desplazamiento masivo desde la confianza relativa hacia el rechazo institucional, posiblemente como resultado de experiencias directas con las promesas incumplidas de sucesivos gobiernos. La concentración de tantos países en la franja del 36-42% para esta cohorte es uno de los hallazgos más alarmantes de todo el estudio: significa que en la generación que debería estar más activamente comprometida con la vida democrática de sus países, entre un tercio y casi la mitad de los evangélicos ha abandonado toda confianza en su gobierno, lo que representa una masa crítica de ciudadanos de fe que las iglesias deben acompañar con urgencia pastoral hacia formas de participación que no se rindan ante el cinismo sino que lo transformen en vocación transformadora.
El rango etario de 41 a 60 años exhibe una desconfianza total en el Gobierno que se mantiene elevada y en varios países alcanza sus valores máximos de toda la tabla, con Uruguay liderando con 45%, seguido por Rep. Dominicana con 41%, Ecuador con 40%, Argentina con 36%, Brasil con 37%, Costa Rica con 34%, Chile con 33%, México con 33%, Colombia con 32%, Honduras con 31%, El Salvador con 32%, Bolivia con 29%, Panamá con 29%, Perú con 27%, Venezuela con 25%, Paraguay con 22% y Guatemala con 27%, configurando un rango del 22% al 45% con una distribución que refleja la cristalización de la desconfianza en la madurez como resultado de décadas de observación directa del desempeño gubernamental. El liderazgo sostenido de Uruguay con 45% tanto en esta cohorte como en la de 26-40 confirma un patrón que desafía la imagen habitual de ese país como modelo de confianza institucional en América Latina: los evangélicos uruguayos de mediana edad son, proporcionalmente, los más desconfiados de su gobierno en toda la región, dato que podría reflejar la experiencia de una comunidad religiosa minoritaria que se ha sentido históricamente excluida de los beneficios de un Estado laico construido sobre supuestos culturales que no siempre han sido hospitalarios con las identidades evangélicas. Pastoralmente, este grupo etario —el de mayor influencia en las congregaciones— requiere un acompañamiento específico que ayude a transformar la desconfianza acumulada no en resignación sino en el tipo de liderazgo profético que Miqueas describe: «Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide el Señor de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios» (Miqueas 6:8), vocación que en el plano cívico se traduce en la exigencia persistente de gobiernos que sirvan con justicia y transparencia al bien común.
La cohorte de 61 años y más presenta un perfil de desconfianza total en el Gobierno que, aunque en términos absolutos algo más bajo que las cohortes precedentes, adquiere una densidad simbólica particular dado que estos creyentes han sido testigos presenciales de décadas de promesas gubernamentales incumplidas, con Costa Rica liderando con 28%, seguido por Chile con 23%, Colombia con 22%, El Salvador con 29%, Argentina con 18%, Bolivia con 10%, Brasil con 13%, Ecuador con 15%, Guatemala con 11%, Honduras con 17%, México con 14%, Panamá con 10%, Paraguay con 11%, Perú con 15%, Rep. Dominicana con 7%, Uruguay con 10% y Venezuela con 13%, configurando un rango del 7% al 29% que es el más estrecho y bajo de todas las cohortes, señalando que entre los adultos mayores evangélicos la desconfianza total cede terreno —paradójicamente— a posiciones de mayor matiz o de resignación adaptativa que en las cohortes más jóvenes. El liderazgo de El Salvador con 29% y Costa Rica con 28% en esta cohorte resulta llamativo: en El Salvador, el contexto de un gobierno de alta concentración de poder con retórica de seguridad y orden puede haber generado entre los adultos mayores evangélicos una división entre quienes adhieren a esa narrativa y quienes la rechazan completamente, mientras que en Costa Rica la erosión gradual de la institucionalidad democrática percibida ha generado entre los creyentes de mayor edad una desconfianza total que supera incluso a países con historiales más turbulentos. La voz de estos adultos mayores que, después de toda una vida de observación, todavía mantienen algún grado de rechazo total al poder ejecutivo, es una voz que las iglesias tienen la responsabilidad de honrar y articular constructivamente, recordando con el apóstol Pablo que «la esperanza no avergüenza, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado» (Romanos 5:5), esperanza que no niega la realidad de la desconfianza sino que la trasciende con la certeza de que el Dios que reina sobre los gobiernos humanos tiene la última palabra sobre el destino de los pueblos latinoamericanos.
