
Los datos del Latinobarómetro 2024, sustentados en encuestados evangélicos distribuidos en quince países de América Latina, revelan que la respuesta «muy de acuerdo» ante la afirmación de que no importaría que un gobierno no democrático llegara al poder si resuelve los problemas presenta una distribución con valores extraordinariamente elevados en varios países y grupos etarios, constituyendo uno de los hallazgos más significativos y políticamente relevantes de toda la serie sobre percepciones democráticas del evangelicalismo latinoamericano. El grupo de 26 a 40 años registra los porcentajes más destacados con Argentina encabezando con 75%, seguida de República Dominicana con 47%, Paraguay con 45%, El Salvador con 36% y Brasil con 36%. El segmento de 41 a 60 años también exhibe cifras elevadas con Costa Rica liderando con 43%, Brasil con 41%, Panamá con 41% y El Salvador con 36%. El rango del grupo 16-25 oscila entre 8% y 63%, y el de 26-40 entre 13% y 75% según los mapas de la gráfica. El segmento de 61 y más presenta como valor más destacado a Colombia con 44% y Chile con 31%. Este fenómeno constituye una alarma democrática de primera magnitud: proporciones muy significativas del evangelicalismo latinoamericano expresan plena disposición a aceptar un gobierno no democrático si este resuelve los problemas cotidianos, revelando que la adhesión al principio democrático coexiste en muchos creyentes con una disposición pragmática al autoritarismo que pone en cuestión la profundidad y solidez del compromiso democrático evangélico regional.
Esta dimensión de apertura al autoritarismo pragmático entre los evangélicos encuentra un contexto teológico complejo y perturbador en ciertas tradiciones bíblicas sobre la obediencia a la autoridad que han sido históricamente mal utilizadas para justificar sistemas de gobierno que suprimen la libertad y oprimen a los más vulnerables. Romanos 13:1-2 ha sido frecuentemente citado en contextos de legitimación de gobiernos autoritarios: «Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste.» Esta lectura descontextualizada del texto paulino —que ignora que Pablo escribía a una comunidad que sufría persecución y que el mismo apóstol resistió las autoridades cuando estas contradecían los mandatos divinos (Hechos 5:29)— ha alimentado en sectores del evangelicalismo latinoamericano una disposición a la obediencia acrítica ante cualquier autoridad que prometa orden y resolución de problemas, independientemente de los métodos que utilice. Sin embargo, la tradición bíblica profética ofrece el contrapeso necesario: Daniel 3:16-18 narra la resistencia de los tres jóvenes hebreos ante la orden del rey Nabucodonosor, declarando que obedecerían a Dios antes que al rey aunque esto les costara la vida, estableciendo el principio de que ninguna autoridad humana —por más eficiente que sea en resolver problemas— merece una obediencia que contradiga los mandatos divinos de justicia, verdad y dignidad humana. Hechos 5:29 lo formula de manera definitiva: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.» Desde esta perspectiva bíblica integral, la apertura al autoritarismo pragmático que los datos revelan en proporciones preocupantes no es una postura teológicamente justificable sino una expresión de vulnerabilidad democrática que el liderazgo evangélico tiene la responsabilidad profética de cuestionar y transformar mediante una educación cívica y teológica más robusta sobre los fundamentos bíblicos de la dignidad humana, la limitación del poder político y la responsabilidad de la comunidad de fe de proteger las libertades que hacen posible su testimonio y misión en el mundo.
El grupo etario de 16 a 25 años evidencia una distribución con México encabezando de manera sobresaliente con 63%, seguido de Guatemala con 32%, Honduras con 28%, Bolivia con 28% y Venezuela con 28%. En el extremo inferior se ubican Chile con apenas 8%, Colombia con 8% y Brasil con 11%, configurando un rango que oscila entre 8% y 63% según los mapas de la gráfica. El liderazgo extraordinario de México (63%) en la juventud evangélica para plena apertura al autoritarismo pragmático constituye el dato más alarmante de este segmento y uno de los más significativos de toda la serie. Los jóvenes evangélicos mexicanos encuestados expresan en una proporción mayoritaria que no les importaría que un gobierno no democrático llegara al poder si resuelve los problemas, lo que refleja el nivel de desencanto político extremo que la generación joven ha desarrollado en un contexto donde la democracia mexicana ha sido incapaz de resolver los problemas de violencia, impunidad, corrupción y pobreza que afectan directamente la vida cotidiana de sus comunidades. Esta disposición al autoritarismo pragmático entre la juventud evangélica mexicana no es ideológica sino experiencial: es la expresión de una generación que ha crecido en contextos donde la democracia ha demostrado ser compatible con altos niveles de violencia e impunidad, y que concluye pragmáticamente que cualquier sistema que resuelva esos problemas concretos sería preferible al sistema actual, independientemente de su carácter democrático o no.
