Los datos del Latinobarómetro 2024, sustentados en encuestados evangélicos distribuidos en quince países de América Latina, revelan que las puntuaciones 7 y 8 en la escala de percepción democrática —representando una evaluación positiva pero no absoluta de la calidad institucional de los sistemas políticos nacionales— concentran sus valores más elevados en los grupos de 26 a 40 y 41 a 60 años, con Perú registrando el porcentaje más alto de toda la gráfica con 55% en el segmento 26-40, configurando el primer rango de la escala donde la evaluación favorable supera claramente a la desfavorable en varios contextos nacionales y generacionales. El grupo de 26 a 40 años registra los porcentajes más destacados con Perú encabezando con 55%, seguido de Uruguay con 42%, República Dominicana con 37%, Bolivia con 38% y El Salvador con 32%. El segmento de 41 a 60 años también exhibe cifras relevantes con Argentina liderando con 38%, México con 38%, Chile con 38% y Argentina con 38%. El rango del grupo 16-25 oscila entre 8% y 48%, y el de 26-40 entre 9% y 55% según los mapas de la gráfica. El segmento de 61 y más presenta como valor más destacado a Venezuela con 45% y Honduras con 27%. Este fenómeno representa un punto de inflexión analítico en la serie: por primera vez en la escala democrática, las puntuaciones positivas capturan proporciones comparables o superiores a las negativas en varios países, revelando que una porción significativa del evangelicalismo latinoamericano mantiene una valoración favorable de sus sistemas democráticos a pesar del contexto regional de desencanto institucional ampliamente documentado.

Esta dimensión de evaluación democrática positiva moderada entre los evangélicos encuentra un fundamento teológico en las enseñanzas bíblicas sobre el reconocimiento del bien en las instituciones humanas, la gratitud como virtud del creyente y el llamado a apoyar los sistemas de gobierno que promueven la paz y la justicia, aunque de manera imperfecta. El apóstol Pablo escribe en 1 Timoteo 2:1-2: «Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad.» Esta exhortación a la oración intercesora por las autoridades implica un reconocimiento de que el buen gobierno —aunque imperfecto— es un bien que merece gratitud y apoyo activo de la comunidad de fe. Romanos 13:3-4 afirma: «Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien.» Esta visión positiva pero condicionada de la autoridad política —que merece reconocimiento en la medida en que cumple su función protectora— informa la actitud de los evangélicos que asignan puntuaciones 7 y 8 a sus sistemas democráticos: reconocen que sus gobiernos, pese a sus limitaciones, ofrecen un marco institucional que permite vivir con relativa libertad y seguridad, lo que merece una valoración positiva desde la perspectiva bíblica. Salmo 144:15 declara: «Dichoso el pueblo que tiene esto; dichoso el pueblo cuyo Dios es Jehová», estableciendo la conexión entre el bienestar colectivo bajo buen gobierno y el reconocimiento de la gracia divina que opera incluso a través de instituciones humanas imperfectas.

El grupo etario de 16 a 25 años evidencia los valores más heterogéneos de puntuaciones 7 y 8, con Paraguay encabezando con 48%, seguido de Guatemala con 43%, El Salvador con 32%, Bolivia con 26% y Ecuador con 25%. En el extremo inferior se ubican Uruguay con apenas 8%, Chile con 9% y Argentina con 15%, configurando un rango que oscila entre 8% y 48% según los mapas de la gráfica. El liderazgo de Paraguay (48%) en la juventud evangélica para las puntuaciones más positivas de esta gráfica resulta analíticamente coherente con el patrón observado a lo largo de toda la serie: el evangelicalismo juvenil paraguayo distribuye sus evaluaciones de manera más uniforme a lo largo de toda la escala, con proporciones significativas tanto en los extremos negativos como en las puntuaciones positivas, reflejando una comunidad interna diversa antes que una postura hegemónica. El dato de Uruguay (8%) confirma que los jóvenes evangélicos uruguayos que no asignaron puntuaciones negativas extremas se concentraron en la zona intermedia de la escala (5-6) antes que en las puntuaciones positivas, lo que sugiere una actitud de cautela democrática característica de una generación formada en un contexto de alta exigencia cívica y estándares elevados de calidad institucional.

