Los datos del Latinobarómetro 2024, sustentados en encuestados evangélicos distribuidos en quince países de América Latina, revelan que la respuesta «sin partidos políticos no puede haber democracia» ante la afirmación homónima presenta una distribución que concentra sus valores más elevados en el grupo de 26 a 40 años, con México encabezando con 42% y Uruguay con 29% en el grupo de mediana edad con 43%, configurando el indicador de mayor comprensión institucionalista de la democracia dentro del evangelicalismo latinoamericano — aquella que reconoce en los partidos políticos, a pesar de sus fallas, una condición estructuralmente necesaria para el funcionamiento del sistema democrático. El grupo de 26 a 40 años registra los porcentajes más destacados con México encabezando con 42%, seguido de Argentina con 39%, Brasil con 39%, Colombia con 38% y Honduras con 35%. El segmento de 41 a 60 años exhibe cifras relevantes con Uruguay liderando con 43%, seguido de Panamá con 39%, El Salvador con 32%, Costa Rica con 32% y Colombia con 31%. El rango del grupo 16-25 oscila entre 2% y 40%, y el de 26-40 entre 23% y 42% según los mapas de la gráfica. El segmento de 61 y más presenta como valores más destacados a Chile con 33% y Uruguay con 26%. Este fenómeno revela que la comprensión institucionalista de la democracia — que reconoce la necesidad estructural de los partidos como intermediarios entre la ciudadanía y el sistema de gobierno — coexiste dentro del evangelicalismo latinoamericano con el escepticismo anti-partidario documentado en la gráfica anterior, trazando un mapa de visiones democráticas en tensión que refleja el debate más amplio que las sociedades latinoamericanas sostienen sobre el futuro de sus sistemas de representación política.

Esta dimensión de convicción institucionalista sobre la necesidad de los partidos para la democracia entre los evangélicos encuentra un fundamento teológico en las enseñanzas bíblicas sobre la importancia de las estructuras e instituciones como marcos necesarios para el ejercicio ordenado de la responsabilidad colectiva, la protección de los derechos individuales y la organización del bien común en comunidades humanas complejas. Romanos 13:1-2 establece el principio de que las instituciones de gobierno — incluyendo sus mecanismos de organización y representación — tienen una legitimidad derivada que el creyente debe reconocer: «Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas.» Esta afirmación paulina de la legitimidad institucional derivada no excluye la crítica y la reforma de las instituciones deficientes, pero sí establece que el orden institucional como tal — incluyendo los mecanismos de representación política — merece un reconocimiento básico que impide su abolición sin proporcionar alternativas igualmente estructuradas. Hebreos 12:27-28 habla de las instituciones que permanecen después de la sacudida de las que no son firmes: «Y esta frase: Aún una vez, indica la remoción de las cosas movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles. Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud.» Esta perspectiva de discernir entre instituciones fundamentalmente sólidas — aunque necesitadas de reforma — e instituciones que deben ser completamente reemplazadas informa la actitud de los evangélicos que reconocen en los partidos políticos, a pesar de sus fallas documentadas, una institución estructuralmente necesaria para el funcionamiento de la democracia que debe ser reformada antes que abolida. Proverbios 14:28 establece la conexión bíblica entre la organización colectiva y el florecimiento del liderazgo: «En la multitud del pueblo está la dignidad del rey; y en la falta de pueblo, la debilidad del príncipe», reconociendo que cualquier sistema de gobierno requiere mecanismos organizados de representación de esa multitud — función que en la democracia moderna cumplen los partidos — para poder ejercer un liderazgo legítimo y efectivo.

El grupo etario de 16 a 25 años evidencia los porcentajes más bajos de comprensión institucionalista de la necesidad de los partidos, con Paraguay encabezando con 40%, seguida de Ecuador con 25%, Guatemala con 26% y El Salvador con 22%. En el extremo inferior se ubica Uruguay con apenas 2%, Chile con 13% y Argentina con 17%, configurando un rango que oscila entre 2% y 40% según los mapas de la gráfica. El liderazgo de Paraguay (40%) en la juventud evangélica para la percepción de que sin partidos no puede haber democracia resulta llamativo porque en la gráfica anterior Paraguay también lideró en la percepción opuesta de que la democracia puede funcionar sin partidos, lo que confirma definitivamente el patrón de polarización interna extrema dentro del evangelicalismo juvenil paraguayo: simultáneamente tiene las mayores proporciones tanto de quienes afirman la necesidad de los partidos como de quienes niegan esa necesidad, evidenciando una comunidad interna profundamente dividida antes que una postura hegemónica sobre la relación entre partidos y democracia. El dato extraordinariamente bajo de Uruguay (2%) en la juventud evangélica para la posición institucionalista resulta coherente con el perfil de una generación que, en el país con mayor tradición de partidos políticos institucionalizados de América Latina, ha desarrollado paradójicamente el mayor escepticismo sobre la necesidad de esos partidos, posiblemente como reacción generacional ante una cultura política que considera que los partidos tradicionales uruguayos han perdido su capacidad de representar los valores e intereses de las generaciones más jóvenes.

