Los datos del Latinobarómetro 2024, sustentados en encuestados evangélicos distribuidos en quince países de América Latina, revelan que la respuesta negativa ante la pregunta de si se siente políticamente representado por el parlamento o congreso presenta una distribución que concentra sus valores más elevados en el grupo de 26 a 40 años, con México encabezando con 40%, seguida de Argentina con 39%, Uruguay con 39% y Perú con 39%, configurando el indicador más directo de desconexión entre el evangelicalismo latinoamericano y el poder legislativo de sus países y completando la serie iniciada con la gráfica anterior sobre representación positiva. El grupo de 26 a 40 años registra los porcentajes más destacados con México liderando con 40%, seguida de Argentina con 39%, Uruguay con 39%, Perú con 39% y Brasil con 35%. El segmento de 41 a 60 años también exhibe cifras relevantes con Brasil liderando con 38%, Uruguay con 34%, Chile con 24% y Colombia con 29%. El rango del grupo 16-25 oscila entre 6% y 43%, y el de 26-40 entre 25% y 40% según los mapas de la gráfica. El segmento de 61 y más presenta como valores más destacados a Chile con 29% y Costa Rica con 24%. Este fenómeno, leído en conjunto con la gráfica anterior, completa el retrato de la relación entre el evangelicalismo latinoamericano y su poder legislativo: mientras proporciones moderadas se sienten representadas — especialmente en la generación de mediana edad de países con mayor tradición democrática — proporciones similares o mayores declaran activamente no sentirse representadas, configurando un cuadro de desconexión institucional que tiene implicaciones directas para la participación política evangélica y para el llamado de las iglesias a involucrarse en la construcción de un sistema de representación más genuino e inclusivo.

Esta dimensión de desrepresentación legislativa percibida entre los evangélicos encuentra un contexto teológico en las enseñanzas bíblicas sobre la justicia en la representación, el clamor del pueblo sin voz en los espacios de poder y la responsabilidad de los representantes de escuchar y articular los intereses de quienes no tienen acceso directo a las decisiones que determinan sus condiciones de vida. Proverbios 29:2 establece la conexión directa entre la calidad del liderazgo representativo y el bienestar del pueblo: «Cuando los justos dominan, el pueblo se alegra; mas cuando domina el impío, el pueblo gime», describiendo con precisión la experiencia de las comunidades evangélicas que no se sienten representadas por su Congreso: no es que estén satisfechas con ese sistema sino que gimen bajo el peso de decisiones legislativas tomadas sin consultar ni considerar sus intereses y valores. Job 29:12-16 narra la descripción que Job hace de su época de mayor prosperidad como aquella en que ejerció genuinamente la función representativa: «Porque yo libraba al pobre que clamaba, y al huérfano que carecía de ayuda. La bendición del que se iba a perder venía sobre mí, y al corazón de la viuda yo daba alegría… Yo era ojos al ciego, y pies al cojo. A los menesterosos era padre», describiendo el estándar bíblico de representación genuina que consiste en dar voz a los que no tienen, lo que contrasta con la experiencia de los evangélicos latinoamericanos que no sienten que sus legisladores hayan cumplido ese estándar. Isaías 1:17 establece el mandato de búsqueda activa de justicia en los espacios institucionales: «Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda», principio que aplicado a la representación legislativa implica que los creyentes que no se sienten representados tienen el mandato bíblico de buscar activamente mecanismos de cambio antes que resignarse a la desrepresentación como condición permanente.

El grupo etario de 16 a 25 años evidencia los porcentajes más bajos de desrepresentación legislativa percibida en la mayoría de los países — lo que resulta paradójico dado que también expresó los porcentajes más bajos de representación positiva en la gráfica anterior —, con Paraguay encabezando con 43%, seguida de El Salvador con 28%, Guatemala con 31% y Ecuador con 25%. En el extremo inferior se ubica Uruguay con apenas 6%, Chile con 10% y Argentina con 17%, configurando un rango que oscila entre 6% y 43% según los mapas de la gráfica. La combinación de bajos porcentajes tanto en la representación positiva como en la negativa para la mayoría de los jóvenes evangélicos de varios países sugiere que la actitud más extendida entre ellos no es ni de representación ni de desrepresentación activa sino de indiferencia o distancia respecto al Congreso como institución — lo que constituye en sí mismo una forma de desconexión quizás más preocupante que el rechazo activo porque no produce ni movilización ni demanda de cambio. Paraguay (43%) liderando la desrepresentación legislativa juvenil confirma el patrón ya establecido de polarización extrema del evangelicalismo juvenil paraguayo: mientras también lideró la representación positiva en varios indicadores anteriores, simultáneamente una proporción significativa de jóvenes creyentes paraguayos declara activamente no sentirse representada por su Congreso, reflejando una comunidad interna donde coexisten experiencias radicalmente opuestas del sistema legislativo según el sector socioeconómico, denominacional o geográfico al que pertenezcan.

