
Los datos del Latinobarómetro 2023 revelan disparidades extremas en el acceso a agua caliente de cañería entre evangélicos latinoamericanos, evidenciando la infraestructura sanitaria más desigual de todos los bienes medidos. Chile lidera con 95.04%, seguido por Uruguay con 87.34% y Argentina con 77.63%, conformando el único grupo con acceso mayoritario a este servicio básico. Brasil (72.24%) y México (74.70%) superan el 72%, mientras Paraguay (38.67%) y Ecuador (36.56%) mantienen aproximadamente un tercio de cobertura. En contraste, Venezuela registra apenas 7.44%, Honduras 10.46%, Perú 17.01%, Panamá 18.98%, El Salvador 19.44% y Guatemala 20.18%, todos por debajo del 21%, demostrando que entre 8 y 9 de cada 10 hogares evangélicos en estos países carecen de agua caliente por cañería.
Esta realidad de infraestructura sanitaria básica conecta con principios bíblicos sobre dignidad humana y cuidado del cuerpo como templo del Espíritu Santo según 1 Corintios 6:19-20: «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo». El acceso a agua caliente no constituye lujo sino elemento fundamental de higiene, salud y dignidad personal que facilita prácticas sanitarias adecuadas, especialmente crítico para niños, ancianos y personas enfermas dentro de las comunidades evangélicas.
Existe una brecha monumental de 87.60 puntos porcentuales entre Chile (95.04%) y Venezuela (7.44%), la más amplia observada en cualquier indicador de bienestar material. Solamente tres países—Chile (95.04%), Uruguay (87.34%) y Argentina (77.63%)—superan el 75% de acceso, mientras trece países permanecen por debajo del 75%. Venezuela (92.56%), Honduras (89.54%), Perú (82.99%), Panamá (81.02%) y El Salvador (80.56%) muestran más del 80% de hogares sin este servicio. Guatemala (79.82%), Colombia (78.44%) y República Dominicana (79.64%) también superan el 78% sin acceso, evidenciando que la ausencia de agua caliente constituye la norma para la vasta mayoría de evangélicos latinoamericanos.
Bolivia (73.58%), Colombia (78.44%) y Costa Rica (69.35%) presentan aproximadamente 7 de cada 10 hogares sin agua caliente de cañería. Costa Rica muestra un contraste notable: mientras posee 96.06% de penetración en lavarropas y 94.81% en celulares, apenas 30.65% cuenta con agua caliente, sugiriendo priorización de electrodomésticos y tecnología sobre infraestructura sanitaria permanente. Ecuador (63.44%) y Paraguay (61.33%) mantienen alrededor del 63% sin acceso. Esta distribución revela que el agua caliente de cañería requiere inversión significativa en infraestructura residencial y servicios públicos que muchas economías latinoamericanas no han priorizado o no pueden costear.
Venezuela (7.44%) presenta el colapso más dramático con apenas 7.44% de acceso, reflejando deterioro generalizado de servicios básicos donde incluso hogares con instalaciones previas enfrentan interrupciones en suministro eléctrico necesario para calentar agua. Honduras (10.46%) y Perú (17.01%) permanecen por debajo del 18%, mientras Panamá (18.98%), El Salvador (19.44%) y Guatemala (20.18%) no alcanzan el 21%. Colombia (21.56%) apenas supera el 20%, evidenciando que incluso en ciudades principales el acceso permanece limitado. República Dominicana (20.36%) y Bolivia (26.42%) tampoco superan el 27%, confirmando que la mayoría abrumadora depende de métodos alternativos como calentadores eléctricos individuales, gas o calentamiento manual.
El estudio revela que el agua caliente de cañería constituye el servicio más desigualmente distribuido entre evangélicos latinoamericanos, con solo tres países superando el 75% de acceso mientras trece permanecen por debajo. La brecha de 87.6 puntos porcentuales entre Chile (95.04%) y Venezuela (7.44%) evidencia disparidades abismales en infraestructura sanitaria básica. Aproximadamente entre 7% y 95% de evangélicos acceden a este servicio según el país, con la mayoría regional—especialmente en Centroamérica, países andinos y Caribe—dependiendo de métodos alternativos que demandan mayor inversión energética y tiempo. Esta carencia impacta directamente higiene familiar, salud comunitaria y calidad de vida, reflejando desigualdades estructurales en desarrollo urbano e inversión pública que afectan desproporcionadamente a sectores vulnerables donde evangélicos mantienen presencia significativa.
