El análisis de la respuesta «Poca confianza» ante la pregunta sobre el nivel de confianza en el Gobierno, registrada en el Latinobarómetro 2024 sobre una base de 19,215 encuestados evangélicos de diecisiete países latinoamericanos, revela un escepticismo institucional moderado pero significativo que atraviesa todas las cohortes etarias con una consistencia que habla de una actitud colectiva profundamente arraigada en la experiencia histórica de las comunidades evangélicas con sus respectivos gobiernos nacionales. En el grupo de 16 a 25 años, Paraguay lidera con 45%, seguido por Bolivia con 35%, Ecuador con 35%, El Salvador con 29%, Guatemala con 33% y Perú con 38%, con un rango que va del 7% de Uruguay al 45% de Paraguay. En la cohorte de 26 a 40 años, Argentina encabeza con 50%, seguida por Uruguay con 41%, Perú con 39%, Brasil con 39%, México con 37% y Chile con 35%, configurando un rango del 21% al 50% que señala que entre los adultos jóvenes evangélicos la poca confianza en el Gobierno es ya la postura dominante en varios países. El conjunto de los datos dibuja un evangelicalismo latinoamericano que, sin llegar al rechazo total, ha acumulado suficientes experiencias de frustración gubernamental como para mantener una distancia crítica y vigilante ante el poder ejecutivo, distancia que las iglesias tienen la responsabilidad pastoral de encauzar hacia formas constructivas de participación cívica antes que hacia la apatía o el nihilismo político.

Esta dimensión de la poca confianza en el Gobierno entre los evangélicos encuentra sustento y complejidad simultánea en las enseñanzas bíblicas sobre la naturaleza caída del poder humano y la responsabilidad profética del creyente ante las instituciones que gobiernan su vida cotidiana. El profeta Isaías advierte con claridad meridiana: «¡Ay de los que dictan leyes injustas y prescriben tiranía, para apartar del juicio a los pobres y arrebatar el derecho a los afligidos de mi pueblo!» (Isaías 10:1-2), denuncia que la tradición evangélica latinoamericana ha aplicado históricamente a los gobiernos que administran el poder en beneficio de élites antes que del pueblo empobrecido donde las iglesias tienen su mayor arraigo. El apóstol Pedro, escribiendo a comunidades de creyentes que vivían bajo un Imperio Romano que distaba mucho de ser un modelo de justicia, exhorta sin embargo a «honrar al rey» (1 Pedro 2:17) no como mandato de aprobación acrítica sino como reconocimiento de la función ordenadora mínima que todo gobierno ejerce en la convivencia social, reconocimiento que coexiste perfectamente con la «poca confianza» que los datos registran: honrar no equivale a confiar plenamente, y la tradición bíblica distingue con claridad entre el respeto debido a la autoridad como institución y la evaluación crítica de quienes la ejercen. El Eclesiastés, libro de sabiduría que medita sobre las limitaciones de todas las empresas humanas, recuerda: «Si en alguna provincia ves que se oprimen al pobre y se le niega el derecho y la justicia, no te asombres de ello, pues un alto oficial tiene a otro más alto por encima, y por encima de ambos hay otros más altos aún» (Eclesiastés 5:8), observación que describe con precisión asombrosa las estructuras de poder latinoamericanas y que contextualiza teológicamente la poca confianza evangélica en los gobiernos de la región.

El grupo etario de 16 a 25 años evidencia una distribución de la poca confianza en el Gobierno que, con un rango del 7% al 45%, revela la profunda heterogeneidad con que la generación joven evangélica percibe al poder ejecutivo en sus respectivos países, con Paraguay liderando con 45%, seguido por Bolivia con 35%, Ecuador con 35%, Perú con 38%, Guatemala con 33%, El Salvador con 29%, Rep. Dominicana con 33%, Panamá con 26%, México con 26%, Colombia con 23%, Honduras con 23%, Costa Rica con 21%, Brasil with 21%, Argentina con 17%, Venezuela con 16%, Chile con 7% y Uruguay con 7%, configurando una mediana aproximada en torno al 23-26%. El liderazgo de Paraguay con 45% en esta cohorte resulta particularmente significativo porque contrasta con el 67% de «Algo de confianza» que ese mismo país registraba en la cohorte de 26-40 en la variable anterior, lo que sugiere que dentro del evangelicalismo paraguayo existe una fractura generacional interna: los más jóvenes manifiestan mayor escepticismo ante el gobierno que sus mayores inmediatos, posiblemente como reflejo de una socialización política en contextos de mayor exposición a información crítica sobre el desempeño gubernamental a través de redes sociales y medios digitales. Los valores bajos de Chile y Uruguay, ambos con 7%, responden a lógicas distintas: en Chile, la poca confianza cede terreno probablemente a la desconfianza total entre los jóvenes evangélicos, mientras que en Uruguay la cultura política de mayor institucionalidad redistribuye las actitudes de manera diferente. Pastoralmente, estos jóvenes con poca confianza en el Gobierno necesitan acompañamiento que transforme su escepticismo en propuesta, recordando que el profeta Jeremías no se limitó a denunciar la corrupción de su tiempo sino que compró tierras en señal de esperanza en la restauración futura.

