Los datos del Latinobarómetro 2024, sustentados en encuestados evangélicos distribuidos en quince países de América Latina, revelan que la respuesta «los partidos políticos» como primera mención ante la pregunta sobre quién tiene más poder en el país presenta una distribución significativa y relativamente consistente entre grupos etarios, con el rango del grupo 26-40 oscilando entre 17% y 50% según los mapas y varios países registrando valores representativos elevados que confirman la percepción del poder partidario como fenómeno transversal dentro del evangelicalismo regional. El grupo de 26 a 40 años registra los porcentajes más destacados con Venezuela encabezando con 50%, seguida de Argentina con 45%, Uruguay con 45%, Perú con 41% y Ecuador con 43%. El segmento de 41 a 60 años exhibe cifras relevantes con Colombia liderando con 39%, Brasil con 34%, Honduras con 32% y Chile con 32%. El rango del grupo 16-25 oscila entre 0% y 50%, y el de 41-60 entre 19% y 39% según los mapas de la gráfica. El segmento de 61 y más presenta como valor más destacado a Costa Rica con 44% y Chile con 21%. Este fenómeno revela que una proporción significativa del evangelicalismo latinoamericano identifica a los partidos políticos como los actores más poderosos de sus escenarios nacionales, lo que resulta paradójico en tensión con los altos niveles de desconfianza hacia los partidos documentados en las series anteriores de este análisis: los creyentes perciben a los partidos como poderosos precisamente en los contextos donde más los critican y desconfían de ellos.

Esta dimensión de percepción del poder partidario entre los evangélicos encuentra un contexto teológico en las enseñanzas bíblicas sobre la organización del poder político como función humana necesaria pero falible, y en la advertencia profética contra los sistemas de representación que acumulan poder sin rendir cuentas genuinas al pueblo al que deben servir. 1 Samuel 12:14-15 establece el principio de la condicionalidad del poder político organizado: «Si temiereis a Jehová y le sirviereis, y oyereis su voz, y no fuereis rebeldes a las palabras de Jehová, y si tanto vosotros como el rey que reina sobre vosotros seguís a Jehová vuestro Dios, bien. Mas si no oyereis la voz de Jehová, sino que fuereis rebeldes a las palabras de Jehová, la mano de Jehová estará contra vosotros como estuvo contra vuestros padres», estableciendo que el poder político organizado — incluyendo el que los partidos ejercen — es legítimo solo en la medida en que sirve los principios de justicia y bien común que Dios ordena, y que cuando los actores políticos traicionan ese mandato, su poder se convierte en instrumento de opresión antes que de servicio. Ezequiel 22:27 denuncia a los príncipes — que en el contexto moderno pueden leerse como los líderes de los partidos políticos — que usan su poder para el beneficio propio: «Sus príncipes en medio de ella son como lobos que arrebatan presa, para derramar sangre, para destruir las almas, para obtener ganancias injustas», describiendo la perversión del poder político organizado que los evangélicos latinoamericanos perciben cuando identifican a los partidos como actores poderosos con connotación frecuentemente negativa. Mateo 20:25-26 establece el contraste entre el poder que domina y el poder que sirve: «Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor», estableciendo el estándar del servicio antes que el del dominio como criterio para evaluar el ejercicio del poder político por parte de cualquier actor — incluyendo los partidos políticos que el evangelicalismo latinoamericano percibe como poderosos pero frecuentemente como servidores de sí mismos antes que del bien común.

