
Los datos del Latinobarómetro 2024, sustentados en encuestados evangélicos distribuidos en quince países de América Latina, revelan que la respuesta «nada satisfecho» ante la pregunta sobre el funcionamiento de la economía en su país concentra sus valores más elevados en los grupos de 26 a 40 y 41 a 60 años, con Uruguay registrando el porcentaje más elevado del grupo 26-40 con 46% y Chile liderando el segmento de 61 y más con 47%, configurando el extremo más crítico del espectro de satisfacción económica y completando la serie completa de percepciones sobre el funcionamiento económico iniciada con la respuesta «muy satisfecho». El grupo de 26 a 40 años registra los porcentajes más destacados con Uruguay encabezando con 46%, Argentina con 43%, Perú con 39%, Guatemala con 38% y México con 38%. El segmento de 41 a 60 años exhibe cifras igualmente elevadas con Brasil liderando con 38%, México con 38%, República Dominicana con 40%, El Salvador con 36% y Ecuador con 35%. El rango del grupo 16-25 oscila entre 0% y 35%, y el de 26-40 entre 23% y 46% según los mapas de la gráfica. El segmento de 61 y más presenta como valor más destacado a Chile con 47% y Costa Rica con 30%. Este fenómeno, que cierra la serie de análisis sobre satisfacción económica, revela que el rechazo total al funcionamiento económico nacional atraviesa generaciones y geografías con una consistencia que dibuja un mapa de desencanto económico evangélico profundo y estructuralmente arraigado en las realidades cotidianas de las comunidades de fe latinoamericanas.
Esta dimensión de insatisfacción económica total entre los evangélicos encuentra su fundamento teológico más contundente en la tradición bíblica de denuncia profética de los sistemas económicos que producen empobrecimiento, exclusión y sufrimiento para las mayorías mientras concentran la riqueza en manos de una minoría privilegiada. Amós 8:4-6 articula la denuncia más directa de la explotación económica estructural en toda la Escritura: «Oíd esto, los que explotáis a los menesterosos, y arruináis a los pobres de la tierra, diciendo: ¿Cuándo pasará el mes, y venderemos el trigo; y la semana, y abriremos los graneros del pan, y achicaremos la medida, y subiremos el precio, y falsearemos con engaño la balanza?» Esta descripción profética de sistemas económicos diseñados para maximizar la extracción de valor de los más vulnerables resuena directamente en la experiencia de comunidades evangélicas latinoamericanas que declaran estar nada satisfechas con el funcionamiento de sus economías nacionales, habiendo experimentado en carne propia la inflación que devora el salario, el desempleo que destruye la dignidad, la informalidad que niega derechos laborales y la deuda que encadena generaciones enteras a la precariedad estructural. Ezequiel 16:49 identifica la soberbia, la saciedad y la ociosidad —junto con el no fortalecer la mano del pobre y del menesteroso— como las causas fundamentales de la destrucción de Sodoma, estableciendo que la injusticia económica no es un problema secundario sino una falla moral de carácter existencial para la comunidad política. Isaías 58:6-7 proclama el ayuno que Dios prefiere como agenda económica transformadora: «¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa?» Este llamado profético a la transformación de las estructuras económicas injustas fundamenta teológicamente la actitud de los evangélicos que rechazan totalmente el funcionamiento económico de sus países: no es nihilismo ni desesperanza sino la expresión honesta de comunidades de fe que han interiorizado el mandato bíblico de justicia económica y que evalúan sus sistemas nacionales a la luz de ese estándar divino que ninguna economía latinoamericana actual alcanza de manera satisfactoria.
El grupo etario de 16 a 25 años evidencia los porcentajes más bajos de rechazo económico total en la mayoría de los países, aunque con excepciones que revelan contextos de politización económica temprana dentro del evangelicalismo juvenil latinoamericano. Paraguay encabeza este segmento con 35%, seguido de Bolivia con 28%, Ecuador con 23%, Venezuela con 18% y Guatemala con 18%. En el extremo inferior se ubican Uruguay con 0%, Chile con apenas 3% y México con 6%, configurando un rango que oscila entre 0% y 35% según los mapas de la gráfica. El 0% de Uruguay en la juventud evangélica para rechazo económico total resulta el dato más llamativo de este segmento: los jóvenes evangélicos uruguayos, que registraron 46% de nada satisfecho en el grupo 26-40, no expresan ningún nivel de rechazo económico total en la juventud, distribuyendo sus evaluaciones negativas en la categoría de insatisfacción moderada (4%) o concentrándose en las categorías de satisfacción, lo que sugiere que la experiencia laboral concreta que llega con la adultez transforma radicalmente la percepción económica de los creyentes uruguayos. Paraguay (35%) liderando el rechazo juvenil confirma el patrón de polarización extrema ya documentado, mientras que Chile (3%) y México (6%) en el extremo inferior del segmento contrastan con los altos porcentajes de rechazo que ambos países registran en las cohortes de mayor edad, sugiriendo que la inserción en el mercado laboral adulto intensifica considerablemente el desencanto económico de los creyentes en esos contextos nacionales.
