La inclinación hacia la sustitución de la democracia representativa por un modelo de gobernanza tecnocrática se revela con singular nitidez al analizar la respuesta «Muy de acuerdo» ante la afirmación de que deberíamos deshacernos de las elecciones y del parlamento y dejar que los expertos tomaran las decisiones por la gente. Este indicador mide el grado de adscripción a posturas tecnocráticas y antidemocráticas dentro del segmento evangélico latinoamericano, dejando al descubierto tensiones entre la fe, la soberanía popular y el valor de la deliberación pública. Al examinar los porcentajes registrados en las distintas cohortes etarias, se aprecian picos significativos de respaldo a la abolición del sistema electoral en naciones específicas. En este sentido, destacan países como Paraguay liderando la juventud con un 60%, Uruguay alcanzando un 67% en la cohorte de 26 a 40 años, Argentina registrando un rotundo y absoluto 100% en el segmento de 41 a 60 años, y Colombia situándose a la vanguardia de la longevidad con un 42%. A partir de estos datos demográficos recopilados por Latinobarómetro 2024 sobre una muestra de 19,215 encuestados evangélicos, se concluye que la tentación del eficientismo elitista ha calado en sectores eclesiales que ven en la política deliberativa un obstáculo y en el gobierno de expertos un atajo práctico frente al estancamiento socioeconómico.

Esta dimensión de respaldo a la supresión de elecciones y parlamentos entre los evangélicos encuentra fundamento, contexto y respuesta en las enseñanzas bíblicas sobre la sabiduría, la falibilidad humana y el ejercicio del gobierno justo. Las Sagradas Escrituras reconocen el valor del conocimiento y el consejo experto, como afirma Proverbios 11:14 al señalar: «Donde no hay dirección sabia, caerá el pueblo; mas en la multitud de consejeros hay seguridad». Sin embargo, la teología cristiana advierte contra la absolutización del saber técnico desprovisto de contrapesos éticos y participación comunitaria, recordando la falibilidad inherente a toda élite humana según Salmos 146:3: «No confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación». El marco teológico que contextualiza los datos de esta gráfica exige comprender que la fe evangélica no puede validar la entrega del poder a una oligarquía tecnocrática a costa de suspender la soberanía popular y la representación parlamentaria; la pretensión de sustituir el escrutinio público por la fría racionalidad de un grupo de expertos ignora la dignidad del ser humano como agente moral con derecho a participar en las decisiones que afectan su destino socio-político.

El grupo etario de 16 a 25 años evidencia una marcada disparidad territorial frente a la abolición de la democracia representativa, moviéndose en un rango porcentual que se extiende desde el 0% hasta un abrumador 60%. En la cúspide de esta cohorte juvenil se posiciona Paraguay liderando ampliamente con un 60%, seguido por Panamá con 38%, El Salvador con 32%, Venezuela con 31%, Guatemala con 30%, Honduras y Perú con 25% cada uno, República Dominicana con 21%, Costa Rica con 11%, Brasil con 10%, Ecuador con 9%, Colombia con 8%, Bolivia con 6%, mientras que Argentina, Chile, México y Uruguay se ubican en la base con un rotundo 0%. La causa probable de la abrumadora permisividad en la juventud evangélica de Paraguay y Panamá radica en la profunda desilusión ante la corrupción parlamentaria y la ineficiencia de los partidos tradicionales, lo que genera un sesgo hacia modelos elitistas que prometen soluciones técnicas inmediatas. En términos de implicaciones pastorales, es urgente promover en la juventud una teología cívica que distinga entre la reforma de las instituciones defectuosas y su desmantelamiento total. Para las políticas públicas, estos porcentajes advierten sobre una alarmante desafección democrática en la juventud, exigiendo canales de participación transparentes que restauren el valor del voto y la representación.

