Los datos del Latinobarómetro 2024, sustentados en encuestados evangélicos distribuidos en quince países de América Latina, revelan que la respuesta «no sabe» ante la afirmación de que no puede haber democracia sin partidos políticos presenta una distribución con valores notablemente elevados en varios países y grupos etarios, constituyendo en sí misma un hallazgo analítico de primera magnitud: la proporción de evangélicos que no tiene una opinión formada sobre la relación entre los partidos políticos y la democracia es tan significativa en algunos contextos que supera a las categorías de acuerdo y desacuerdo, revelando un déficit de formación cívico-política dentro de las comunidades de fe que interpela directamente a la responsabilidad pastoral y educativa de las iglesias. El grupo de 26 a 40 años registra los porcentajes más destacados con Venezuela encabezando con 57%, seguida de Chile con 53% y República Dominicana con 46%. El segmento de 41 a 60 años exhibe cifras igualmente elevadas con Ecuador y Uruguay liderando ambos con 50%, seguidos de Costa Rica con 50% y Colombia con 41%. El rango del grupo 16-25 oscila entre 0% y 36%, y el de 26-40 entre 17% y 57% según los mapas de la gráfica. El segmento de 61 y más presenta como valores más destacados a México con 40% y Bolivia con 30%. Este fenómeno revela que la ignorancia política declarada —expresada como «no sabe» ante una pregunta sobre la relación entre partidos y democracia— no es un fenómeno exclusivo de las generaciones mayores o menos educadas, sino que atraviesa transversalmente el evangelicalismo latinoamericano, alcanzando proporciones especialmente preocupantes entre adultos jóvenes y de mediana edad en varios países.

Esta dimensión de ignorancia política declarada entre los evangélicos encuentra un contexto teológico que interpela directamente a la responsabilidad de las comunidades de fe en la formación cívica de sus miembros. Oseas 4:6 proclama la advertencia divina más directa sobre las consecuencias de la ignorancia: «Mi pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos.» Esta advertencia profética sobre la destrucción que acompaña a la ignorancia —aplicada originalmente al conocimiento de Dios pero extensible al conocimiento del orden creado en que la comunidad de fe debe vivir y actuar— establece que la formación en el conocimiento necesario para la vida responsable en el mundo es una responsabilidad que Dios toma con seriedad. Proverbios 1:7 declara: «El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza», estableciendo que la sabiduría —incluyendo la sabiduría política para evaluar los sistemas de gobierno— tiene su raíz en la relación correcta con Dios pero requiere también formación activa y estudio comprometido de la realidad. 2 Timoteo 2:15 exhorta: «Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad», estableciendo el principio del estudio diligente como virtud fundamental del discipulado que debe aplicarse no solo al texto bíblico sino también al conocimiento del mundo en que el creyente está llamado a ser sal y luz. La alta proporción de evangélicos que declara no saber si puede haber democracia sin partidos políticos constituye, desde esta perspectiva bíblica, no solo un déficit de conocimiento político sino una expresión de la necesidad urgente de que las iglesias latinoamericanas desarrollen programas robustos de educación cívica teológicamente fundamentada que equipen a sus miembros para participar con sabiduría e integridad en la vida política de sus comunidades y naciones.

El grupo etario de 16 a 25 años evidencia los porcentajes más bajos de ignorancia política declarada en la mayoría de los países, con Argentina encabezando con 36%, seguida de Costa Rica con 30%, El Salvador con 28% y Paraguay con 25%. En el extremo inferior se ubican Ecuador con 0%, Uruguay con 0% y Honduras con 8%, configurando un rango que oscila entre 0% y 36% según los mapas de la gráfica. Los ceros de Ecuador y Uruguay en la juventud evangélica para la respuesta «no sabe» resultan analíticamente significativos: en ambos países los jóvenes creyentes encuestados expresan una opinión definida sobre la relación entre partidos políticos y democracia, sin recurrir a la opción de ignorancia declarada. En el caso de Uruguay, este resultado es coherente con el perfil de un país donde la cultura democrática más desarrollada de América Latina ha generado mayor conciencia política incluso entre la juventud evangélica. En Ecuador, el resultado podría reflejar el contexto de alta politización que la sociedad ecuatoriana ha experimentado en los últimos años, con crisis políticas sucesivas que han forzado a todos los sectores —incluyendo las comunidades religiosas— a tomar posición respecto a las instituciones políticas fundamentales. Argentina (36%) liderando este segmento para ignorancia política declarada resulta preocupante considerando que el evangelicalismo juvenil argentino ha mostrado en otras gráficas de esta serie patrones de alta disposición al autoritarismo pragmático, lo que sugiere que parte de esa disposición puede estar alimentada por una comprensión incompleta de cómo funcionan los sistemas democráticos y cuáles son los mecanismos institucionales —incluyendo los partidos— que los hacen funcionar.

