Los datos del Latinobarómetro 2024, recabados sobre una muestra representativa de encuestados evangélicos en América Latina, exponen un nivel considerable de rechazo ante la afirmación de que la democracia, aun con sus fallas, representa el mejor sistema de gobierno posible. El fenómeno del desacuerdo con este principio político se concentra de forma muy marcada en el grupo de adultos jóvenes de 26 a 40 años, donde se registran los porcentajes más elevados de toda la muestra, liderados por Venezuela con un 54%, seguido de cerca por Chile con un 53% y Uruguay con un 53%, además de Brasil con un 43% y Bolivia con un 39%. El segmento de 41 a 60 años sostiene una tendencia intermedia alta encabezada por Uruguay con un 42% y República Dominicana con un 36%. Por su parte, la juventud de 16 a 25 años destaca con un pico máximo en Argentina alcanzando un 44% y Paraguay con un 39%, mientras que la población de 61 años y más exhibe posturas de desacuerdo más moderadas pero destacables en México (26%) y Costa Rica (25%). Este panorama revela que una porción sustancial de la población evangélica latinoamericana expresa serias reservas respecto a la superioridad del modelo democrático liberal, un cuestionamiento impulsado principalmente por las generaciones jóvenes y adultas intermedias que han experimentado las deficiencias institucionales de sus respectivos países.

Esta dimensión de desacuerdo con la premisa de que la democracia es el mejor sistema de gobierno entre los evangélicos encuentra contexto en las enseñanzas bíblicas sobre la soberanía absoluta de Dios, la fragilidad intrínseca de las estructuras políticas humanas y la imperfección de las instituciones terrenales. En 1 Samuel 8:6-7, ante la insistencia del pueblo por un sistema político terrenal, la Escritura registra: «Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos.» Este pasaje subraya una tensión teológica histórica entre el gobierno divino y los modelos humanos. De igual manera, el salmista advierte en Salmos 146:3: «No confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación», un principio que recuerda a los creyentes la naturaleza limitada de cualquier régimen político. Finalmente, Isaías 40:23 sostiene que Dios «reduce a la nada a los poderosos, y a los que gobiernan la tierra hace como cosa vana». Desde la cosmovisión evangélica, la insatisfacción o el desacuerdo con el sistema democrático no necesariamente equivale a una adhesión al autoritarismo, sino que suele reflejar un pragmatismo teológico: el reconocimiento de que ningún sistema secular —incluso la democracia— puede ostentar un carácter mesiánico ni garantizar por sí mismo la justicia, la verdad o el bienestar espiritual y social de una nación.

El grupo etario de 16 a 25 años evidencia una marcada dispersión en el nivel de desacuerdo con la democracia, registrando un rango porcentual que se extiende del 0% al 44%. En esta cohorte juvenil, los datos ordenados de mayor a menor porcentaje se distribuyen de la siguiente manera: Argentina encabeza el segmento con un 44%, seguida por Paraguay con un 39%, Guatemala con un 32%, Bolivia con un 28%, Ecuador con un 27%, Costa Rica con un 25%, República Dominicana con un 25%, El Salvador con un 24%, Panamá con un 23%, Venezuela con un 23%, Honduras con un 22%, Perú con un 22%, Brasil con un 20%, Colombia con un 19%, México con un 17%, Chile con un 7% y Uruguay con un 0%. Los elevados porcentajes observados en Argentina y Paraguay sugieren que la juventud evangélica de estos países enfrenta un desencanto crítico hacia los resultados concretos de la democracia, la cual suele asociarse en sus contextos a crisis socioeconómicas o corrupción persistente. Por el contrario, los valores mínimos registrados en Chile y Uruguay indican que los jóvenes evangélicos de esas naciones mantienen una postura donde la crítica a la democracia no suele traducirse en un desacuerdo directo con su estatus de ser el mejor sistema disponible.

La cohorte de 26 a 40 años demuestra ser el rango generacional con la mayor intensidad de desacuerdo hacia la afirmación analizada, alcanzando los valores más picos de todo el estudio y configurando un rango porcentual que oscila entre el 19% y el 54%. Al listar los países de mayor a menor porcentaje dentro de este grupo, se observa que Venezuela lidera con un 54%, seguida inmediatamente por Chile con un 53% y Uruguay con un 53%, situándose luego Brasil con un 43%, Bolivia con un 39%, Perú con un 37%, Colombia con un 36%, Guatemala con un 35%, Panamá con un 31%, México con un 30%, El Salvador con un 29%, Honduras con un 29%, República Dominicana con un 28%, Paraguay con un 27%, Argentina con un 22% y Costa Rica con un 19%. Este nivel de disconformidad resulta sumamente ilustrativo: en el caso de Venezuela, el 54% refleja la ruptura de confianza en las estructuras institucionales tras años de profunda crisis política; en el caso de Chile y Uruguay, el 53% por parte de adultos jóvenes integrados a la vida productiva sugiere altos niveles de exigencia hacia la efectividad del Estado, donde las fallas del sistema democrático son severamente juzgadas.

El rango etario de 41 a 60 años exhibe un patrón de desacuerdo elevado pero con menor nivel de dispersión extrema que la cohorte anterior, abarcando un abanico porcentual que va del 22% al 42%. Ordenados de manera decreciente según los datos de la gráfica, los países se posicionan de la siguiente forma: Uruguay encabeza el grupo con un 42%, seguido por República Dominicana con un 36%, Panamá con un 34%, Chile con un 33%, Colombia con un 31%, Costa Rica con un 31%, El Salvador con un 31%, Brasil con un 30%, Honduras con un 29%, Ecuador con un 28%, México con un 26%, Bolivia con un 25%, Paraguay con un 25%, Guatemala con un 24%, Perú con un 24%, Venezuela con un 23% y Argentina con un 22%. La prominencia de Uruguay y República Dominicana en esta franja de edad mediana muestra cómo sectores maduros de la iglesia evangélica evalúan el desempeño democrático desde la experiencia acumulada; en estos contextos, las fallas relativas a la seguridad, la estabilidad económica y la representación ética provocan que más de un tercio de los creyentes cuestione si la democracia representa verdaderamente la opción política óptima.

La generación de 61 años y más presenta los porcentajes de desacuerdo con la democracia más bajos en líneas generales, definiendo un rango que oscila entre el 0% y el 26%. Al clasificar los porcentajes exactos de la tabla de mayor a menor para este segmento etario, se observa a México en el primer lugar con un 26%, seguido de Costa Rica con un 25%, Honduras con un 20%, Perú con un 17%, El Salvador con un 16%, Colombia con un 14%, Ecuador con un 12%, Panamá con un 12%, Argentina con un 11%, República Dominicana con un 11%, Guatemala con un 9%, Paraguay con un 9%, Bolivia con un 8%, Brasil con un 7%, Chile con un 7%, Uruguay con un 5% y Venezuela con un 0%. Los datos de este grupo sugieren que los adultos mayores evangélicos tienden a ser más benevolentes o tradicionales en su apreciación general de la democracia en comparación con los jóvenes, con picos moderados en México y Costa Rica. La cifra de 0% en Venezuela para esta franja etaria contrasta de forma drástica con el 54% de sus adultos jóvenes, evidenciando una brecha generacional donde los creyentes de mayor edad en dicho país evitan rechazar conceptualmente al sistema democrático a pesar del contexto sociopolítico reinante.

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