Los datos del Latinobarómetro 2024, sustentados en encuestados evangélicos distribuidos en quince países de América Latina, revelan que la respuesta afirmativa ante la pregunta de si se siente políticamente representado por el parlamento o congreso presenta una distribución que concentra sus valores más elevados en los grupos de 26 a 40 y 41 a 60 años, con Brasil encabezando el primer segmento con 42% y Chile liderando el segundo con 58%, y Uruguay encabezando ese mismo segmento también con 57%, configurando el indicador más directo de vinculación positiva entre los creyentes evangélicos y el poder legislativo de sus países. El grupo de 26 a 40 años registra los porcentajes más destacados con Brasil liderando con 42%, seguida de México con 42%, Argentina con 39% y Perú con 39%. El segmento de 41 a 60 años exhibe cifras igualmente relevantes con Chile encabezando con 58%, seguida de Uruguay con 57%, Ecuador con 37% y Paraguay con 38%. El rango del grupo 16-25 oscila entre 3% y 30%, y el de 26-40 entre 11% y 42% según los mapas de la gráfica. El segmento de 61 y más presenta como valores más destacados a Colombia con 32% y Venezuela con 29%. Este fenómeno revela que la representación legislativa percibida — la sensación de que el Congreso efectivamente representa los intereses y valores de los evangélicos encuestados — aunque presente en proporciones significativas en algunos contextos, es minoritaria en la mayoría de los países y generaciones, lo que implica que la gran mayoría del evangelicalismo latinoamericano no siente que el poder legislativo sea un espacio que articule genuinamente sus perspectivas y necesidades como comunidad de fe y como ciudadanos.

Esta dimensión de representación legislativa percibida entre los evangélicos encuentra un fundamento teológico en las enseñanzas bíblicas sobre la representación del pueblo ante los sistemas de poder, la responsabilidad de los líderes de encarnar los intereses de quienes representan y el llamado de la comunidad de fe a participar activamente en los espacios institucionales donde las decisiones que afectan su vida son tomadas. Nehemías 5:7 narra cómo Nehemías defendió activamente los intereses del pueblo ante las élites que los oprimían: «Entonces lo medité, y reprendí a los nobles y a los oficiales, y les dije: ¿Exigís interés cada uno a vuestros hermanos?», modelando el ejercicio de la representación genuina que consiste en hablar con valentía en favor de los que no tienen voz en los espacios de poder. Esta imagen del representante que realmente defiende los intereses de sus representados — antes que los propios o los de sus patrocinadores — es exactamente el estándar con el que los evangélicos evalúan si el Congreso los representa genuinamente o no, y la baja proporción que responde afirmativamente sugiere que pocos encuentran ese estándar cumplido en sus legislaturas nacionales. Ester 4:14 transmite la reflexión de Mardoqueo sobre la providencia divina que coloca a personas en posiciones de influencia: «¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?», sugiriendo que la participación en las instituciones de poder — incluyendo el poder legislativo — puede ser un llamado providencial para quienes Dios coloca en esa posición, lo que fundamenta tanto la importancia de participar en la selección de representantes como la evaluación activa de si esos representantes cumplen su función. Proverbios 31:8-9 establece el mandato de abogar por los vulnerables en los espacios de poder: «Abre tu boca por el mudo, en el juicio de todos los desvalidos. Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende la causa del pobre y del menesteroso», describiendo la función ideal del representante legislativo que los evangélicos latinoamericanos buscan reconocer en sus congresos.

El grupo etario de 16 a 25 años evidencia los porcentajes más bajos de representación legislativa percibida en la mayoría de los países, con Ecuador encabezando con 30%, seguida de Paraguay con 29%, Bolivia con 28% y Guatemala con 20%. En el extremo inferior se ubica Uruguay con apenas 3%, Chile con 5% y Argentina con 16%, configurando un rango que oscila entre 3% y 30% según los mapas de la gráfica. Los bajos porcentajes generales en este segmento — con prácticamente ningún país superando el 30% — revelan que la juventud evangélica latinoamericana es la generación que menos siente que el poder legislativo la representa, lo que es coherente tanto con la menor participación electoral juvenil documentada en la región como con la mayor distancia que la generación joven tiende a mantener respecto a las instituciones políticas tradicionales. El dato extraordinariamente bajo de Uruguay (3%) en la juventud evangélica para representación legislativa percibida resulta especialmente significativo: en el país con el Parlamento más institucionalizado y funcionalmente más activo de América Latina, apenas el 3% de los jóvenes creyentes encuestados siente que esa institución los representa políticamente, lo que sugiere que la calidad objetiva del funcionamiento parlamentario no garantiza automáticamente una percepción de representación por parte de los jóvenes evangélicos que se sienten distantes de las identidades partidarias y los debates que dominan el escenario legislativo uruguayo.

