
La respuesta «Poca confianza» ante la pregunta sobre el nivel de confianza en el Congreso, registrada en el Latinobarómetro 2024 sobre una base de 19,215 encuestados evangélicos de diecisiete países latinoamericanos, configura un cuadro de escepticismo institucional moderado pero extendido que atraviesa generaciones y geografías con una consistencia que merece análisis pastoral y político urgente. Es en el grupo etario de 16 a 25 años donde la variación es más pronunciada, con Paraguay encabezando con 39%, seguido por Perú con 40%, Ecuador con 30%, Guatemala con 33% y Bolivia con 31%, mientras que Uruguay apenas alcanza el 7% y Chile el 13%, configurando un rango del 7% al 40%. En la cohorte de 26 a 40 años, Argentina lidera con 41%, seguida por Chile con 42%, México con 40%, Brasil con 39% y Venezuela con 39%, con un rango del 27% al 42% que revela una desconfianza más uniforme y consolidada en la generación de mediana edad activa. El patrón general que emerge de los datos es que la «poca confianza» en el Congreso no es una actitud residual ni marginal en el evangelicalismo latinoamericano, sino una postura mayoritaria en numerosos países y cohortes, lo que interpela directamente a las iglesias sobre su responsabilidad en la formación de ciudadanos que, más allá del escepticismo, sepan transformar la crítica en acción cívica constructiva.
Esta dimensión de la desconfianza institucional moderada en el Congreso entre los evangélicos encuentra resonancia profunda en las enseñanzas bíblicas sobre la naturaleza caída del poder humano y la responsabilidad del creyente de discernir con integridad las instituciones que lo gobiernan. El salmista advierte con claridad: «No confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación» (Salmos 146:3), versículo que la tradición evangélica ha interpretado no como un llamado al anarquismo institucional, sino como una advertencia teológica contra la idolatría política que deposita en las instituciones humanas una confianza que solo corresponde a Dios. El profeta Isaías, por su parte, denuncia sin ambages a los líderes que «decretan leyes injustas y prescriben tiranía» (Isaías 10:1), estableciendo un precedente bíblico para el escrutinio moral de las legislaturas en función de su fidelidad a los principios de justicia y misericordia. La «poca confianza» registrada en los datos puede leerse, desde esta perspectiva teológica, como una forma de discernimiento espiritual colectivo: el evangelicalismo latinoamericano, mayoritariamente popular y frecuentemente marginalizado por las estructuras de poder, ha aprendido a lo largo de décadas que los congresos de sus países han sido con frecuencia instrumentos de intereses sectoriales antes que garantes del bien común, y su escepticismo moderado refleja esa experiencia histórica acumulada sin renunciar, como lo haría el cinismo absoluto, a la posibilidad de que las instituciones puedan ser redimidas y reformadas desde adentro por ciudadanos comprometidos con los valores del Reino de Dios.
El grupo etario de 16 a 25 años evidencia una distribución de la «poca confianza» que oscila entre el 7% y el 40%, con Perú liderando con 40%, seguido por Paraguay con 39%, Guatemala con 33%, Bolivia con 31%, Ecuador con 30%, Honduras con 24%, Panamá con 28%, El Salvador con 28%, Venezuela con 21%, Colombia con 16%, Brasil con 18%, Argentina con 17%, México con 17%, Costa Rica con 14%, Rep. Dominicana con 22%, Chile con 13% y Uruguay con 7%, configurando uno de los rangos más amplios de la tabla y revelando la enorme heterogeneidad con que la generación joven evangélica percibe a sus respectivos congresos nacionales. El liderazgo de Perú y Paraguay en esta cohorte resulta sociológicamente coherente: ambos países han experimentado crisis legislativas de alta visibilidad en años recientes —destituciones presidenciales, escándalos de corrupción y bloqueos institucionales— que han formado una generación de jóvenes creyentes con una conciencia crítica aguda sobre las limitaciones del poder parlamentario, sin que ello implique necesariamente una negación total de su legitimidad. El bajo porcentaje de Uruguay, donde solo el 7% de los jóvenes evangélicos expresa «poca confianza», podría parecer paradójico, pero se explica en parte por la estructura particular del evangelicalismo uruguayo —más pequeño, más urbano y más integrado al ethos laico predominante— lo que hace que las actitudes de desconfianza parcial sean reemplazadas por posiciones más extremas en ambas direcciones. Pastoralmente, este grupo demanda acompañamiento en la elaboración de una postura cívica que transforme el escepticismo en participación informada, evitando que la «poca confianza» devenga en abstención política o en captación por liderazgos populistas que prometen renovación institucional sin ofrecerla genuinamente.