La cohorte de 26 a 40 años demuestra ser el grupo con mayor concentración de ignorancia política declarada en varios países, con Venezuela encabezando con 57%, seguida de Chile con 53% y República Dominicana con 46%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Costa Rica con apenas 20%, Honduras con 32% y México con 20%, configurando un rango que oscila entre 17% y 57% según los mapas. El liderazgo de Venezuela (57%) en este segmento resulta sociológicamente coherente con el contexto de un país donde la erosión sistemática del sistema democrático ha sido acompañada de una paralela erosión de la conciencia política ciudadana: cuando los partidos políticos de oposición son perseguidos, sus líderes exiliados o encarcelados y sus bases desmovilizadas, la ciudadanía —incluyendo los creyentes evangélicos— pierde gradualmente la capacidad de evaluar con claridad la relación entre las instituciones políticas y el sistema democrático que las hace posibles. Chile (53%) en segundo lugar resulta paradójico a primera vista pero comprensible en contexto: el proceso constitucional fallido de los últimos años y la crisis de representación política que lo precedió han generado en amplios sectores de la sociedad chilena —incluyendo la comunidad evangélica adulto-joven— una desconexión profunda respecto a las instituciones políticas tradicionales, incluyendo los partidos, que se manifiesta en la incapacidad de formar una opinión clara sobre su relación con la democracia.

El rango etario de 41 a 60 años exhibe los valores más elevados de ignorancia política declarada en varios países, con Ecuador y Uruguay registrando ambos 50%, seguidos de Costa Rica con 50%, Colombia con 41% y El Salvador con 39%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Argentina con apenas 9%, Venezuela con 14% y Paraguay con 17%, configurando un rango que oscila entre 9% y 50% según los mapas de la gráfica. El empate entre Ecuador, Uruguay y Costa Rica en el liderazgo de este segmento con 50% cada uno resulta analíticamente llamativo porque reúne tres países con perfiles democráticos muy distintos —Ecuador con su inestabilidad política reciente, Uruguay con su democracia consolidada y Costa Rica con su tradición democrática centroamericana— que sin embargo producen idénticos niveles de ignorancia política declarada entre sus evangélicos de mediana edad respecto a la relación entre partidos políticos y democracia. Este resultado puede explicarse porque en los tres países la desconfianza hacia los partidos políticos como instituciones ha crecido significativamente en los últimos años, generando una disonancia cognitiva en los creyentes de mediana edad que perciben los partidos como ineficaces o corruptos pero no pueden articular con claridad si esa percepción negativa implica que la democracia podría funcionar sin ellos o si los necesita inevitablemente a pesar de sus fallas, lo que produce la respuesta de ignorancia declarada como expresión honesta de esa perplejidad evaluativa.

La generación de 61 años y más presenta una distribución con México encabezando con 40%, seguida de Bolivia con 30%, Uruguay con 25%, Paraguay con 33% y Panamá con 33%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Costa Rica con 0%, Colombia con 14% y Chile con 21%, configurando un rango que oscila entre 0% y 40% según los mapas de la gráfica. El liderazgo de México (40%) en los adultos mayores evangélicos para ignorancia política declarada resulta coherente con el perfil de un país donde el sistema de partidos ha experimentado transformaciones radicales en las últimas décadas —del sistema de partido hegemónico a la pluralidad competitiva y luego al surgimiento de nuevas fuerzas políticas— que pueden haber generado en los creyentes de mayor edad una perplejidad genuina sobre el papel actual de los partidos en el sistema democrático mexicano. El 0% de Costa Rica en este segmento resulta el dato más notable del grupo: ningún adulto mayor evangélico costarricense encuestado declara no saber si puede haber democracia sin partidos políticos, lo que refleja el mayor nivel de formación y conciencia política sobre las instituciones democráticas entre los adultos mayores evangélicos de ese país, coherentemente con la tradición democrática más larga de Centroamérica que ha producido en sus ciudadanos —incluyendo los creyentes evangélicos— una comprensión más clara y arraigada del papel de los partidos como intermediarios necesarios entre la ciudadanía y el sistema de gobierno. En su conjunto, los altos niveles de ignorancia política declarada que esta gráfica documenta constituyen un llamado urgente a que las iglesias evangélicas latinoamericanas desarrollen con seriedad y profundidad una educación cívica y política fundamentada en los valores bíblicos de responsabilidad, mayordomía y participación activa en el bien común, equipando a sus miembros para responder con sabiduría informada a las preguntas fundamentales sobre las instituciones que sostienen o amenazan la vida democrática de sus naciones.

 

 

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