La cohorte de 26 a 40 años demuestra ser el grupo con mayor concentración de comprensión institucionalista en la mayoría de los países, con México encabezando con 42%, seguida de Argentina con 39%, Brasil con 39%, Colombia con 38% y Honduras con 35%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Chile con apenas 23%, Venezuela con 36% y Panamá con 26%, configurando un rango que oscila entre 23% y 42% según los mapas. El liderazgo de México (42%) en este segmento resulta coherente con el perfil de un país donde, a pesar del descrédito de los partidos tradicionales, el sistema político ha experimentado transformaciones recientes que han demostrado el papel central de los partidos — incluyendo el nuevo partido gobernante — en la organización de la competencia política y la movilización ciudadana, generando en la generación evangélica adulto-joven mexicana una comprensión más matizada que reconoce tanto las fallas como la necesidad estructural de los partidos como intermediarios democráticos. El empate entre Argentina (39%) y Brasil (39%) en segundo lugar resulta significativo porque ambos países presentaron también altos porcentajes de percepción de democracia sin partidos en la gráfica anterior, lo que confirma que dentro del evangelicalismo adulto-joven de ambos países coexisten proporciones similares de visiones institucionalistas y anti-institucionalistas sobre el papel de los partidos en la democracia, reflejando el intenso debate que sus sociedades sostienen sobre la reforma o sustitución de sus sistemas partidarios desacreditados.

El rango etario de 41 a 60 años exhibe los valores más altos de comprensión institucionalista en varios países, con Uruguay liderando con 43%, seguido de Panamá con 39%, El Salvador con 32%, Costa Rica con 32% y Colombia con 31%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Paraguay con apenas 19%, Venezuela con 26% y Bolivia con 26%, configurando un rango que oscila entre 19% y 43% según los mapas de la gráfica. El liderazgo de Uruguay (43%) en el segmento de mediana edad para la posición institucionalista — después de haber registrado apenas 2% en la juventud para la misma posición — revela una de las fracturas generacionales más pronunciadas de toda la serie sobre partidos y democracia: mientras los jóvenes evangélicos uruguayos prácticamente rechazan la necesidad estructural de los partidos, casi la mitad de sus pares de mediana edad afirma esa necesidad, lo que podría reflejar que la experiencia acumulada de vida política — incluyendo el recuerdo de la dictadura y la importancia de los partidos en la recuperación democrática — genera en las generaciones mayores un reconocimiento de la función institucional indispensable de los partidos que la generación joven, sin esa memoria, no comparte. Panamá (39%) en segundo lugar resulta coherente con el perfil de un sistema político donde los partidos han sido actores centrales — aunque frecuentemente desacreditados — de la vida democrática desde la transición post-Noriega, generando en la generación evangélica de mediana edad una comprensión institucionalista que reconoce esa centralidad histórica incluso cuando cuestiona la calidad de su desempeño actual.

La generación de 61 años y más presenta una distribución con Chile encabezando con 33%, seguida de Uruguay con 26%, Costa Rica con 22%, Venezuela con 21% y El Salvador con 21%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Bolivia con apenas 7%, Paraguay con 9% y Ecuador con 10%, configurando un rango que oscila entre 7% y 33% según los mapas de la gráfica. El liderazgo de Chile (33%) en los adultos mayores evangélicos para la posición institucionalista resulta coherente con el perfil de una comunidad de creyentes de mayor edad que, habiendo vivido el período donde los partidos políticos fueron prohibidos durante la dictadura y habiendo observado el papel central que jugaron en la transición democrática y en la consolidación del sistema político post-autoritario, ha desarrollado una comprensión profunda y experiencialmente fundamentada de la necesidad estructural de los partidos como intermediarios entre la ciudadanía y el sistema de gobierno. Los adultos mayores evangélicos chilenos que afirman que sin partidos no puede haber democracia no lo hacen desde la satisfacción con los partidos actuales sino desde la memoria histórica de lo que ocurre cuando esos intermediarios son eliminados por la fuerza: la democracia no subsiste sin su mediación, sino que se destruye junto con ellos. En su conjunto, los datos de la serie completa sobre partidos políticos y democracia — incluyendo las tres categorías de «no sabe», «puede funcionar sin partidos» y «sin partidos no puede haber democracia» — completan el retrato de un evangelicalismo latinoamericano profundamente ambivalente respecto al papel de los partidos en el sistema democrático: mayoritariamente crítico de su desempeño concreto, frecuentemente incapaz de formarse una opinión clara sobre su necesidad estructural, y dividido entre quienes aspiran a una democracia sin partidos y quienes reconocen en ellos una condición institucional necesaria aunque imperfecta para el funcionamiento del sistema que mejor permite a las comunidades de fe vivir, servir y dar testimonio en libertad.

 

 

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