El fenómeno de la expectativa de estabilidad económica, definida bajo la premisa de una situación que se mantendrá «Igual» en los próximos doce meses, revela una configuración compleja de resiliencia y realismo entre los 19,215 evangélicos encuestados en América Latina según el Latinobarómetro 2024. Este análisis identifica que la percepción de continuidad financiera no es uniforme, sino que fluctúa significativamente según el rango etario y la ubicación geográfica, destacando grupos con porcentajes de respuesta elevados como el sector de 41-60 años en Costa Rica con un 53%, y el de 26-40 años en México con el mismo 53%. Otros puntos de alta concentración estadística se observan en Uruguay con un 50% en el segmento de 41-60 años, y en Argentina donde el 46% del grupo de 26-40 años prevé que su economía no variará. Esta tendencia hacia la previsión de una «meseta» económica sugiere una mentalidad de preservación del statu quo en contextos de volatilidad regional, donde la ausencia de deterioro se percibe, en muchos casos, como una forma de éxito relativo frente a las crisis sistémicas que atraviesa el continente.

Esta dimensión de estabilidad y continuidad económica entre los evangélicos encuentra su fundamento y respuesta en las enseñanzas bíblicas sobre el contentamiento y la soberanía divina, principios que actúan como un ancla emocional frente a la incertidumbre del mercado. El apóstol Pablo, en Filipenses 4:11-12, declara haber aprendido a estar satisfecho en cualquier situación, ya sea en la abundancia o en la necesidad, una teología que se refleja en la respuesta «Igual» como una manifestación de paz que trasciende el crecimiento material inmediato. Asimismo, el marco teológico que contextualiza estos datos se nutre de la confianza en la provisión diaria, evocando el «pan nuestro de cada día» de Mateo 6:11, donde la estabilidad no es vista como estancamiento, sino como la fidelidad sostenida de Dios en el tiempo. Esta perspectiva de fe permite que el creyente interprete la realidad socioeconómica no desde la ansiedad del consumo, sino desde una mayordomía responsable que valora la firmeza de sus recursos, permitiendo que la comunidad de fe mantenga su labor misional y social sin depender exclusivamente de ciclos de bonanza externa.

El grupo etario de 16-25 años evidencia una percepción de estabilidad moderada pero heterogénea, con Venezuela liderando con un 33%, seguida de cerca por Bolivia y Paraguay con un 29%, la República Dominicana con un 28% y Ecuador con un 23%. En este rango, los porcentajes fluctúan desde el mínimo del 3% en Uruguay hasta el máximo mencionado en Venezuela, lo que sugiere que para la juventud evangélica, la expectativa de que las cosas permanezcan igual está intrínsecamente ligada a la precariedad o solidez de su inserción laboral temprana. Desde una perspectiva pastoral, estos números indican una generación que, en países como Perú (22%) o Argentina (19%), podría estar experimentando una falta de movilidad ascendente, lo que requiere políticas públicas de fomento al empleo juvenil y una pastoral universitaria que brinde herramientas de emprendimiento. El hecho de que un tercio de los jóvenes venezolanos espere estabilidad en medio de una crisis prolongada puede interpretarse como un mecanismo de defensa o una adaptación a una economía ya dolarizada de facto donde los cambios bruscos se han normalizado.

La cohorte de 26-40 años exhibe los niveles más altos de expectativa de continuidad en varios mercados clave, con México liderando con un contundente 53%, seguido por Argentina con un 46%, la República Dominicana con un 41%, Bolivia con un 40% y Guatemala también con un 40%. Este rango porcentual, que va desde el 16% en Costa Rica hasta el 53% en México, representa a la población en su etapa de mayor productividad y formación de hogares, donde la respuesta «Igual» suele denotar una consolidación de responsabilidades financieras. Implicaciones de política pública sugieren que en naciones como Paraguay (39%) y Honduras (38%), este grupo busca seguridad social y acceso a crédito para vivienda más que subsidios directos. Teológicamente, esta etapa refleja la ética del trabajo descrita en Colosenses 3:23, donde la estabilidad económica es el fruto del esfuerzo constante, y la iglesia debe acompañar este proceso fortaleciendo la educación financiera y el apoyo a las familias jóvenes para evitar que la «igualdad» se convierta en un estancamiento por falta de oportunidades de inversión.

El rango etario de 41-60 años demuestra una tendencia hacia la consolidación del ingreso, con Costa Rica liderando con un 53%, Uruguay con un 50%, Panamá con un 41%, y tanto Brasil como El Salvador con un 39%. El espectro de este grupo se mueve entre el 17% de Bolivia y el 53% costarricense, marcando una etapa de madurez donde la previsibilidad es altamente valorada frente a la proximidad de la jubilación. En países como Colombia y Chile (ambos con 35%), la percepción de que la economía se mantendrá igual sugiere una resiliencia ante las reformas estructurales, pero también advierte sobre la posible erosión del poder adquisitivo en el largo plazo si la inflación supera el ingreso estático. Pastoralmente, este segmento es la columna vertebral de las congregaciones, y su estabilidad financiera garantiza el sostenimiento de las obras sociales; por ello, es imperativo que los liderazgos eclesiásticos promuevan una teología de la generosidad que no se retraiga ante la prudencia económica, recordando que la provisión es dinámica aunque el entorno parezca estático.

Finalmente, el grupo de 61 años y más exhibe una visión de estabilidad que es, en muchos sentidos, la más rígida y preocupante, con Chile liderando con un 35%, seguido por Uruguay con un 27%, Panamá y Colombia con un 20%, y El Salvador y Honduras con un 17%. El rango varía drásticamente desde apenas un 4% en Paraguay hasta el 35% chileno, reflejando las realidades de los sistemas de pensiones en la región, donde «seguir igual» a menudo significa subsistir con ingresos fijos que no cubren el aumento del costo de vida o salud. Este tono debe ser progresivamente más serio, pues en México y la República Dominicana, donde solo el 7% espera estabilidad, la incertidumbre para la tercera edad es alarmante. Es urgente una respuesta profética que denuncie la precariedad de los ancianos y una política pública que garantice una vejez digna, mientras que la iglesia, siguiendo el mandato de honrar a los padres, debe intensificar sus redes de cuido y asistencia para que la estabilidad no sea sinónimo de abandono en la escasez.

 

 

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