El análisis de la respuesta «Algo de confianza» ante la pregunta sobre el nivel de confianza en el Congreso, en el marco del Latinobarómetro 2024 con 19,215 encuestados evangélicos de diecisiete países latinoamericanos, revela una confianza institucional moderada y condicionada que constituye, posiblemente, la actitud más extendida y sociológicamente significativa del evangelicalismo regional frente a sus parlamentos nacionales. Es en el grupo etario de 16 a 25 años donde esta respuesta adquiere su expresión más intensa: Paraguay encabeza con 57%, seguido por Guatemala con 46%, Ecuador con 36%, Honduras con 36%, México con 31% y Perú con 31%, configurando un rango que oscila entre el 3% de Uruguay y el 57% de Paraguay. En la cohorte de 26 a 40 años, Perú lidera con 56%, seguido por Argentina con 53%, Bolivia con 42%, Uruguay con 38%, Chile con 35% y El Salvador con 37%, con un rango del 21% al 56%, lo que sugiere que la confianza parcial en el Congreso crece y se consolida en los años de mayor participación laboral y familiar. Los datos en su conjunto señalan que la confianza moderada —ni plena ni ausente— es la postura dominante del evangelicalismo latinoamericano frente a sus legislaturas, lo que abre un espacio pastoral y cívico de enorme potencial transformador en manos de líderes eclesiásticos comprometidos con la formación de ciudadanos críticos y comprometidos.

Esta dimensión de la confianza parcial en el Congreso entre los evangélicos encuentra contexto y resonancia en las enseñanzas bíblicas sobre la naturaleza ambivalente del poder humano y la vocación del creyente a ejercer un discernimiento activo ante las instituciones civiles. El apóstol Pedro exhorta: «Honrad a todos, amad a los hermanos, temed a Dios, honrad al rey» (1 Pedro 2:17), mandato que en el horizonte hermenéutico evangélico latinoamericano ha sido leído como un llamado a reconocer la legitimidad formal de las instituciones sin abdicar de la responsabilidad ética de evaluar su ejercicio concreto. El libro de Proverbios, por su parte, afirma que «cuando los justos gobiernan, el pueblo se alegra; pero cuando domina el impío, el pueblo gime» (Proverbios 29:2), pasaje que proporciona un criterio moral interno a la fe para juzgar no solo la existencia de la institución legislativa, sino la calidad de su desempeño en favor del bien común. El «algo de confianza» registrado en los datos es, desde esta perspectiva teológica, una postura epistemológicamente honesta: ni la credulidad que ignora la corrupción sistémica documentada en los congresos latinoamericanos, ni el cinismo que abandona toda esperanza de reforma posible, sino una confianza escatológicamente informada que aguarda la redención de las instituciones humanas como parte del proyecto restaurador de Dios en la historia. Esta actitud de confianza crítica es precisamente la que la tradición profética bíblica cultivó: los profetas de Israel honraron la institución monárquica mientras denunciaban sin miedo sus perversiones, manteniendo viva la esperanza de un gobierno que honrara la justicia y la misericordia como mandatos divinos.

El grupo etario de 16 a 25 años exhibe la mayor variabilidad interna de toda la tabla y, al mismo tiempo, los valores más altos de «Algo de confianza» en varios países, con Paraguay liderando con 57%, seguido por Guatemala con 46%, Ecuador con 36%, Honduras con 36%, Perú con 31%, México con 31%, Costa Rica con 27%, Venezuela con 29%, El Salvador con 28%, Rep. Dominicana con 28%, Bolivia con 30%, Brasil con 26%, Colombia con 26%, Panamá con 25%, Argentina con 22%, Chile con 8% y Uruguay con 3%, configurando un rango que va del 3% al 57% y una mediana aproximada en torno al 28-30%. La extraordinaria amplitud de este rango en la generación más joven refleja la profunda heterogeneidad de los contextos nacionales en los que los jóvenes evangélicos están siendo socializados políticamente: en países con partidos políticos que han logrado cierta representatividad efectiva —como Paraguay, donde el dominio colorado ha creado redes clientelares con penetración en comunidades religiosas— la confianza moderada puede ser el resultado de experiencias concretas de intermediación política, mientras que en países como Uruguay y Chile, con mayor densidad institucional secular y tradiciones de laicismo arraigado, los jóvenes evangélicos tienden a mantener una distancia mayor respecto a las instituciones del Estado. Las implicaciones pastorales de estos datos son urgentes: las iglesias evangélicas latinoamericanas necesitan invertir en la formación cívica de sus jóvenes, desarrollando currículos de educación ciudadana que integren la reflexión bíblica sobre el poder y la justicia con el análisis crítico de las instituciones democráticas, evitando tanto el abandono político que deja el campo legislativo librado a intereses contrarios al bien común, como la cooptación acrítica por parte de caudillos que instrumentalizan la fe con fines electorales.