La cohorte etaria de 26 a 40 años exhibe niveles alarmantes de tolerancia hacia la tecnocracia autoritaria, registrando un amplio rango porcentual que oscila entre el 0% y el 67%. Este segmento se encuentra encabezado por Uruguay con un colosal 67%, seguido por Chile con 50%, Colombia con 42%, Bolivia con 41%, Perú con 40%, Honduras con 33%, Brasil y República Dominicana con 32% cada uno, Venezuela con 31%, El Salvador con 28%, Guatemala con 27%, México con 25%, Panamá con 24%, Ecuador con 22%, Paraguay con 20%, Costa Rica con 17%, y Argentina situándose en la base con un 0%. La abrumadora concentración de apoyo al gobierno de expertos en la población productiva de países como Uruguay y Chile responde a la frustración con la parálisis legislativa y el deseo pragmático de eficiencia técnica para resolver problemas económicos complejos. Pastoralmente, este escenario exige recordar que la eficiencia técnica jamás debe desligarse de la justicia representativa, pues el gobierno de unos pocos expertos sin rendición de cuentas corre el riesgo de convertirse en un régimen oligárquico ajeno al bien común. En materia de políticas públicas, la magnitud de estos porcentajes refleja una severa crisis de confianza en los parlamentos de la región, que urge a elevar la calidad legislativa y el diálogo ciudadano.

El rango etario de 41 a 60 años demuestra la máxima radicalización de este consenso antidemocrático en puntos específicos del continente, operando dentro de un rango porcentual sin precedentes que va desde un 0% hasta un 100%. La vanguardia de este sector está encabezada por Argentina con un insólito 100%, secundada por México con 50%, Ecuador con 48%, Costa Rica con 44%, Bolivia con 41%, Chile con 38%, Brasil y Panamá con 34% cada uno, Guatemala, Honduras y Perú con 30% cada uno, El Salvador con 28%, Venezuela con 23%, Colombia con 8%, y Uruguay junto a Paraguay cerrando en el extremo inferior con un 0%. El dato extremo registrado en la mediana edad evangélica de Argentina refleja un rechazo total a la clase política y al parlamentarismo tradicional tras severas e históricas crisis institucionales, desplazando la esperanza colectiva hacia una utopía tecnocrática. Las implicaciones pastorales para este grupo maduro exigen reorientar la enseñanza bíblica sobre la responsabilidad cívica, recordando que Dios llama al creyente a velar por el orden social mediante la búsqueda de la justicia inclusiva y no mediante la evasión de las responsabilidades democráticas. Para las autoridades estatales y organismos internacionales, estos datos constituyen un indicador de alarma sobre la erosión del pacto republicano en sectores clave de la población madura.

El grupo etario de 61 años y más exhibe un panorama fuertemente polarizado donde la añoranza tecnocrática coexiste con el rechazo absoluto en diversas naciones, moviéndose en un rango porcentual que oscila entre el 0% y el 42%. El liderazgo indiscutible de este segmento longevo corresponde a Colombia con un 42%, seguido por Uruguay con 33%, Costa Rica con 28%, México con 25%, Brasil con 24%, Ecuador con 22%, Paraguay con 20%, Venezuela con 15%, Chile y Honduras con 13% cada uno, Bolivia, El Salvador y Guatemala con 12% cada uno, Panamá, Perú y República Dominicana con 5% cada uno, mientras que Argentina registra un 0%. El predominio de esta postura en la ancianidad evangélica colombiana y uruguaya refleja el agotamiento acumulado ante décadas de confrontación política y desacuerdos parlamentarios, llevando a los adultos mayores a preferir un gobierno de expertos que imponga orden y soluciones pragmáticas. Pastoralmente, se debe rescatar la sabiduría de los ancianos pero guiándolos a discernir que la verdadera paz y justicia social no nacen de la tecnocracia autoritaria, sino del respeto a los derechos y la participación de toda la comunidad. Finalmente, estos indicadores plantean una advertencia profética a América Latina, recordando que prescindir de las elecciones y del parlamento es abrir la puerta a tiranías no electas que contravienen los principios de equidad, libertad y justicia dados por Dios.

 

 

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