
Los datos del Latinobarómetro 2024, sustentados en encuestados evangélicos distribuidos en quince países de América Latina, revelan que la respuesta «los sindicatos» como primera mención ante la pregunta sobre quién tiene más poder en el país presenta una de las distribuciones más heterogéneas y estadísticamente volátiles de toda la serie sobre percepción del poder, con múltiples valores extremos que reflejan submuestras muy reducidas y con amplias zonas de 0% que revelan que en la mayoría de los países y grupos etarios prácticamente ningún evangélico encuestado identifica a los sindicatos como el actor más poderoso de su escenario nacional. Los valores representativos más destacados del grupo de 26 a 40 años incluyen a Panamá con 60%, Colombia con 57% y Ecuador con 50% — todos probablemente reflejando submuestras reducidas —, mientras que los datos más representativos del segmento 41-60 incluyen a Argentina con 42%, El Salvador con 43% y República Dominicana con 42%. El rango del grupo 16-25 oscila entre 0% y 33%, y el de 26-40 entre 0% y 60% según los mapas de la gráfica. El segmento de 61 y más presenta como valores más representativos a Uruguay con 67% — valor estadísticamente atípico — y Honduras con 27%. Este fenómeno revela que los sindicatos son el actor de poder menos frecuentemente identificado por el evangelicalismo latinoamericano como el más dominante del escenario nacional, lo que resulta especialmente significativo en el contexto de una región donde la organización laboral ha sido históricamente un factor determinante del escenario político y económico, y contrasta con los altos niveles de desconfianza hacia los sindicatos documentados en las series anteriores de este análisis.
Esta dimensión de percepción minoritaria del poder sindical entre los evangélicos encuentra un contexto teológico que ilumina la compleja relación histórica entre el evangelicalismo latinoamericano y el movimiento sindical como actor de poder político-social. La tradición bíblica sobre la organización del trabajo y la defensa de los derechos de los trabajadores ofrece fundamentos para valorar el sindicalismo como principio, pero la experiencia concreta con los sindicatos latinoamericanos ha generado en las comunidades evangélicas una actitud más crítica que entusiasta hacia esas organizaciones como actores de poder. Levítico 19:13 establece el principio bíblico de justicia laboral: «No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás. No retendrás el salario del jornalero en tu casa hasta el amanecer», principio que en teoría los sindicatos deben encarnar pero que en la práctica latinoamericana han cumplido de manera desigual. Eclesiastés 4:9-10 afirma el valor de la solidaridad colectiva para los trabajadores: «Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero», estableciendo el fundamento bíblico de la organización colectiva de los trabajadores que el sindicalismo institucionaliza. Sin embargo, Proverbios 11:2 advierte: «Cuando viene la soberbia, viene también la deshonra; mas con los humildes está la sabiduría», principio que los evangélicos críticos de los sindicatos aplicarían a organizaciones que han derivado frecuentemente hacia estructuras de poder autorreferencial que sirven los intereses de sus dirigentes antes que los de los trabajadores que representan. La baja percepción del poder sindical como actor dominante refleja así una evaluación pragmática del poder real de los sindicatos en los escenarios nacionales de cada país, antes que una postura ideológica de rechazo o adhesión al sindicalismo como principio.
El grupo etario de 16 a 25 años evidencia los porcentajes más bajos y con mayor presencia de ceros de toda la gráfica, con Argentina encabezando con 33%, seguida de Bolivia con 33%, Honduras con 13% y Guatemala con 24%. En el extremo inferior, Brasil (0%), Chile (0%), Colombia (0%), Ecuador (0%), Paraguay (0%), Perú (0%), Uruguay (0%) y Venezuela (20%) configuran un panorama donde la gran mayoría de los jóvenes evangélicos encuestados no identifica a los sindicatos como el actor más poderoso de su país, con un rango que oscila entre 0% y 33% según los mapas de la gráfica. La alta concentración de ceros en este segmento juvenil resulta coherente con el perfil de una generación que ha crecido en un mercado laboral predominantemente informal donde los sindicatos tienen presencia limitada y cuya experiencia directa con la organización sindical es escasa o nula. Los valores de Argentina (33%) y Bolivia (33%) liderando la juventud evangélica para percepción del poder sindical son los únicos datos representativos de este segmento, y resultan coherentes con el perfil de dos países donde el movimiento sindical ha mantenido mayor visibilidad política — en Argentina con la CGT como actor de poder histórico y en Bolivia con la COB como actor político relevante — generando en los jóvenes creyentes de esos países una percepción más clara del sindicalismo como actor de poder que en el resto de la región.
