
El Latinobarómetro 2020, estudio que recogió las percepciones de aproximadamente 20,000 encuestados evangélicos en diecisiete países de América Latina, revela un panorama de desconfianza institucional absoluta hacia el Congreso que debe ser calificado, sin eufemismos, como una crisis de legitimidad parlamentaria de proporciones históricas en el seno del evangelicalismo regional. La respuesta «Ninguna» confianza en el Congreso no configura en estos datos una postura marginal o residual, sino que en varios países constituye la posición mayoritaria o cercana a serlo entre los creyentes evangélicos: Perú encabeza el ranking con un devastador 64%, seguido por Paraguay con 58%, Honduras con 53%, El Salvador con 51%, Ecuador con 49% y Chile con 49%, mientras que en el extremo opuesto Uruguay registra el valor más bajo con 17%, seguido por Rep. Dominicana con 28%, Guatemala con 29% y México con 30%, configurando un rango que oscila entre el 17% y el 64% y una mediana regional que se sitúa aproximadamente en el 38-40%. El conjunto de estos datos constituye un diagnóstico severo sobre el estado de la relación entre las comunidades evangélicas y sus parlamentos nacionales en el año marcado por la pandemia de COVID-19, contexto que agudizó percepciones de ineficacia e injusticia institucional ya profundamente arraigadas en el tejido social latinoamericano.
Esta dimensión de la desconfianza total en el Congreso entre los evangélicos latinoamericanos encuentra resonancia directa y perturbadora en las advertencias bíblicas sobre la corrupción del poder humano y la responsabilidad de los líderes ante Dios y ante el pueblo que gobiernan. El profeta Miqueas denuncia con una claridad que resuena con plena vigencia sobre los datos del Latinobarómetro: «Sus jefes juzgan por soborno, sus sacerdotes enseñan por paga, y sus profetas adivinan por dinero» (Miqueas 3:11), palabras que describen con precisión asombrosa la percepción que millones de evangélicos latinoamericanos tienen de sus respectivos congresos nacionales. El Salmo 94 interpela directamente a las instituciones legislativas corruptas: «¿Acaso te comunicarás con el trono de iniquidades que forja el mal como ley?» (Salmo 94:20), pregunta retórica que el salmista formula para denunciar que hay estructuras de poder que, lejos de administrar justicia, la pervierten sistemáticamente en beneficio de quienes ya tienen poder. Sin embargo, la Escritura no autoriza el abandono del campo político ni la resignación ante la injusticia institucional: el libro de Nehemías narra cómo un creyente comprometido reconstruyó las instituciones de su pueblo desde los cimientos, y el mismo Jesús que dijo «dad al César lo que es del César» (Mateo 22:21) implica con ello que el poder civil tiene una esfera legítima que debe ser sostenida, corregida y cuando sea necesario transformada desde adentro por ciudadanos que temen a Dios más que a los hombres. La «ninguna confianza» de los evangélicos latinoamericanos en 2020 es, desde esta perspectiva, una denuncia profética colectiva que las iglesias tienen la responsabilidad de articular constructivamente.
El análisis por país revela que los niveles más alarmantes de desconfianza total se concentran en la región andina y en Centroamérica, con Perú liderando de manera categórica con 64%, una cifra que significa que casi dos de cada tres evangélicos peruanos encuestados en 2020 declararon no tener absolutamente ninguna confianza en su Congreso, resultado que debe leerse en el contexto de la grave crisis institucional que vivía el país: en 2020 el Congreso peruano había disuelto el ejecutivo, el país transitaba por su tercera presidencia en menos de cuatro años, y el escándalo de corrupción del caso Odebrecht había salpicado a prácticamente toda la clase política sin distinción de partido. Paraguay con 58% y Honduras con 53% completan el podio de la desconfianza absoluta, dos países donde la percepción de captura del Estado por parte de élites políticas y económicas enquistadas ha sido documentada ampliamente por organismos internacionales de transparencia. El Salvador con 51% y Ecuador con 49% también superan la barrera del 50% o se aproximan a ella, señalando que en estos países la desconfianza total en el Congreso es ya la postura dominante entre los creyentes evangélicos. Desde el punto de vista pastoral, estas cifras representan un desafío de primera magnitud para el liderazgo eclesial de estos países: las iglesias están pastoreando comunidades que han concluido de manera aplastante que la institución legislativa de su nación no merece ningún nivel de confianza, lo que crea un vacío de participación democrática que puede ser llenado tanto por el activismo cívico transformador como por el populismo autoritario, y la diferencia entre ambas salidas depende en buena medida de la formación política que las iglesias ofrezcan o nieguen a sus miembros.