La cohorte de 26 a 40 años demuestra ser el grupo con mayor intensidad de rechazo económico total en la mayoría de los países, con Uruguay encabezando con 46%, seguido de Argentina con 43%, Perú con 39%, México con 38% y Guatemala con 38%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Chile con 27%, Costa Rica con 26% y El Salvador con 24%, configurando un rango que oscila entre 23% y 46% según los mapas. El liderazgo de Uruguay (46%) en este segmento para rechazo económico total resulta nuevamente la paradoja más llamativa de la serie: el país con mejores indicadores socioeconómicos de América Latina registra el mayor porcentaje de rechazo económico total entre sus evangélicos de adultos jóvenes. Esta paradoja se explica precisamente por el efecto de las expectativas: en Uruguay, los estándares de calidad económica —salarios dignos, acceso universal a servicios, movilidad social, protección frente al desempleo— son más elevados que en cualquier otro país de la región, lo que hace que la brecha entre lo esperado y lo experimentado sea percibida como más intolerable incluso cuando las condiciones objetivas son comparativamente mejores. Argentina (43%) confirma el patrón de polarización extrema del evangelicalismo argentino de adultos jóvenes: habiendo registrado 42% de insatisfacción moderada en la gráfica anterior y ahora 43% de rechazo total, queda claro que prácticamente la totalidad del evangelicalismo argentino de esta cohorte expresa algún nivel de insatisfacción económica, con la mayoría distribuida entre los dos grados más críticos de la escala.
El rango etario de 41 a 60 años exhibe los valores más altos de rechazo económico total en varios países clave, consolidándose junto con el grupo anterior como la franja generacional donde el desencanto económico alcanza su mayor expresión cuantitativa. República Dominicana lidera con 40%, seguida de Brasil con 38%, México con 38%, El Salvador con 36%, Ecuador con 35% y Costa Rica con 35%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Argentina con apenas 21%, Chile con 23% y Bolivia con 27%, configurando un rango que oscila entre 21% y 40% según los mapas de la gráfica. El liderazgo de República Dominicana (40%) en este segmento de mediana edad resulta significativo porque este país presentó altos niveles de satisfacción plena en las gráficas anteriores para otros grupos etarios, sugiriendo que dentro del evangelicalismo dominicano de mediana edad coexisten percepciones radicalmente diversas del funcionamiento económico nacional según la experiencia concreta de cada sector de la comunidad creyente. Brasil (38%) y México (38%) compartiendo el segundo lugar confirman que sus comunidades evangélicas de mediana edad —frecuentemente ubicadas en sectores populares urbanos y periurbanos donde las economías informales y los servicios públicos deficientes son la norma— han desarrollado un rechazo contundente al funcionamiento de economías que producen riqueza agregada sin distribuirla equitativamente entre quienes la generan con su trabajo cotidiano.
La generación de 61 años y más presenta la distribución más sorprendente de toda la gráfica, con Chile encabezando con un notable 47% —el valor más alto de cualquier país en cualquier segmento de la gráfica de nada satisfecho—, seguido de Costa Rica con 30%, El Salvador con 27%, Colombia con 22% y Argentina con 19%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Bolivia con apenas 11%, Paraguay con 9% y Ecuador con 16%, configurando un rango que oscila entre 9% y 47% según los mapas de la gráfica. El liderazgo excepcional de Chile (47%) en los adultos mayores evangélicos para rechazo económico total constituye el hallazgo más analíticamente provocador de toda la serie económica: en el país con el PIB per cápita más alto de América Latina y los mejores indicadores macroeconómicos de la región, casi la mitad de los adultos mayores evangélicos encuestados declara estar absolutamente nada satisfecha con el funcionamiento de la economía de su país. Esta aparente contradicción se disuelve cuando se considera que los adultos mayores evangélicos chilenos son frecuentemente miembros de sectores que han quedado al margen de los beneficios del modelo económico chileno: jubilados con pensiones insuficientes en un sistema privado de capitalización individual que no garantizó retiros dignos, trabajadores informales que carecen de protección social adecuada y comunidades populares que han observado cómo el crecimiento económico nacional se tradujo en enriquecimiento de élites antes que en bienestar generalizado. En su conjunto, la serie completa de cuatro gráficas sobre satisfacción económica traza el retrato más honesto y desafiante del evangelicalismo latinoamericano: una comunidad de fe mayoritariamente insatisfecha con el funcionamiento económico de sus países, que evalúa esas economías desde la perspectiva de las Escrituras que demandan justicia distributiva, dignidad laboral y protección de los vulnerables, y que encuentra en esa evaluación crítica no desesperanza sino el punto de partida para una participación ciudadana y comunitaria orientada por los valores del reino de Dios.