La cohorte de 26 a 40 años demuestra el patrón más homogéneo y, en términos proporcionales, más elevado de «poca confianza» en el Congreso de toda la tabla, con Chile encabezando con 42%, seguido por Argentina con 41%, México con 40%, Brasil con 39%, Venezuela con 39%, Uruguay con 37%, Perú con 37%, Rep. Dominicana con 35%, Panamá con 35%, Bolivia con 34%, Honduras con 33%, Colombia con 32%, Ecuador con 30%, Paraguay con 32%, El Salvador con 27%, Costa Rica con 27% y Guatemala con 30%, lo que da lugar a un rango del 27% al 42% notablemente más comprimido que el de la cohorte precedente, sugiriendo que en la adultez temprana-media el evangelicalismo latinoamericano converge hacia una postura de escepticismo moderado compartido. La concentración de los países en la franja del 30-42% en esta cohorte es uno de los datos más significativos del estudio: indica que, independientemente del contexto nacional, los evangélicos de 26 a 40 años que han experimentado ya el mercado laboral, las responsabilidades familiares y los ciclos electorales de sus países tienden a evaluar sus congresos con un escepticismo remarkablemente similar, lo que apunta a que la desconfianza moderada es una consecuencia predecible de la maduración política en contextos institucionales latinoamericanos con déficits de representatividad estructuralmente arraigados. Desde la perspectiva pastoral, esta generación constituye el corazón activo de las iglesias evangélicas y su actitud ante el Congreso tiene consecuencias directas sobre la participación política de sus comunidades, haciendo urgente el desarrollo de espacios formativos que traduzcan la crítica institucional en propuestas concretas de incidencia legislativa desde los valores del evangelio.
El rango etario de 41 a 60 años exhibe una distribución de «poca confianza» que, aunque algo más baja que en la cohorte de 26-40, mantiene niveles significativos en la mayoría de los países, con Costa Rica liderando con 37%, seguida por Brasil con 33%, Rep. Dominicana con 33%, Colombia con 32%, Argentina con 32%, Ecuador con 31%, Honduras con 25%, El Salvador con 30%, Panamá con 26%, Bolivia con 24%, Chile con 21%, Guatemala con 25%, México con 30%, Paraguay con 23%, Perú con 13%, Uruguay con 30% y Venezuela con 21%, configurando un rango del 13% al 37% con una mediana aproximada en torno al 27-30%. El liderazgo de Costa Rica con 37% en este grupo es llamativo dado que ese país es generalmente reconocido como uno de los más estables institucionalmente de América Latina, lo que sugiere que incluso en democracias relativamente consolidadas los evangélicos de mediana edad mantienen un nivel significativo de desconfianza hacia el poder legislativo, posiblemente alimentado por la percepción de que el Congreso costarricense ha sido un obstáculo antes que un facilitador de reformas sociales percibidas como necesarias desde la perspectiva comunitaria evangélica. El descenso general de los porcentajes respecto a la cohorte anterior podría indicar que en la madurez los creyentes tienden a moverse hacia posiciones más extremas —ya sea hacia la confianza plena o hacia la desconfianza total— abandonando la tierra de nadie de la desconfianza moderada, lo que tiene implicaciones pastorales directas sobre cómo se trabaja la formación cívica en los grupos de adultos de las iglesias evangélicas latinoamericanas.
La cohorte de 61 años y más presenta los niveles más bajos de «poca confianza» en el Congreso de toda la investigación, con Uruguay liderando con 26%, seguido por Chile con 24%, Colombia con 21%, Costa Rica con 21%, El Salvador con 15%, Honduras con 18%, Venezuela con 18%, Bolivia con 12%, Brasil con 10%, Argentina con 10%, Perú con 10%, Rep. Dominicana con 10%, Ecuador con 9%, Guatemala con 13%, México con 13%, Panamá con 11% y Paraguay con 7%, configurando un rango del 7% al 26% que es el más estrecho y bajo de todas las cohortes, señal de que entre los adultos mayores evangélicos la «poca confianza» cede terreno a posiciones más definitivas —ya sea la desconfianza absoluta o, en menor medida, la confianza plena producto de la resignación o la lealtad institucional forjada en contextos específicos. El liderazgo de Uruguay con 26% y Chile con 24% en esta cohorte es consistente con el perfil de países con tradiciones institucionales más consolidadas, donde los adultos mayores evangélicos mantienen una memoria histórica de instituciones que, a pesar de sus falencias, han preservado ciertos estándares mínimos de funcionamiento democrático. Desde una perspectiva teológica y pastoral, el bajo porcentaje de «poca confianza» entre los adultos mayores no debe leerse necesariamente como una señal de mayor satisfacción institucional, sino como el reflejo de una polarización evaluativa que se acentúa con la edad: quienes han vivido más han formado juicios más definitivos, y las iglesias tienen la responsabilidad de acompañar a sus adultos mayores en el ejercicio de una ciudadanía activa hasta el final de sus vidas, animándolos a que su voz crítica, forjada en décadas de observación, siga siendo un aporte profético al debate público sobre la calidad de las instituciones que sus nietos heredarán, en fidelidad a la promesa del Salmo 92:14: «Aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes.»