En el rango intermedio de desconfianza total se ubican Colombia con 38%, Costa Rica con 38%, Nicaragua con 36%, Argentina con 40% y Panamá con 42%, países que comparten el rasgo de haber vivido en el período previo a 2020 escándalos legislativos de alto impacto mediático y una percepción ciudadana extendida de que el Congreso representa intereses sectoriales antes que el bien común. El caso de Argentina con 40% resulta particularmente significativo dado el peso demográfico y cultural del país en el conjunto latinoamericano: cuatro de cada diez evangélicos argentinos no confían en absoluto en su Congreso, dato que contrasta con la tradición de alta participación electoral del país y que refleja la profunda crisis de representatividad que estalló en 2001 con el «que se vayan todos» y que en 2020 seguía sin resolverse estructuralmente. Nicaragua con 36% merece una lectura particular dado el proceso de concentración del poder ejecutivo que venía ocurriendo en ese país, donde el Congreso había cedido progresivamente su independencia institucional, lo que hace que la desconfianza de los evangélicos nicaragüenses sea no solo comprensible sino pastoralmente urgente de acompañar. Estos países del rango intermedio representan contextos donde la desconfianza total, aunque significativa, coexiste todavía con segmentos importantes de creyentes que mantienen algún nivel de confianza en el Congreso, lo que abre un espacio pastoral y cívico para el cultivo de una ciudadanía evangélica que no se rinda ante el cinismo pero tampoco ignore la realidad que los datos describen con tanta elocuencia.
En el extremo más bajo del espectro de desconfianza total se encuentran Uruguay con 17%, Rep. Dominicana con 28%, Guatemala con 29% y México con 30%, países que, por razones muy distintas entre sí, registran los niveles más bajos de rechazo absoluto al Congreso entre los evangélicos encuestados. El caso de Uruguay es el más coherente con su perfil institucional: el país cuenta con la democracia más sólida y el sistema de partidos más institucionalizado de América Latina, con niveles de corrupción percibida consistentemente bajos según índices internacionales, lo que hace que incluso los grupos religiosos minoritarios como los evangélicos hayan encontrado en el Congreso uruguayo un interlocutor con cierta credibilidad y representatividad. El caso de Guatemala con 29% resulta más paradójico dado el contexto de alta corrupción documentada en ese país, y podría explicarse en parte por la particular estructura del evangelicalismo guatemalteco, históricamente más vinculado a redes de poder político y con una tradición de participación directa en candidaturas y cargos legislativos que genera dinámicas de identificación con la institución. México con 30% refleja igualmente la complejidad de un país donde el evangelicalismo está creciendo aceleradamente y donde la llegada de un gobierno de izquierda con retórica popular en 2018 puede haber generado expectativas renovadas sobre la posibilidad de un Congreso más representativo de los sectores populares donde las iglesias evangélicas tienen mayor presencia, expectativas que los datos de 2020 aún no habían terminado de evaluar críticamente.
La lectura de conjunto de estos datos del Latinobarómetro 2020 invita a una reflexión pastoral y profética de largo alcance sobre el lugar del evangelicalismo latinoamericano en la vida democrática de sus países, reflexión que no puede eludir la pregunta fundamental de qué hace la iglesia con la desconfianza que sus propios miembros expresan de manera tan contundente. Bolivia con 27% y Brasil con 26% representan los casos más llamativos del rango bajo, especialmente Brasil dado su tamaño y la altísima presencia evangélica en su Congreso —la llamada «bancada evangélica»— que hace que el 26% de desconfianza total pueda interpretarse como una señal de que incluso entre los creyentes más cercanos al poder legislativo subsiste una porción significativa de desconfianza radical. El evangelicalismo latinoamericano de 2020, marcado por la pandemia, la crisis económica y el colapso de múltiples narrativas de progreso institucional, se muestra en estos datos como una comunidad de fe que ha aprendido a desconfiar de los poderes de este mundo sin haber aprendido todavía plenamente, en muchos contextos, a transformar esa desconfianza en acción transformadora. La tarea pastoral que emerge de estos datos es clara y urgente: formar creyentes que, fieles a la tradición profética bíblica que nunca confundió la esperanza del Reino de Dios con la confianza en las instituciones humanas, sean capaces de participar activamente en la reforma de esas instituciones desde los valores del evangelio, recordando la exhortación del apóstol Pablo: «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento» (Romanos 12:2), transformación que en el plano cívico significa precisamente negarse tanto a la idolatría institucional como a la deserción política.