La cohorte de 26 a 40 años demuestra ser el grupo con mayor concentración de evaluaciones democráticas positivas moderadas, con Perú encabezando de manera sobresaliente con 55%, seguido de Uruguay con 42%, República Dominicana con 37%, Bolivia con 38% y Venezuela con 9%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Venezuela con 9%, Guatemala con 31% y Costa Rica con 31%, configurando un rango que oscila entre 9% y 55% según los mapas. El liderazgo de Perú (55%) en este segmento resulta especialmente significativo porque contrasta con los altos porcentajes de puntuaciones negativas que Perú registró en las gráficas anteriores para otros grupos etarios, sugiriendo que dentro del evangelicalismo peruano de adultos jóvenes coexiste una polarización evaluativa profunda: mientras una porción significativa asignó puntuaciones muy bajas, otra porción aún más numerosa en este segmento evalúa positivamente la democracia peruana con 7 y 8. El dato extraordinariamente bajo de Venezuela (9%) en el grupo 26-40 para puntuaciones positivas resulta perfectamente coherente con la experiencia de una generación evangélica venezolana que ha vivido su adultez entera bajo un sistema político que ha erosionado sistemáticamente las instituciones democráticas, haciendo prácticamente imposible una valoración positiva del sistema para quienes han padecido directamente sus consecuencias en términos de libertades civiles, derechos políticos y condiciones de vida.

El rango etario de 41 a 60 años exhibe una distribución que consolida las evaluaciones positivas en varios países clave, con Argentina liderando con 38%, México con 38%, Chile con 38%, Argentina con 38% y Costa Rica con 36%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Guatemala con 17%, Honduras con 14% y Perú con 18%, configurando un rango que oscila entre 14% y 38% según los mapas de la gráfica. El empate entre Argentina, México y Chile en el liderazgo de este segmento con 38% cada uno resulta analíticamente revelador porque estos tres países presentaron en las gráficas anteriores altos porcentajes de evaluaciones negativas en otros grupos etarios, lo que sugiere que la generación evangélica de mediana edad en estos países ha llegado a un punto de equilibrio evaluativo donde reconoce tanto los déficits democráticos —expresados por otros segmentos generacionales con puntuaciones bajas— como los logros institucionales que merecen una valoración positiva moderada. Esta actitud de reconocimiento equilibrado podría vincularse con la experiencia histórica de esta cohorte que vivió transiciones democráticas, consolidaciones institucionales y retrocesos en distintos momentos de su vida adulta, desarrollando una perspectiva matizada que ni idealiza ni condena en bloque los sistemas democráticos de sus países.

La generación de 61 años y más presenta la distribución más llamativa de toda la gráfica, con Venezuela encabezando excepcionalmente con 45% —el segundo valor más alto de cualquier país en cualquier segmento de esta gráfica— seguida de Honduras con 27%, Uruguay con 17%, Colombia con 20% y Argentina con 15%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Paraguay con apenas 3%, Brasil con 10%, Bolivia con 10% y Ecuador con 15%, configurando un rango que oscila entre 3% y 45% según los mapas de la gráfica. El extraordinario dato de Venezuela (45%) en los adultos mayores evangélicos para puntuaciones positivas 7 y 8 constituye uno de los hallazgos más contraintuitivos de toda la serie analizada: en el país con los índices más bajos de calidad democrática de América del Sur según prácticamente todos los indicadores internacionales, los adultos mayores evangélicos venezolanos expresan la mayor proporción de evaluación positiva de la democracia de toda la muestra en este segmento. Esta paradoja puede explicarse desde múltiples ángulos: los adultos mayores venezolanos pueden estar evaluando no el presente político sino la memoria de la democracia venezolana de las décadas anteriores a la crisis actual, o pueden estar expresando una resignación adaptativa que califica como relativamente aceptable un sistema al que consideran inevitable e irreformable a corto plazo, o pueden estar respondiendo desde una perspectiva de fe que ve en la preservación de ciertos espacios de libertad religiosa —donde las iglesias evangélicas venezolanas han podido continuar operando— una evidencia suficiente de funcionamiento democrático mínimo que merece una valoración positiva desde la perspectiva de quien ha aprendido a agradecer incluso las libertades parciales en contextos de restricción generalizada.

 

 

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