
La confianza plena que los evangélicos latinoamericanos depositaban en los partidos políticos en el año 2020 se configura, a la luz de los datos del Latinobarómetro de ese año sobre una base de 20,000 encuestados, como un fenómeno de llamativa marginalidad cuantitativa que contrasta con la visibilidad pública creciente del movimiento evangélico en la región durante ese período. A diferencia de la edición 2024, esta gráfica no desagrega los datos por grupo etario sino que presenta un porcentaje único por país que refleja la proporción total de evangélicos que respondieron con «mucha confianza», lo que permite una lectura comparativa directa entre naciones. Nicaragua lidera de manera destacada con 10%, constituyendo el único país que alcanza ese umbral y separándose significativamente del resto del continente. Le siguen Uruguay con 7% y República Dominicana con 6%, conformando un segundo bloque de relativa mayor confianza. El Salvador, Panamá y Venezuela registran 3% cada uno, mientras que Brasil, Ecuador, Guatemala, Honduras y Paraguay presentan 2% cada uno. En el extremo inferior, Bolivia, Colombia, Costa Rica, México y Perú reportan apenas 1% de sus encuestados evangélicos con mucha confianza en los partidos políticos. El rango porcentual continental se extiende por tanto entre 1% y 10%, revelando que en el año 2020, en pleno contexto de pandemia por COVID-19 y de agudización de las crisis de gobernanza regional, la confianza plena en los partidos políticos era una postura minoritaria incluso dentro de las comunidades evangélicas, independientemente del país analizado.
Esta dimensión de la escasa pero existente confianza plena en los partidos políticos entre los evangélicos encuentra en las Escrituras un marco de reflexión que sitúa la participación institucional dentro de los límites de la soberanía divina y la responsabilidad cívica del creyente. El libro de Daniel ofrece uno de los testimonios bíblicos más ricos sobre la relación entre la fe y el poder político: Daniel sirvió con integridad en las estructuras del poder babilónico y persa sin comprometer su lealtad última a Dios, encarnando el principio de que la participación en las instituciones humanas no es en sí misma contraria a la fe, siempre que no usurpe el lugar que corresponde exclusivamente a Dios. En Jeremías 29:7, el profeta instruye a los exiliados a buscar el bienestar de la ciudad adonde los llevó cautivos y a orar por ella, pues en su bienestar tendrán ellos también bienestar, estableciendo un mandato de compromiso cívico incluso con estructuras políticas imperfectas y ajenas. El apóstol Pablo, en 1 Timoteo 2:1-2, exhorta a hacer rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad, vinculando la oración intercesora por las autoridades con la posibilidad de una vida comunitaria digna. Desde la perspectiva teológica evangélica, el pequeño porcentaje de creyentes que en 2020 expresaba mucha confianza en los partidos no debe leerse necesariamente como ingenuidad política sino como la expresión de una fe que, fiel al mandato bíblico de intercesión y compromiso cívico, se niega a abandonar completamente el espacio institucional, aun cuando las razones para el escepticismo sean abundantes y documentadas.