La cohorte de 26 a 40 años demuestra ser el grupo con los valores más extremos y políticamente más preocupantes de toda la gráfica, con Argentina encabezando con 75% —el valor más alto de cualquier país en cualquier grupo etario de toda la gráfica—, seguida de República Dominicana con 47%, Paraguay con 45%, El Salvador con 36% y Brasil con 36%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en México con apenas 13%, Uruguay con 17% y Colombia con 28%, configurando un rango que oscila entre 13% y 75% según los mapas. El extraordinario dato de Argentina (75%) en el grupo 26-40 para plena apertura al autoritarismo pragmático resulta el hallazgo más perturbador de toda la serie analizada sobre percepciones democráticas: tres cuartas partes de los evangélicos argentinos de adultos jóvenes encuestados declaran estar muy de acuerdo con aceptar un gobierno no democrático si este resuelve los problemas. Este dato cobra especial gravedad si se recuerda que Argentina vivió una de las dictaduras más brutales de América Latina entre 1976 y 1983, con miles de desaparecidos entre los cuales se contaron miembros y líderes de comunidades evangélicas. La disposición de la generación evangélica argentina de 26 a 40 años —que no vivió esa experiencia sino que la conoce por relatos intergeneracionales— a aceptar un gobierno no democrático si resuelve los problemas sugiere que la transmisión de la memoria histórica sobre el costo humano del autoritarismo no ha sido suficientemente efectiva dentro de las comunidades eclesiales evangélicas argentinas, constituyendo un llamado urgente a la educación histórica y teológica en esas congregaciones.
El rango etario de 41 a 60 años exhibe valores elevados de apertura al autoritarismo pragmático en varios países, con Costa Rica liderando con 43%, seguida de Brasil con 41%, Panamá con 41%, El Salvador con 36% y Uruguay con 33%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Argentina con 0% —dato que contrasta dramáticamente con su 75% en el grupo 26-40 y que nuevamente sugiere una fractura generacional interna excepcional—, Colombia con 20% y México con 13%, configurando un rango que oscila entre 0% y 43% según los mapas de la gráfica. El liderazgo de Costa Rica (43%) en este segmento de mediana edad resulta especialmente significativo porque Costa Rica es precisamente el país centroamericano con la tradición democrática más larga e ininterrumpida de la región, lo que hace que la proporción de sus evangélicos de mediana edad dispuestos a aceptar un gobierno no democrático si resuelve los problemas sea particularmente reveladora del nivel de frustración con los resultados concretos de esa democracia. El 0% de Argentina en el grupo 41-60 constituye la paradoja generacional más pronunciada de toda la gráfica: mientras el 75% de los adultos jóvenes argentinos expresa plena apertura al autoritarismo pragmático, ningún evangélico argentino de mediana edad encuestado comparte esa disposición, revelando que la memoria histórica de la dictadura —que esta generación vivió en su infancia o adolescencia— actúa como vacuna efectiva contra la tentación autoritaria que la generación siguiente, sin esa memoria vivida, ha perdido.
La generación de 61 años y más presenta una distribución con Colombia encabezando con 44%, seguida de Chile con 31%, Ecuador con 31%, Uruguay con 33% y Venezuela con 16%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Argentina con 0%, Bolivia con 14% y Brasil con 12%, configurando un rango que oscila entre 0% y 44% según los mapas de la gráfica. El liderazgo de Colombia (44%) en los adultos mayores evangélicos para plena apertura al autoritarismo pragmático resulta el dato más desconcertante de este segmento: Colombia es el país que más directamente ha experimentado las consecuencias de la violencia política organizada durante más de medio siglo, con comunidades evangélicas que sufrieron directamente la violencia de actores armados tanto estatales como no estatales. Sin embargo, la generación de adultos mayores evangélicos colombianos expresa la mayor disposición de su segmento a aceptar un gobierno no democrático si resuelve los problemas, lo que puede interpretarse como la expresión de un agotamiento histórico profundo: después de décadas de experimentar que la democracia colombiana fue incapaz de garantizar paz, seguridad y justicia para sus comunidades, estos creyentes de mayor edad han desarrollado la disposición pragmática de aceptar cualquier sistema que produzca los resultados concretos que la democracia no ha podido entregar. En su conjunto, los datos de plena apertura al autoritarismo pragmático constituyen la advertencia democrática más seria que emerge de toda la serie analizada: el evangelicalismo latinoamericano alberga en su interior una disposición autoritaria pragmática de proporciones preocupantes que desafía a sus líderes, teólogos y educadores a desarrollar con urgencia una teología política más robusta que ancle el compromiso democrático no en la satisfacción con los resultados del sistema sino en los principios bíblicos de dignidad humana, limitación del poder y protección de las libertades que hacen posible la misión de la Iglesia en el mundo.