La cohorte de 26 a 40 años demuestra los niveles más elevados de poca confianza en el Gobierno de toda la investigación, con Argentina encabezando con 50%, seguida por Uruguay con 41%, Perú con 39%, Brasil con 39%, México con 37%, Chile con 35%, Colombia con 35%, Rep. Dominicana con 33%, Panamá con 34%, Honduras con 28%, Ecuador con 32%, Bolivia with 25%, El Salvador con 24%, Guatemala con 29%, Venezuela con 32%, Costa Rica con 21% y Paraguay con 29%, configurando un rango del 21% al 50% con una concentración notable en la franja del 29-39% que indica que la poca confianza en el Gobierno es la postura mayoritaria o co-dominante en la mayoría de los países para esta cohorte. El liderazgo de Argentina con 50% en este grupo es coherente con el contexto de un país que hacia 2024 transitaba por una de sus crisis económicas más severas de las últimas décadas, con una inflación desbordada y un nuevo gobierno de perfil radicalmente diferente al anterior que generaba tanto adhesiones intensas como rechazos igualmente intensos, y donde la mitad de los evangélicos adultos jóvenes se posicionaba en la zona intermedia de la poca confianza como expresión de una evaluación todavía en proceso. Esta cohorte, que concentra a los profesionales activos y padres de familia que constituyen la columna vertebral de las congregaciones evangélicas latinoamericanas, tiene en su escepticismo moderado ante el poder ejecutivo un activo democrático de enorme valor si las iglesias logran canalizarlo hacia formas organizadas de incidencia pública, exigencia de rendición de cuentas y participación electoral informada que traduzca la fe en responsabilidad ciudadana concreta.

El rango etario de 41 a 60 años exhibe una distribución de poca confianza en el Gobierno que, aunque algo más baja en promedio que la cohorte precedente, mantiene valores significativos en la mayoría de los países, con Venezuela liderando con 42%, seguida por Costa Rica con 36%, Honduras con 31%, Chile con 30%, Brasil con 28%, Ecuador con 28%, Panamá con 29%, Colombia con 26%, El Salvador con 26%, Bolivia con 24%, Guatemala con 27%, Argentina con 20%, México con 20%, Rep. Dominicana con 21%, Perú con 14%, Paraguay con 20% y Uruguay con 41%, configurando un rango del 14% al 42% con una mediana aproximada en torno al 26-28%. El liderazgo de Venezuela con 42% en esta cohorte es uno de los datos más políticamente significativos del estudio: en un país donde la presión gubernamental sobre la sociedad civil y las comunidades religiosas ha sido documentada ampliamente, que cuatro de cada diez evangélicos venezolanos de mediana edad mantengan todavía una postura de poca —y no ninguna— confianza en el Gobierno sugiere la persistencia de una esperanza mínima o de una prudencia comunicativa que hace preferible no expresar la desconfianza total en un contexto de baja libertad de expresión, lo que invita a leer estos datos con una capa adicional de cautela metodológica. El bajo valor de Perú con 14% en esta cohorte confirma el patrón peruano consistente a lo largo de toda la investigación: los evangélicos peruanos de mediana edad han migrado en su mayoría hacia posiciones de desconfianza total, abandonando la zona intermedia de la poca confianza, lo que coloca al evangelicalismo peruano en una situación de máxima tensión entre su fe y las instituciones que gobiernan su país.

La cohorte de 61 años y más presenta el perfil más bajo de poca confianza en el Gobierno de toda la investigación, con valores que en la mayoría de los países no superan el 20%, confirmando la tendencia hacia la polarización evaluativa que se acentúa con la acumulación de experiencia vital, con Uruguay liderando con 26%, seguido por Chile con 28%, Argentina con 13%, El Salvador con 21%, Costa Rica con 23%, Colombia con 16%, Bolivia con 16%, Honduras with 18%, Brasil con 12%, Guatemala con 11%, México con 17%, Panamá con 11%, Rep. Dominicana con 14%, Perú con 10%, Venezuela con 11%, Paraguay con 6% y Ecuador con 5%, configurando un rango del 5% al 28% que es el más estrecho y bajo de todas las cohortes. El liderazgo de Chile con 28% y Uruguay con 26% en este grupo es coherente con el perfil de países donde la institucionalidad democrática más sólida preserva un espacio para el escepticismo moderado incluso entre los adultos mayores, quienes en la mayoría de los demás países han migrado ya hacia posiciones de desconfianza más radical. El 5% de Ecuador y el 6% de Paraguay en esta cohorte señalan contextos donde prácticamente ningún evangélico mayor de 61 años mantiene una postura intermedia: en Ecuador, el alto porcentaje de «Mucha confianza» registrado en la variable anterior sugiere que los adultos mayores se han desplazado masivamente hacia la confianza plena, mientras que en Paraguay el movimiento parece ser en dirección opuesta. Pastoralmente, el bajo porcentaje de poca confianza entre los adultos mayores evangélicos no debe leerse como señal de polarización inevitable sino como una llamada urgente a las iglesias para que desarrollen, a lo largo de todo el ciclo de vida de sus miembros, una formación cívica que ayude a sostener el discernimiento crítico sin caer en los extremos de la idolatría política o el cinismo paralizante, fiel al llamado del apóstol Pablo a «examinar todo y retener lo bueno» (1 Tesalonicenses 5:21), principio hermenéutico que aplicado al ámbito gubernamental significa precisamente la capacidad de evaluar con justicia tanto los logros como las falencias del poder ejecutivo en su servicio al bien común.

 

 

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