La cohorte de 26 a 40 años demuestra un perfil de confianza moderada en el Congreso que resulta particularmente significativo dado que este segmento concentra a los profesionales activos, padres de familia y líderes intermedios de las congregaciones evangélicas, con Perú encabezando con 56%, seguido por Argentina con 53%, Bolivia con 42%, Uruguay con 38%, El Salvador con 37%, México con 37%, Ecuador con 36%, Chile con 35%, Costa Rica con 34%, Colombia con 33%, Brasil con 33%, Guatemala con 33%, Venezuela con 29%, Honduras con 29%, Rep. Dominicana con 27%, Panamá con 22% y Paraguay con 21%, lo que configura un rango del 21% al 56% con una concentración notable en la franja del 29-38%, sugiriendo que la confianza parcial en el Congreso es una postura mayoritaria y transversal en esta cohorte. El liderazgo de Perú con 56% resulta especialmente llamativo dado el contexto de alta inestabilidad presidencial que ha caracterizado a ese país durante la última década, lo que podría indicar que los evangélicos peruanos de esta generación distinguen con mayor claridad entre el poder ejecutivo —objeto de mayor desconfianza— y el legislativo, o bien que la experiencia de un Congreso activo en la destitución de presidentes ha sido interpretada como un ejercicio legítimo de control institucional. Desde la perspectiva pastoral, esta generación constituye el eslabón más decisivo en la transmisión intergeneracional de actitudes cívicas dentro de las iglesias evangélicas: son estos creyentes quienes hablan con sus hijos sobre política en la mesa familiar, quienes deciden si llevar a sus jóvenes a votar, y quienes modelan en la práctica cotidiana qué significa integrar la fe con la responsabilidad ciudadana, haciendo de su formación un imperativo estratégico para las iglesias que aspiran a ser agentes transformadores de sus sociedades.

El rango etario de 41 a 60 años evidencia un patrón de confianza moderada con valores en general más bajos que la cohorte anterior, pero con casos destacados que merecen atención analítica específica, con Chile liderando con 46%, seguido por Panamá con 37%, Venezuela con 36%, Rep. Dominicana con 33%, Brasil con 30%, Colombia con 30%, Honduras con 31%, Ecuador con 27%, El Salvador con 24%, Costa Rica con 23%, Argentina con 22%, Bolivia con 20%, México con 20%, Paraguay con 18%, Guatemala con 13%, Perú con 13% y Uruguay con 43%, lo que da lugar a un rango del 13% al 46% con una distribución menos concentrada que en la cohorte precedente. El liderazgo de Chile con 46% en este grupo etario resulta coherente con el perfil sociológico de los evangélicos chilenos de mediana edad, quienes han vivido el proceso de democratización desde sus años de formación y mantienen una relación más institucionalizada con el Estado que las generaciones anteriores, marcadas por el régimen militar y sus secuelas. Pastoralmente, este grupo etario merece una atención especial porque se encuentra en la bisagra entre la participación laboral activa y la aproximación a la vejez, etapa en que las preguntas sobre el legado institucional y el país que se deja a las siguientes generaciones adquieren una urgencia existencial particular: las iglesias tienen aquí una oportunidad privilegiada para cultivar liderazgos maduros que combinen la experiencia acumulada con la disposición a seguir aprendiendo, y que puedan articular desde la fe una visión del bien común que inspire tanto a sus coetáneos como a los jóvenes que los observan.

La cohorte de 61 años y más presenta los valores más bajos de toda la tabla en la categoría «Algo de confianza», con Uruguay liderando con 16%, seguido por Costa Rica con 16%, Panamá con 16%, Chile con 12%, Rep. Dominicana con 12%, Brasil con 11%, Colombia con 11%, El Salvador con 11%, México con 11%, Bolivia con 8%, Venezuela con 7%, Guatemala con 9%, Honduras con 4%, Paraguay con 4%, Ecuador con 2%, Argentina con 3% y Perú con 0%, lo que configura un rango del 0% al 16% que es, con diferencia, el más reducido de todas las cohortes, señalando que entre los evangélicos de mayor edad la confianza parcial en el Congreso es una postura minoritaria en prácticamente todos los países analizados. La homogeneidad relativa de estos datos a lo largo de los diecisiete países —todos ellos en la franja del 0% al 16%— contrasta con la dispersión registrada en los grupos más jóvenes y sugiere que, al llegar a la tercera edad, los evangélicos latinoamericanos han llegado a una posición colectivamente convergente de baja pero no nula confianza en sus legislaturas, posición que refleja décadas de observación directa del desempeño parlamentario y que difícilmente puede atribuirse a ignorancia o desinformación. Esta actitud de los adultos mayores evangélicos es proféticamente interpelante para las instituciones del Estado: si quienes más han vivido y más han observado son precisamente quienes menos confían en el Congreso, el llamado a la reforma institucional se vuelve ineludible, y las iglesias evangélicas —cuya membresía envejece en muchos países de la región— tienen en este segmento una voz crítica y experimentada que, encauzada pastoralmente en la esperanza del Reino de Dios, puede ser un poderoso motor de exigencia ética hacia las democracias latinoamericanas que aún buscan ser dignas de la confianza de su pueblo.

 

 

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