Los datos del Latinobarómetro 2024, sustentados en encuestados evangélicos distribuidos en catorce países de América Latina, revelan que la respuesta «muy justa» ante la pregunta sobre cuán justa es la distribución del ingreso en su país constituye la postura más minoritaria y estadísticamente concentrada de toda la serie analizada, con valores que en la mayoría de los países y grupos etarios se ubican en rangos muy bajos o directamente en 0%, y con los porcentajes más elevados concentrados en combinaciones específicas de país y grupo etario que probablemente reflejan submuestras reducidas antes que tendencias poblacionales representativas. El grupo de 41 a 60 años registra los porcentajes más llamativos con Ecuador y Perú registrando ambos 100% —dato que debe interpretarse con cautela metodológica extrema—, seguidos de México con 67%, Chile con 60% y Colombia con 43%. El segmento de 26 a 40 años exhibe valores destacados con Argentina registrando 100% —igualmente sujeto a la misma cautela—, Panamá con 69% y Venezuela con 33%. El rango del grupo 16-25 oscila entre 0% y 69%, y el de 26-40 entre 0% y 100% según los mapas de la gráfica. Este fenómeno es en sí mismo profundamente revelador: la percepción de que la distribución del ingreso en los países latinoamericanos es muy justa es tan estadísticamente infrecuente entre los evangélicos encuestados que resulta prácticamente imposible construir patrones representativos a partir de sus porcentajes, lo cual constituye por sí solo un hallazgo analítico de primera magnitud sobre la percepción de justicia distributiva dentro de las comunidades evangélicas de la región.

Esta dimensión de percepción de distribución del ingreso como muy justa entre los evangélicos —siendo tan minoritaria— encuentra un contexto teológico inverso al que domina la tradición bíblica sobre la justicia económica: las Escrituras dedican vastamente más atención a la denuncia de la distribución injusta del ingreso que a su celebración como justa, lo que convierte la rareza estadística de esta respuesta en una confirmación empírica de la conciencia bíblica que el evangelicalismo latinoamericano ha desarrollado sobre la realidad económica de sus países. Levítico 25:23-24 establece el principio teológico fundamental de que la tierra y sus frutos pertenecen a Dios y deben distribuirse con justicia entre todos: «La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra mía es; pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo. Por tanto, en toda la tierra de vuestra posesión otorgaréis rescate a la tierra.» Este mandato de redistribución periódica —encarnado en la institución del año jubilar— establece que la concentración indefinida de riqueza en manos de pocos es contraria al orden divino, lo que hace teológicamente coherente que los evangélicos latinoamericanos perciban mayoritariamente la distribución del ingreso de sus países como injusta antes que muy justa. Proverbios 13:23 observa con agudeza sapiencial: «En el barbecho de los pobres hay mucho pan; mas se pierde por falta de juicio», señalando que la pobreza no es resultado de la escasez sino de sistemas distributivos que impiden que los recursos lleguen a quienes los producen. Lucas 1:52-53 proclama en el Magníficat la visión económica del reino de Dios: «Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos.» Esta perspectiva radical de inversión económica como característica del reino contrasta tan marcadamente con la realidad distributiva latinoamericana que hace comprensible por qué casi ningún evangélico encuestado puede sostener genuinamente que la distribución del ingreso en su país es muy justa.

El grupo etario de 16 a 25 años evidencia los porcentajes más variables y con mayor presencia de valores extremos de toda la muestra, con Guatemala encabezando con 69% —valor que sugiere una submuestra muy pequeña de jóvenes evangélicos guatemaltecos encuestados—, seguido de El Salvador con 30%, República Dominicana con 30% y Bolivia con 25%. En el extremo opuesto, Argentina (0%), Colombia (0%), Ecuador (0%), México (0%), Panamá (0%) y Perú (0%) no registran ningún joven evangélico encuestado que perciba la distribución del ingreso como muy justa, configurando un rango que oscila entre 0% y 69% según los mapas de la gráfica. La concentración de ceros en países como Argentina, Colombia, México y Perú en la juventud evangélica resulta sociológicamente coherente: son países donde la desigualdad de ingresos es estructuralmente visible y cotidianamente experimentada por los jóvenes creyentes que pertenecen mayoritariamente a sectores populares y medios-bajos. Guatemala (69%) en la juventud, interpretado con la debida cautela metodológica, podría reflejar que los pocos jóvenes evangélicos guatemaltecos que respondieron esta categoría pertenecen a sectores socioeconómicos específicos con experiencias económicas atípicas dentro del contexto general de alta desigualdad que caracteriza a ese país centroamericano.

