
Los datos del Latinobarómetro 2024, sustentados en encuestados evangélicos distribuidos en quince países de América Latina, revelan que la respuesta «la democracia puede funcionar sin partidos» ante la afirmación de que no puede haber democracia sin partidos políticos presenta una distribución consistente y representativa que captura a una proporción significativa del evangelicalismo regional que ha desarrollado una visión de la democracia disociada de los partidos políticos como sus intermediarios necesarios. El grupo de 26 a 40 años registra los porcentajes más destacados con Perú encabezando con 42%, seguida de Uruguay con 42%, Argentina con 38%, El Salvador con 38% y México con 39%. El segmento de 41 a 60 años también exhibe cifras relevantes con Argentina liderando con 38%, Brasil con 35%, Venezuela con 35% y República Dominicana con 34%. El rango del grupo 16-25 oscila entre 9% y 40%, y el de 26-40 entre 17% y 42% según los mapas de la gráfica. El segmento de 61 y más presenta como valores más destacados a Chile con 24% y Costa Rica con 26%. Este fenómeno revela que la desconfianza hacia los partidos políticos como instituciones necesarias para la democracia —antes que hacia la democracia misma— es una postura ampliamente extendida dentro del evangelicalismo latinoamericano, especialmente entre las generaciones de adultos que han tenido mayor exposición a las fallas concretas de los sistemas partidarios en sus países y que han desarrollado la convicción de que el ideal democrático podría y debería realizarse a través de mecanismos de participación que prescindieran de los partidos tradicionales como intermediarios.
Esta dimensión de escepticismo hacia los partidos políticos como condición necesaria de la democracia entre los evangélicos encuentra un contexto teológico en las enseñanzas bíblicas sobre las instituciones humanas como instrumentos falibles que pueden servir al bien común o traicionarlo según los valores y las prácticas de quienes las dirigen. Mateo 15:14 presenta la advertencia de Jesús sobre los líderes que han perdido su vocación de servicio: «Dejadlos; son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo», estableciendo el principio de que la legitimidad de cualquier institución —incluyendo los partidos políticos— depende de su capacidad real de cumplir la función orientadora y representativa para la que existe, y que cuando esa función se pervierte o se abandona, la institución pierde su razón de ser. Ezequiel 34:4 denuncia a los pastores que no cumplen su función de guía y protección del rebaño: «No fortalecisteis las débiles, ni curasteis la enferma; no vendasteis la perniquebrada, ni volvisteis al redil la descarriada, ni buscasteis la perdida, sino que os habéis enseñoreado de ellas con dureza y con violencia», descripción que los evangélicos críticos de los partidos políticos aplicarían directamente a organizaciones que, habiendo nacido para representar los intereses del pueblo, han derivado en estructuras que sirven los intereses de sus dirigentes y de sus financistas antes que los de los ciudadanos que dicen representar. Lucas 22:26 establece el estándar de servicio que toda institución de liderazgo debe cumplir: «Mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve», lo que fundamenta teológicamente la actitud de los evangélicos que perciben que los partidos políticos latinoamericanos han abandonado ese estándar de servicio y que por tanto la democracia debería poder realizarse sin su mediación o a través de formas alternativas de organización y representación política que estén más genuinamente orientadas al servicio del bien común.
El grupo etario de 16 a 25 años evidencia los porcentajes más bajos de percepción de democracia sin partidos en la mayoría de los países, con Paraguay encabezando con 40%, seguida de Venezuela con 35%, Ecuador con 28% y Guatemala con 31%. En el extremo inferior se ubican Chile con apenas 9%, Uruguay con 11% y Brasil con 19%, configurando un rango que oscila entre 9% y 40% según los mapas de la gráfica. El liderazgo de Paraguay (40%) en la juventud evangélica para la percepción de que la democracia puede funcionar sin partidos confirma el patrón ya observado de mayor distribución uniforme del evangelicalismo juvenil paraguayo a lo largo de toda la escala evaluativa, aunque resulta significativo que la desconfianza hacia los partidos como intermediarios necesarios de la democracia sea tan elevada entre los jóvenes creyentes paraguayos en un país donde el sistema de partidos ha estado históricamente dominado por estructuras clientelistas con escasa representatividad real. Venezuela (35%) registrando el segundo valor más alto en este segmento resulta coherente con el perfil de una juventud evangélica que ha crecido en un contexto donde los partidos de oposición han sido sistemáticamente perseguidos y desmantelados, generando una percepción de que la participación democrática podría y debería realizarse a través de mecanismos alternativos a los partidos tradicionales que el sistema político venezolano ha destruido o cooptado. Chile (9%) liderando el extremo inferior del segmento juvenil sugiere que los jóvenes creyentes chilenos, a pesar de su desencanto con los partidos concretos, mantienen una comprensión más institucional de la democracia que reconoce el papel necesario de los partidos en la organización de la competencia política.