La cohorte de 26 a 40 años demuestra ser el grupo con mayor concentración de desrepresentación legislativa percibida en la mayoría de los países, con México liderando con 40%, seguida de Argentina con 39%, Uruguay con 39%, Perú con 39% y Brasil con 35%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Guatemala con apenas 25% — que es simultáneamente uno de los valores más altos en representación positiva de la gráfica anterior —, Venezuela con 36% y Ecuador con 31%, configurando un rango que oscila entre 25% y 40% según los mapas. El cuádruple empate aproximado entre México (40%), Argentina (39%), Uruguay (39%) y Perú (39%) en el liderazgo de este segmento resulta analíticamente significativo porque vuelve a reunir en valores similares países con experiencias democráticas muy distintas. En México la desrepresentación puede vincularse con la percepción de un Congreso dominado por el partido gobernante que no articula las perspectivas de las minorías religiosas evangélicas. En Argentina puede reflejar la experiencia de un legislativo capturado por intereses partidarios que pocas veces han considerado las prioridades de las comunidades de fe. En Uruguay, la desrepresentación legislativa percibida entre los adultos jóvenes evangélicos contrasta con los altos porcentajes de representación positiva en el grupo 41-60, revelando la fractura generacional interna ya señalada: los adultos jóvenes creyentes uruguayos se sienten menos representados por el Parlamento que sus padres, posiblemente porque sus prioridades y valores no encuentran adecuado reflejo en un sistema partidario orientado hacia agendas que perciben como distantes de sus convicciones de fe.

El rango etario de 41 a 60 años exhibe una distribución con Brasil liderando con 38%, seguida de Uruguay con 34%, Colombia con 29%, Argentina con 29% y México con 25%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Chile con apenas 24%, Guatemala con 24% y Bolivia con 26%, configurando un rango que oscila entre 20% y 35% según los mapas de la gráfica. El liderazgo de Brasil (38%) en el segmento de mediana edad para desrepresentación legislativa percibida resulta coherente con el perfil de un país donde el Congreso ha estado frecuentemente asociado con escándalos de corrupción masiva — incluyendo los episodios más documentados de compra de votos legislativos de la historia latinoamericana reciente — que han erosionado severamente la credibilidad del poder legislativo como representante genuino de los intereses de los ciudadanos, incluyendo los evangélicos de mediana edad que han observado directamente esos episodios y han llegado a la conclusión de que el Congreso brasileño representa fundamentalmente los intereses de quienes financian las campañas electorales antes que los de las comunidades de fe que mayoritariamente pertenecen a los sectores populares y medios de la sociedad. Uruguay (34%) en segundo lugar confirma que incluso en el país con mayor calidad democrática de América Latina, una tercera parte de los evangélicos de mediana edad declara no sentirse representada por el Parlamento, lo que puede reflejar tanto las limitaciones reales del sistema de representación uruguayo respecto a las minorías religiosas como las expectativas más elevadas que la cultura democrática de ese país genera incluso entre quienes expresan la mayor satisfacción relativa con sus instituciones.

La generación de 61 años y más presenta los valores más bajos de desrepresentación legislativa percibida en prácticamente todos los países, con Chile encabezando con 29%, seguida de Costa Rica con 24%, Uruguay con 21% y Argentina con 14%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Guatemala con apenas 8%, Paraguay con 6% y Bolivia con 10%, configurando un rango que oscila entre 6% y 29% según los mapas de la gráfica. La reducción generalizada de la desrepresentación activa en los adultos mayores evangélicos — similar a la reducción de la representación positiva en el mismo grupo — confirma el patrón ya descrito de mayor indiferencia o distancia respecto al Congreso entre los creyentes de mayor edad, quienes tienden a distribuirse entre la abstención evaluativa y la resignación práctica antes que entre posiciones activas de representación o desrepresentación. Chile (29%) liderando este segmento con el mayor nivel de desrepresentación legislativa declarada entre los adultos mayores evangélicos cierra la serie sobre representación legislativa con un hallazgo coherente con el perfil general de esa comunidad de creyentes: siendo los que más valoran institucionalmente el Congreso — como demuestran sus altos porcentajes de representación positiva en el grupo 41-60 — los adultos mayores evangélicos chilenos también expresan los estándares más exigentes de representación efectiva, lo que produce simultáneamente tanto la mayor satisfacción cuando perciben que esa representación existe como la mayor insatisfacción cuando perciben que no existe, reflejando la actitud del ciudadano informado y exigente que la cultura democrática chilena ha cultivado en sus comunidades religiosas a lo largo de décadas de vida institucional relativamente más transparente que el promedio regional. En su conjunto, los datos de desrepresentación legislativa percibida confirman que el evangelicalismo latinoamericano enfrenta un déficit significativo de representación en sus poderes legislativos que las iglesias tienen la responsabilidad de abordar no solo con lamento profético sino con estrategias concretas de formación de líderes, participación electoral informada y construcción de alianzas que lleven la perspectiva evangélica a los espacios donde las leyes que afectan la vida de las comunidades de fe son debatidas, aprobadas y aplicadas.

 

 

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