La cohorte de 26 a 40 años exhibe los datos más extremos de toda la gráfica, con Argentina registrando 100% y Panamá 69%, ambos valores que con alta probabilidad reflejan submuestras de muy pocos encuestados cuyas respuestas individuales producen porcentajes extremos no generalizables. Más allá de estos valores atípicos, Venezuela registra 33%, Honduras 28% y Colombia 29%, mientras que Ecuador (0%) y Perú (0%) no registran ningún evangélico de esta cohorte que perciba la distribución como muy justa, configurando un rango que oscila entre 0% y 100% según los mapas. Los porcentajes más representativos de este grupo —Venezuela 33%, Colombia 29%, Honduras 28%— sugieren que incluso entre los adultos jóvenes evangélicos de países con alta desigualdad documentada, una proporción pequeña pero no insignificante percibe la distribución del ingreso como muy justa, lo que podría reflejar experiencias personales de movilidad social positiva, pertenencia a sectores con mayor acceso a recursos, o una cosmovisión teológica de prosperidad que interpreta el bienestar personal como evidencia de un orden distributivo justo, independientemente de las condiciones estructurales que afectan a la mayoría de sus conciudadanos.

El rango etario de 41 a 60 años exhibe los valores más elevados de percepción de distribución muy justa, con Ecuador y Perú registrando ambos 100% —valores que deben leerse con máxima cautela metodológica pues casi con certeza reflejan uno o muy pocos encuestados en esas combinaciones específicas—, seguidos de México con 67%, Chile con 60% y Colombia con 43%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Guatemala con apenas 6%, Panamá con 6% y Costa Rica con 25%, configurando un rango que oscila entre 0% y 100% según los mapas de la gráfica. Ignorando los valores extremos metodológicamente sospechosos, los porcentajes más representativos de este grupo —Colombia 43%, Chile 60%, México 67%— resultan llamativos porque corresponden a países donde la desigualdad económica es ampliamente documentada y experimentada. Una posible explicación es que los evangélicos de mediana edad en estos contextos que perciben la distribución como muy justa pertenecen a sectores que han experimentado movilidad social ascendente a través de la fe —emprendimientos, redes de solidaridad eclesial, acceso a educación promovida por las iglesias— y que interpretan su trayectoria personal como evidencia de un sistema distributivo que recompensa el esfuerzo, la integridad y la honradez que su fe les ha inculcado, antes que como resultado de privilegios estructurales o como excepción dentro de un sistema ampliamente injusto.

La generación de 61 años y más presenta la distribución más contenida de toda la gráfica, con Colombia encabezando con 29%, seguida de Venezuela con 17%, Bolivia con 25%, Costa Rica con 25% y Honduras con 28%. Varios países registran 0% en este segmento —Argentina, Chile, Ecuador, México, Perú y Panamá—, configurando un rango que oscila entre 0% y 29% según los mapas de la gráfica. La ausencia total de adultos mayores evangélicos en Argentina, Chile, Ecuador, México, Perú y Panamá que perciban la distribución del ingreso como muy justa resulta analíticamente coherente con la experiencia acumulada de generaciones que han observado a lo largo de décadas cómo las economías de sus países han producido riqueza concentrada y pobreza distribuida, desafiando sistemáticamente cualquier narrativa de justicia distributiva. Los adultos mayores evangélicos son frecuentemente los miembros con mayor memoria histórica de sus congregaciones: han visto crisis económicas, programas de ajuste estructural, auges y colapsos, y han llegado a conclusiones sólidas sobre la naturaleza de los sistemas distributivos de sus países que difícilmente pueden ser calificados como muy justos desde la perspectiva de la experiencia vivida. En conjunto, la rareza estadística de la respuesta «muy justa» en esta gráfica constituye en sí misma el hallazgo más significativo de todo el análisis: el evangelicalismo latinoamericano, formado en la tradición bíblica de justicia distributiva y enraizado mayoritariamente en los sectores populares que experimentan de manera más directa las consecuencias de la desigualdad estructural, percibe de manera abrumadora que la distribución del ingreso en sus países no es muy justa, lo que plantea un desafío profético urgente a las iglesias para que traduzcan esa percepción en compromiso transformador con las estructuras económicas que sus propias Escrituras condenan.

 

 

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