La cohorte de 26 a 40 años exhibe los valores más extremos de toda la gráfica junto con el segmento de mediana edad, con Panamá registrando 60%, Colombia 57% y Ecuador 50% — todos valores probablemente reflejando submuestras muy reducidas —, mientras que los datos más representativos incluyen a El Salvador con 43%, República Dominicana con 42% y Guatemala con 35%. Los múltiples ceros de Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay en este segmento confirman que en esos países prácticamente ningún evangélico adulto-joven encuestado identifica a los sindicatos como el actor más poderoso de primera mención. Entre los valores más representativos, El Salvador (43%) resulta coherente con el contexto de un país donde los sindicatos del sector público han mantenido capacidad de movilización y conflicto con el gobierno que los hace visibles como actores de poder para la comunidad evangélica adulto-joven. La gran dispersión de este grupo — con valores que van de 0% a 60% según los mapas — refleja fundamentalmente la alta volatilidad estadística producida por submuestras reducidas antes que una realidad de percepción del poder sindical profundamente diferenciada entre países, lo que hace que este grupo etario sea el menos confiable estadísticamente de toda la gráfica para sacar conclusiones generales sobre la percepción del poder sindical dentro del evangelicalismo adulto-joven latinoamericano.
El rango etario de 41 a 60 años exhibe los valores estadísticamente más atípicos de toda la gráfica, con Chile registrando 100% — que con certeza absoluta refleja uno o muy pocos encuestados chilenos de mediana edad que seleccionaron los sindicatos como primera mención —, seguida de Paraguay con 50%, Ecuador con 50%, Argentina con 42%, El Salvador con 43% y República Dominicana con 42%. Los valores más bajos del grupo incluyen a Bolivia con 27%, Honduras con 20% y Venezuela con 40%, configurando un rango que oscila entre 10% y 100% según los mapas de la gráfica. Más allá del dato estadísticamente atípico de Chile, los valores representativos de Argentina (42%), El Salvador (43%) y República Dominicana (42%) en este segmento revelan que en esos países los evangélicos de mediana edad han desarrollado una percepción más clara del poder sindical como actor determinante de sus escenarios nacionales, posiblemente porque son las generaciones que han experimentado directamente huelgas, conflictos laborales y negociaciones sindicales que han afectado sus condiciones de trabajo o los servicios públicos que consumen. Argentina (42%) resulta especialmente coherente con el perfil de un país donde los sindicatos han sido actores de poder político real y frecuentemente visibles en el escenario nacional, con capacidad de movilización que ningún otro actor social iguala en términos de impacto sobre la vida cotidiana de los ciudadanos, incluyendo los evangélicos de clase trabajadora que constituyen la base demográfica más amplia del protestantismo argentino.
La generación de 61 años y más presenta la distribución con Uruguay registrando 67% — valor estadísticamente atípico como ya fue señalado —, seguido de Perú con 33%, Honduras con 27%, Bolivia con 20% y Costa Rica con 20%. Los valores más bajos del grupo incluyen a Argentina con apenas 8%, Colombia con 14% y Guatemala con 12%, configurando un rango que oscila entre 0% y 67% según los mapas de la gráfica. Entre los valores más representativos de este segmento, Perú (33%) y Honduras (27%) liderando la percepción del poder sindical entre adultos mayores evangélicos resulta analíticamente coherente con el perfil de dos países donde los sindicatos han mantenido una presencia relativamente más activa en el debate político: en Perú los sindicatos mineros y de trabajadores públicos han sido actores recurrentes del conflicto social, mientras que en Honduras los sindicatos del magisterio y de otras organizaciones del sector público han ejercido capacidad real de movilización y presión política que los adultos mayores creyentes de esos países han observado directamente a lo largo de décadas. El bajo dato de Argentina (8%) en los adultos mayores evangélicos para percepción del poder sindical resulta sorprendente dado el perfil histórico de ese país, pero puede reflejar que esta generación — que vivió tanto el apogeo como el declive relativo del poder sindical argentino — percibe hoy a otros actores como más poderosos que los sindicatos en el escenario actual. En su conjunto, los datos sobre percepción del poder sindical — con su alta volatilidad estadística y sus numerosos ceros — revelan que los sindicatos son percibidos por el evangelicalismo latinoamericano como el actor menos poderoso del escenario político-social entre los actores evaluados en esta serie, lo que tiene implicaciones directas tanto para la comprensión de la relación entre el evangelicalismo y el movimiento laboral como para el llamado profético de las iglesias a desarrollar una teología del trabajo más robusta que equipen a sus miembros para participar activamente en la defensa de la dignidad laboral que las Escrituras demandan, independientemente de la percepción que se tenga del poder real de los sindicatos como actores institucionales en sus contextos nacionales específicos.
