Los evangélicos latinoamericanos que declaran que se puede confiar en la mayoría de las personas exhiben patrones diferenciados según grupo etario y contexto nacional, reflejando niveles variables de capital social percibido. El segmento de 26-40 años presenta las concentraciones más elevadas de confianza interpersonal, destacando Ecuador con 50%, México con 45%, Chile con 41%, Argentina con 40% y Panamá con 38%. Los grupos de 41-60 años muestran niveles sustanciales, liderados por Brasil con 50%, Costa Rica con 42%, Chile con 37%, Honduras con 34% y Uruguay con 33%. La franja de 16-25 años presenta porcentajes variables, con Paraguay alcanzando 41%, Colombia con 33%, El Salvador con 31%, Bolivia con 26% y Guatemala y México ambos con 26%. El grupo de 61 años y más registra cifras moderadas, encabezado por Venezuela con 32%, Perú y Uruguay ambos con 21%, Costa Rica con 21% y República Dominicana con 22%. Los datos de 19,215 encuestados revelan que la confianza social generalizada constituye un recurso comunitario significativo pero distribuido heterogéneamente en la población evangélica regional.

Esta dimensión de confianza interpersonal entre los evangélicos encuentra fundamento en las enseñanzas bíblicas sobre la fraternidad cristiana y el amor al prójimo que trasciende las relaciones inmediatas. Jesús enseñó en Juan 13:34-35: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros». El apóstol Pablo exhorta en Gálatas 6:10: «Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe». Proverbios 3:29 instruye: «No intentes hacer mal a tu prójimo que habita confiado junto a ti». Estas escrituras establecen un marco teológico que debería promover confianza interpersonal elevada entre creyentes, aunque los datos revelan que factores contextuales y experiencias sociales específicas modulan significativamente la disposición a confiar en otros, sugiriendo la necesidad de fortalecer la formación en valores comunitarios cristianos que construyan capital social robusto.

El grupo etario de 16-25 años evidencia niveles moderados de confianza interpersonal generalizada, con Paraguay liderando con 41%, seguido por Colombia con 33%, El Salvador con 31%, Bolivia y Guatemala ambos con 26%, México con 26%, Panamá con 25%, Honduras con 20%, Brasil con 20%, Perú con 18%, Costa Rica con 17%, Argentina con 16%, Venezuela con 16%, Ecuador con 11%, Chile con 7%, mientras Uruguay registra 0% y República Dominicana 19%. Los mapas indican que este segmento representa entre 0% y 41% de los evangélicos que confían en la mayoría de personas, sugiriendo que los jóvenes adultos evangélicos muestran disposiciones variables hacia la confianza social, posiblemente influenciados por experiencias generacionales con inseguridad urbana, exposición a corrupción institucional, traumas relacionales previos, o niveles diferenciados de cohesión comunitaria en sus contextos eclesiales, demandando estrategias formativas que cultiven confianza prudente basada en principios cristianos sin ingenuidad pero sin cinismo paralizante.

La cohorte de 26-40 años exhibe los porcentajes más elevados de confianza interpersonal en varios países estudiados, constituyendo el segmento con mayor capital social percibido. Ecuador encabeza con 50%, seguido por México con 45%, Chile con 41%, Argentina con 40%, Panamá con 38%, Perú con 36%, República Dominicana con 31%, Bolivia y Guatemala ambos con 29%, Honduras y Paraguay ambos con 29%, El Salvador con 27%, Colombia con 23%, Venezuela con 21%, Costa Rica con 21%, Brasil con 20%, mientras Uruguay presenta 47%. La visualización cartográfica muestra que este segmento representa entre 20% y 50% del total que confía en la mayoría, evidenciando que esta etapa de consolidación profesional y familiar genera experiencias sociales que en muchos contextos fortalecen la confianza interpersonal, posiblemente debido a redes laborales más amplias, participación cívica incrementada, o madurez relacional que permite discernir mejor en quién confiar, constituyendo el núcleo de potencial construcción de tejido social comunitario robusto.

El rango etario de 41-60 años demuestra porcentajes considerables de confianza interpersonal, con distribución que revela diferencias nacionales sustanciales en experiencia de seguridad social. Brasil lidera con 50%, seguido por Costa Rica con 42%, Chile con 37%, Honduras con 34%, Uruguay con 33%, Venezuela con 32%, Panamá con 32%, Argentina con 32%, Guatemala con 30%, Bolivia con 29%, El Salvador y República Dominicana ambos con 27%, Perú con 24%, Colombia con 23%, Ecuador con 22%, mientras México registra 19%. Los mapas revelan que este segmento oscila entre 19% y 50% de los evangélicos que confían en la mayoría, indicando que la madurez en esta etapa puede coincidir con consolidación o erosión de confianza social dependiendo de trayectorias vitales acumuladas, experiencias con instituciones, exposición a victimización, o estabilidad de contextos comunitarios, sugiriendo que factores estructurales nacionales juegan roles determinantes en configurar disposiciones hacia la confianza interpersonal generalizada.

El grupo de 61 años y más presenta porcentajes variables de confianza interpersonal, con patrones que reflejan sedimentación de experiencias sociales de toda una vida. Venezuela y Uruguay comparten el liderazgo con 32% cada uno, seguidos por República Dominicana con 22%, Perú y Costa Rica ambos con 21%, Uruguay con 20%, Honduras con 18%, Ecuador con 17%, Chile con 15%, Argentina, El Salvador y Guatemala todos con 15%, Argentina con 12%, Brasil con 10%, mientras México, Panamá y Paraguay registran niveles inferiores (10%, 5%, 6% respectivamente). La visualización cartográfica indica que este segmento representa entre 5% y 32% de los que confían en la mayoría, evidenciando que los adultos mayores evangélicos muestran disposiciones heterogéneas hacia la confianza social, posiblemente reflejando décadas de experiencias tanto de solidaridad comunitaria como de decepciones relacionales, sugiriendo la necesidad de ministerios gerontológicos que restauren confianza donde ha sido erosionada y celebren testimonios de fidelidad interpersonal que fortalezcan tejido social intergeneracional.

 

 

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