El análisis de la expectativa de que la generación que viene tenga una prosperidad “igual” a la actual entre los evangélicos latinoamericanos, con base en encuestados del Latinobarómetro 2024, muestra que la percepción de continuidad económica se concentra con claridad en el grupo de 26 a 40 años, con un rango de 24% a 50%. Allí destacan Argentina (50%), México (49%), Brasil (48%), Perú (47%) y Uruguay (45%). En el grupo de 16 a 25 años sobresalen Paraguay (47%), El Salvador (34%), Bolivia (33%) y Guatemala (30%). En el de 41 a 60 años lideran Costa Rica (40%), República Dominicana (33%), Colombia (32%) y Panamá (31%). En el de 61 años y más encabezan Chile (31%), Uruguay (26%), Colombia (18%) y Venezuela (17%). El fenómeno indica que la idea de que los hijos vivirán ni mejor ni peor que la generación actual es una postura central entre los adultos jóvenes y pierde fuerza entre los mayores, con excepciones nacionales como Chile y Uruguay. Esto sugiere que una parte importante de los evangélicos en plena edad productiva y de crianza ve el porvenir material de la siguiente generación como una prolongación del presente.

Esta dimensión de la expectativa de continuidad generacional entre los evangélicos encuentra su contexto en las enseñanzas bíblicas sobre el paso de las generaciones y la fidelidad constante de Dios. Eclesiastés 1:4 afirma: “Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece”. El Salmo 90:1 declara: “Señor, tú nos has sido refugio de generación en generación”. Deuteronomio 7:9 recuerda que Dios es fiel y guarda su pacto con quienes le aman “hasta mil generaciones”. Estos textos ofrecen un marco para leer la respuesta “igual”: el creyente sabe que cada generación enfrenta sus propias circunstancias, sin tratarlas como un progreso automático ni como una ruina inevitable, y ancla la seguridad de sus descendientes en la fidelidad de Dios más que en las proyecciones económicas. También puede expresar el realismo de familias que viven con ingresos ajustados y no perciben señales claras de cambio, o la prudencia de congregaciones que enseñan a no depositar la confianza última en la prosperidad material. Los porcentajes, que alcanzan el 50% solo en un caso (Argentina, 26 a 40 años), muestran que esta lectura de continuidad convive con otras expectativas en cada país.

El grupo de 16 a 25 años exhibe la mayor dispersión de la tabla, con un rango de 0% a 47%. Paraguay lidera con 47%, seguido por El Salvador (34%), Bolivia (33%), Guatemala (30%), Ecuador (29%), Honduras (28%), República Dominicana (27%), Perú (24%), Panamá (23%), Costa Rica (18%), Brasil, Colombia y Venezuela (17% cada uno), Argentina (15%), México (12%), Chile (10%) y Uruguay (0%). La brecha de 47 puntos entre Paraguay y Uruguay es la más amplia de esta cohorte. En Paraguay, casi la mitad de los jóvenes evangélicos espera que la próxima generación viva igual que la actual, lo que puede reflejar una percepción de estabilidad o de escasa movilidad social. En Uruguay, el 0% conviene leerlo con cautela, porque la submuestra de jóvenes evangélicos en ese país es probablemente reducida. En Chile (10%), México (12%) y Argentina (15%), los valores bajos sugieren que los jóvenes tienen una expectativa más definida, ya sea de mejora o de deterioro, y menos disposición a pensar que todo seguirá igual.

El rango etario de 26 a 40 años demuestra los niveles más altos de expectativa de continuidad de toda la encuesta, con valores entre 24% y 50%. Argentina lidera con 50%, seguida por México (49%), Brasil (48%), Perú (47%), Uruguay (45%), Venezuela (43%), Paraguay (40%), Bolivia y Chile (37% cada uno), Panamá (36%), Honduras (35%), Ecuador (34%), Costa Rica y Guatemala (33% cada uno), Colombia (32%), República Dominicana (27%) y El Salvador (24%). Quince de los diecisiete países alcanzan o superan el 32%, y siete llegan al 40% o más, lo que convierte a esta cohorte en la de mayor consenso. Es la etapa de formación de familias, crianza y plena actividad laboral, en la que el pragmatismo cotidiano pesa más que las proyecciones optimistas. Llaman la atención los saltos de Argentina (de 15% a 50%), México (de 12% a 49%), Brasil (de 17% a 48%) y Uruguay (de 0% a 45%), que sugieren que la expectativa de continuidad se consolida al asumir las responsabilidades de la vida adulta. El Salvador es la excepción, con un descenso de 34% a 24%.

La cohorte de 41 a 60 años evidencia un perfil más moderado, con valores entre 13% y 40%. Costa Rica lidera con 40%, seguida por República Dominicana (33%), Colombia (32%), Panamá (31%), Uruguay (29%), Brasil y México (28% cada uno), Ecuador y El Salvador (27% cada uno), Guatemala (24%), Argentina y Honduras (23% cada uno), Chile y Venezuela (22% cada uno), Bolivia (19%), Perú (14%) y Paraguay (13%). Los descensos respecto de la cohorte anterior son pronunciados en Perú (de 47% a 14%), Argentina (de 50% a 23%), Brasil (de 48% a 28%) y México (de 49% a 28%), lo que indica un cambio de actitud a esta edad. Esta generación, con hijos ya adolescentes o adultos, ha podido contrastar sus expectativas con la trayectoria real de su familia y de su economía nacional, y su juicio tiende a ser más definido. Costa Rica se aparta del patrón, con una progresión ascendente de 18% a 33% y luego a 40%. Paraguay muestra el patrón inverso, con un descenso constante de 47% a 40% y luego a 13%.

El grupo de 61 años y más exhibe la menor expectativa de continuidad en la mayoría de los países, con un rango de 0% a 31%. Chile lidera con 31%, seguido por Uruguay (26%), Colombia (18%), Venezuela (17%), El Salvador (15%), Guatemala, Honduras y Perú (14% cada uno), Argentina, México y República Dominicana (12% cada uno), Bolivia y Ecuador (11% cada uno), Costa Rica (10%), Panamá (9%), Brasil (7%) y Paraguay (0%). Paraguay pasa de 47% entre los jóvenes a 0% entre los mayores, la mayor diferencia entre extremos de edad de toda la tabla, aunque el 0% debe interpretarse con prudencia por el probable tamaño reducido de la submuestra. Los mayores, que han visto décadas de crisis, inflación y promesas de desarrollo, pueden tener una opinión más definida sobre el futuro de sus descendientes y elegir con menos frecuencia la opción de que todo quedará igual. Chile y Uruguay se apartan de este patrón, con porcentajes que podrían reflejar una percepción de estabilidad prolongada. Para estos creyentes de larga trayectoria, la afirmación del Salmo 90:1 sobre un Dios que ha sido refugio de generación en generación puede ser el ancla que sostiene su confianza en el futuro de los suyos, más allá de lo que digan las cifras económicas.

 

 

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