La cohorte de 26 a 40 años demuestra ser el grupo con mayor concentración de representación legislativa percibida en la mayoría de los países, con Brasil liderando con 42%, seguida de México con 42%, Argentina con 39% y Perú con 39%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Chile con apenas 11%, Uruguay con 17% y Bolivia con 25%, configurando un rango que oscila entre 11% y 42% según los mapas. El empate entre Brasil (42%) y México (42%) en el liderazgo de este segmento resulta analíticamente revelador porque ambos países presentaron también altos niveles de perplejidad y desconfianza institucional en las gráficas anteriores, lo que sugiere que dentro del evangelicalismo adulto-joven de esos países coexisten simultáneamente proporciones significativas tanto de quienes sienten representación legislativa como de quienes no la sienten, reflejando la heterogeneidad política interna de comunidades de fe que no tienen una postura homogénea respecto al Congreso. El dato notablemente bajo de Chile (11%) en este segmento para representación legislativa percibida resulta coherente con el contexto post-constituyente chileno donde el proceso fallido de redacción de una nueva constitución dejó una herencia de desconfianza institucional que se expresa también en la baja percepción de representación por parte del poder legislativo entre los adultos jóvenes creyentes de ese país.

El rango etario de 41 a 60 años exhibe los valores más altos de representación legislativa percibida en varios países, con Chile liderando con 58%, seguida de Uruguay con 57%, Paraguay con 38%, Ecuador con 37% y Costa Rica con 36%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Colombia con apenas 26%, Venezuela con 26% y Bolivia con 30%, configurando un rango que oscila entre 22% y 58% según los mapas de la gráfica. El empate casi perfecto entre Chile (58%) y Uruguay (57%) en el liderazgo de este segmento de mediana edad para representación legislativa percibida resulta el hallazgo más esperanzador de toda la gráfica y confirma el patrón ya establecido de que las comunidades evangélicas de mediana edad en los países con mayor tradición democrática de América del Sur desarrollan las actitudes más institucionalmente positivas hacia el poder legislativo. Los evangélicos chilenos y uruguayos de 41 a 60 años han tenido la experiencia acumulada de ver cómo sus respectivos congresos han procesado — imperfectamente pero funcionalmente — las demandas sociales de sus ciudadanos, han garantizado alternancia política y han mantenido mecanismos de representación plural que, pese a sus limitaciones, producen en más de la mitad de los creyentes encuestados de esa generación la percepción de sentirse representados políticamente por esa institución. Esta percepción positiva de representación es el activo democrático más valioso que el evangelicalismo latinoamericano puede cultivar dentro de sus comunidades: creyentes que sienten que el Congreso los representa tienen mayor probabilidad de participar activamente en los procesos electorales que determinan su composición y de defender esa institución ante los ataques que los sistemas populistas o autoritarios le dirigen.

La generación de 61 años y más presenta una distribución con Colombia encabezando con 32%, seguida de Venezuela con 29%, Chile con 26%, Uruguay con 23% y El Salvador con 26%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en México con apenas 10%, Paraguay con 10% y Bolivia con 17%, configurando un rango que oscila entre 10% y 32% según los mapas de la gráfica. La reducción generalizada de la representación legislativa percibida en el segmento de adultos mayores respecto al grupo 41-60 en la mayoría de los países sugiere que la experiencia acumulada de décadas de vida política produce, más que mayor satisfacción con la representación, una evaluación más crítica y matizada de la distancia real entre lo que el Congreso promete y lo que entrega en términos de representación efectiva de los intereses y valores de las comunidades evangélicas. Colombia (32%) liderando este segmento resulta llamativo porque Colombia no ha sido destacada en gráficas anteriores por altos niveles de confianza institucional — pero en este segmento específico de adultos mayores evangélicos para representación legislativa percibida emerge como el líder regional, lo que puede reflejar que los creyentes colombianos de mayor edad — habiendo vivido décadas de un sistema político donde el acceso al Estado a través de los representantes legislativos era uno de los pocos mecanismos de acceso a recursos y servicios disponibles para los sectores populares — han desarrollado una comprensión pragmática de la representación legislativa como instrumento funcional aunque imperfecto. En su conjunto, los datos sobre representación legislativa percibida revelan que la mayoría del evangelicalismo latinoamericano no se siente genuinamente representada por sus congresos o parlamentos, lo que constituye tanto un diagnóstico del déficit de representación de las minorías religiosas en los sistemas legislativos de la región como un llamado urgente a las iglesias evangélicas a formar candidatos y ciudadanos comprometidos con la participación en los espacios de poder legislativo donde las decisiones que afectan la vida de sus comunidades son tomadas cotidianamente.

 

 

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