La cohorte de 26 a 40 años demuestra ser el grupo con mayor concentración de percepción de democracia sin partidos en la mayoría de los países, con Perú encabezando con 42%, seguida de Uruguay con 42%, Argentina con 38%, México con 39% y El Salvador con 38%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Venezuela con apenas 17%, Costa Rica con 22% y Chile con 35%, configurando un rango que oscila entre 17% y 42% según los mapas. El empate entre Perú (42%) y Uruguay (42%) en el liderazgo de este segmento resulta revelador porque vuelve a reunir en valores idénticos dos experiencias democráticas muy distintas: el caos institucional peruano —donde los partidos han demostrado escasa capacidad de representación y alta corrupción— y la democracia uruguaya consolidada —donde los partidos han sido históricamente más institucionalizados pero donde la generación joven ha desarrollado expectativas más exigentes sobre su función representativa. En ambos casos, aunque por razones opuestas, la generación evangélica de adultos jóvenes ha llegado a la conclusión de que la democracia podría funcionar sin los partidos existentes, lo que en el caso peruano refleja el fracaso concreto de los partidos y en el caso uruguayo la aspiración a formas de participación más directa y menos mediada que las que los partidos tradicionales ofrecen. El bajo dato de Venezuela (17%) en este segmento —contrastando con su 57% de «no sabe» en la gráfica anterior— sugiere que los adultos jóvenes evangélicos venezolanos que tienen una opinión formada sobre la relación entre partidos y democracia se distribuyen entre quienes afirman que los partidos son necesarios y quienes declaran ignorancia, con pocas posiciones intermedias de democracia sin partidos.
El rango etario de 41 a 60 años exhibe una distribución con Argentina liderando con 38%, seguida de Brasil con 35%, Venezuela con 35%, República Dominicana con 34% y Chile con 33%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Paraguay con apenas 25%, Bolivia con 26% y Uruguay con 26%, configurando un rango que oscila entre 18% y 38% según los mapas de la gráfica. El liderazgo de Argentina (38%) en este segmento de mediana edad para la percepción de que la democracia puede funcionar sin partidos resulta coherente con el perfil de un país donde el sistema de partidos ha experimentado una de sus crisis más profundas en la historia latinoamericana —con el colapso del bipartidismo tradicional, el surgimiento y desaparición acelerada de nuevas fuerzas políticas y la percepción generalizada de que los partidos sirven intereses particulares antes que los intereses del pueblo— generando en la generación evangélica de mediana edad la convicción de que el ideal democrático podría realizarse mejor a través de mecanismos que prescindieran de esas organizaciones desacreditadas. Brasil (35%) y Venezuela (35%) compartiendo el segundo lugar con idénticos porcentajes representan dos contextos donde los partidos han fallado de maneras muy distintas —la corrupción sistémica brasileña y la cooptación política venezolana— pero han producido el mismo resultado: comunidades evangélicas de mediana edad que perciben la democracia como potencialmente realizable sin la mediación de los partidos que conocen y que han experimentado como obstáculos antes que como facilitadores de la representación política genuina.
La generación de 61 años y más presenta los valores más bajos de percepción de democracia sin partidos en prácticamente todos los países, con Costa Rica encabezando con 26%, seguida de Chile con 24%, Argentina con 12% y Colombia con 21%. Los valores más reducidos del grupo se encuentran en Paraguay con apenas 4%, México con 10% y Ecuador con 12%, configurando un rango que oscila entre 4% y 26% según los mapas de la gráfica. La reducción generalizada en este segmento de adultos mayores puede interpretarse de dos maneras complementarias: por un lado, los creyentes de mayor edad tienen una comprensión más institucional de la democracia que reconoce el papel histórico de los partidos en la construcción y preservación de los sistemas democráticos latinoamericanos, por lo que tienden menos a imaginar una democracia sin esa mediación partidaria; por otro lado, como reveló la gráfica anterior, una proporción significativa de adultos mayores declara simplemente no saber cuál es la respuesta correcta, lo que reduce los porcentajes disponibles para todas las otras categorías. Costa Rica (26%) liderando este segmento con el mayor escepticismo hacia los partidos como condición necesaria de la democracia entre adultos mayores evangélicos resulta coherente con el contexto costarricense donde el descrédito de los partidos tradicionales —que dominaron la política durante décadas— ha sido especialmente pronunciado en los últimos años, generando incluso entre los creyentes de mayor edad una apertura a formas alternativas de organización democrática que prescindieran de esas estructuras partidarias desacreditadas. En su conjunto, la alta proporción de evangélicos latinoamericanos que percibe que la democracia puede funcionar sin partidos constituye tanto un diagnóstico del fracaso de los sistemas partidarios de la región como una señal de que las comunidades de fe están desarrollando visiones alternativas de la participación política que las iglesias tienen la responsabilidad de acompañar, discernir y orientar desde los principios bíblicos de servicio, rendición de cuentas y representación genuina del bien común.
