La percepción de que las elecciones son “fraudulentas” ante la pregunta “¿Las elecciones en este país son limpias o son fraudulentas?” alcanza su nivel más alto en el grupo de 26-40 años, con un máximo de 43%, seguido por el de 16-25 años (42%), el de 41-60 (38%) y el de 61 años y más (23%). En la cohorte de 26-40 años destacan Uruguay (43%), Perú (40%) y, con 39% cada uno, Brasil, México y Panamá. Entre los de 16-25 años sobresalen Paraguay (42%), Bolivia (29%), Ecuador (28%), y Guatemala y República Dominicana (27% cada uno). En el grupo de 41-60 años encabezan Chile (38%), Uruguay (36%), Brasil y República Dominicana (35% cada uno) y Argentina (34%). En el de 61 años y más lideran Costa Rica (23%) y, con 20% cada uno, Colombia, El Salvador y México, seguidos por Honduras (18%). Sobre la base de 19,215 encuestados evangélicos, estos datos muestran que la sospecha de fraude electoral se concentra en la adultez joven e intermedia y disminuye con claridad en los mayores de 61 años, lo que revela un malestar considerable con la legitimidad de los procesos que otorgan el poder. Algunos valores extremos, como el 42% de Paraguay en los de 16-25 años frente al 6% en los de 61 y más, podrían corresponder a submuestras pequeñas, por lo que conviene leerlos con cautela.

Esta dimensión de la percepción de fraude electoral entre los evangélicos encuentra fundamento en las enseñanzas bíblicas sobre la verdad, la justicia y la integridad de quienes ejercen la autoridad. Las Escrituras ordenan: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio” (Éxodo 20:16), y Proverbios 12:17 afirma: “El que habla verdad declara justicia; mas el testigo mentiroso, engaño”. El apóstol Pablo exhorta: “Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo” (Efesios 4:25). Estos textos establecen que la verdad es un fundamento de la vida en comunidad y que el engaño, también en el ámbito público, es contrario al carácter de Dios. Desde esa perspectiva, quien responde que las elecciones son “fraudulentas” expresa una preocupación por la verdad y la justicia en la designación de los gobernantes. Esa preocupación debe equilibrarse con la prudencia bíblica de no acusar sin pruebas, pues la misma Escritura pide no levantar falso testimonio. En contextos latinoamericanos marcados por la polarización y las denuncias cruzadas de fraude, esta realidad plantea a las iglesias el desafío de formar creyentes que oren por sus autoridades, verifiquen la información y defiendan la transparencia electoral con honestidad y sin pasión partidista.

El grupo de 16-25 años exhibe una percepción de fraude elevada pero muy desigual entre países, con un rango que va del 7% al 42%. Paraguay lidera con 42%, seguido de Bolivia (29%), Ecuador (28%), Guatemala y República Dominicana (27% cada uno), Perú (25%), Venezuela (23%), El Salvador (21%), Argentina y México (20% cada uno), Costa Rica, Honduras y Panamá (19% cada uno), Colombia (16%), Brasil (15%), Chile (13%) y Uruguay (7%). Esta amplia dispersión sugiere que muchos jóvenes evangélicos forman su opinión a partir de redes sociales y del entorno familiar y eclesial, donde circulan con rapidez discursos de fraude, más que de una experiencia electoral propia, pues muchos apenas se incorporan al padrón. El contraste entre Paraguay (42%) y Uruguay (7%) indica además que el clima político de cada país pesa más que la edad por sí sola.

La cohorte de 26-40 años evidencia la mayor sospecha de fraude de toda la tabla, con un rango de 27% a 43%. Uruguay lidera con 43%, seguido de Perú (40%), Brasil, México y Panamá (39% cada uno), Argentina, Chile y Venezuela (38% cada uno), Guatemala (37%), Bolivia (34%), Colombia y Honduras (33% cada uno), Paraguay (32%), Ecuador (29%), El Salvador (28%), y Costa Rica y República Dominicana (27% cada uno). Es el grupo más homogéneo y, a la vez, el de valores más altos: en casi todos los países supera el 27%. Se trata de la generación que ya ha votado en varias ocasiones, que está plenamente expuesta al debate público y digital y que ha visto repetirse acusaciones de irregularidades. Esta combinación de experiencia directa y de exposición a campañas de desinformación puede explicar que la desconfianza sea tan generalizada en la región.

El rango etario de 41-60 años demuestra una percepción de fraude elevada y relativamente estable, con valores entre 20% y 38%. Chile encabeza con 38%, seguido de Uruguay (36%), Brasil y República Dominicana (35% cada uno), Argentina (34%), Panamá (33%), Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador y Honduras (31% cada uno), Venezuela (28%), Guatemala (26%), Bolivia (25%), Perú (22%), México (21%) y Paraguay (20%). Esta generación suele ocupar roles de liderazgo en iglesias y comunidades, y su respuesta puede reflejar una experiencia acumulada de varios ciclos electorales y un criterio más crítico sobre la transparencia de los procesos. Que el 31% se repita en cinco países sugiere una desconfianza extendida que trasciende las particularidades nacionales, aunque los valores más bajos de Paraguay, México y Perú indican que en esos países la sospecha es menos marcada en esta cohorte.

El grupo de 61 años y más exhibe la menor percepción de fraude de los cuatro, con un rango de 6% a 23%. Costa Rica lidera con 23%, seguido de Colombia, El Salvador y México (20% cada uno), Honduras (18%), Uruguay (14%), Chile y Perú (13% cada uno), Bolivia, Ecuador y República Dominicana (12% cada uno), Brasil y Venezuela (11% cada uno), Guatemala (10%), Argentina y Panamá (9% cada uno) y Paraguay (6%). En general, los evangélicos de mayor edad tienden a sospechar menos de fraude, lo que puede deberse a una actitud más institucional y de respeto a la autoridad establecida, a un menor consumo de redes sociales donde circulan las denuncias, o a una reserva ante la política activa, más centrada en la vida espiritual y comunitaria. El contraste con los grupos de 26-40 y 41-60 años muestra una brecha generacional importante en la confianza hacia los procesos electorales.

 

 

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