El grupo etario de 16 a 25 años evidencia una distribución con Paraguay encabezando con 50%, seguida de El Salvador con 30%, Guatemala con 33% y México con 31%. En el extremo inferior se ubican Uruguay con 0%, Costa Rica con apenas 4% y Chile con 11%, configurando un rango que oscila entre 0% y 50% según los mapas de la gráfica. El liderazgo de Paraguay (50%) en la juventud evangélica para percepción del poder partidario confirma el patrón ya plenamente establecido de distribución amplia del evangelicalismo juvenil paraguayo a lo largo de toda la escala evaluativa, aunque es especialmente significativo que los jóvenes creyentes paraguayos perciban a los partidos como los actores más poderosos de su escenario en un país donde el Partido Colorado ha dominado la política durante la mayor parte del siglo XX y XXI con una continuidad que hace de los partidos actores de poder real y verificable. El 0% de Uruguay en la juventud evangélica para percepción del poder partidario resulta llamativo en el país con los partidos políticos más institucionalizados de América Latina, pero puede reflejar que los jóvenes creyentes uruguayos distribuyen su percepción del poder entre el gobierno — que el partido gobernante controla — antes que los partidos como actores separados del poder estatal, no distinguiendo entre el partido y el gobierno que forma como entidades de poder independientes.

La cohorte de 26 a 40 años demuestra ser el grupo con mayor concentración de percepción del poder partidario en la mayoría de los países, con Venezuela encabezando con 50%, seguida de Argentina con 45%, Uruguay con 45%, Ecuador con 43% y Perú con 41%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Paraguay con apenas 17%, México con 23% y El Salvador con 33%, configurando un rango que oscila entre 17% y 50% según los mapas. El liderazgo de Venezuela (50%) en este segmento para percepción del poder partidario resulta coherente con el contexto de un país donde el Partido Socialista Unido de Venezuela ha ejercido un control hegemónico sobre todas las instituciones del Estado durante más de dos décadas, haciendo de la identificación partido-poder una realidad empíricamente verificable para la generación evangélica adulto-joven venezolana. Argentina (45%) y Uruguay (45%) compartiendo el segundo lugar resulta analíticamente revelador: en ambos países la alternancia entre partidos con visiones muy distintas del Estado y la economía ha generado en la generación evangélica adulto-joven la percepción clara de que los partidos son los actores que más directamente determinan las condiciones de vida de sus comunidades, independientemente de cuál partido esté en el gobierno en el momento de la encuesta. El bajo dato de Paraguay (17%) en el grupo 26-40 — contrastando con su liderazgo del 50% en el grupo 16-25 — sugiere una fractura generacional interna donde los adultos jóvenes paraguayos perciben otros actores — gobierno, militares, grandes empresas — como más poderosos que los partidos formales, a diferencia de sus pares más jóvenes.

El rango etario de 41 a 60 años exhibe una distribución con Colombia liderando con 39%, seguida de Brasil con 34%, Honduras con 32% y Chile con 32%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Ecuador con apenas 19%, Venezuela con 25% y Costa Rica con 22%, configurando un rango que oscila entre 19% y 39% según los mapas de la gráfica. El liderazgo de Colombia (39%) en este segmento de mediana edad para percepción del poder partidario resulta coherente con el perfil de un país donde los grandes partidos políticos — Liberal, Conservador y más recientemente los nuevos movimientos — han determinado históricamente las condiciones de acceso a servicios públicos, contratos estatales y recursos del Estado a través de redes clientelares que hacen de los partidos actores de poder real y cotidianamente verificable para los evangélicos colombianos de mediana edad que han navegado esas redes en su vida familiar, laboral y comunitaria. Brasil (34%) confirmando el segundo lugar refleja el contexto de un sistema multipartidario extremadamente fragmentado donde la negociación entre partidos determina la formación de coaliciones gubernamentales y la distribución de recursos públicos, convirtiendo a los partidos en actores de poder real cuya influencia los evangélicos brasileños de mediana edad han observado y experimentado en su relación con el Estado y sus instituciones.

La generación de 61 años y más presenta la distribución más llamativa de toda la gráfica, con Costa Rica encabezando con 44% — el valor más alto de este segmento y uno de los más altos de toda la gráfica —, seguida de Chile con 21%, Uruguay con 18% y Colombia con 18%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Argentina con 0%, Bolivia con apenas 3%, Perú con 0% y Venezuela con 0%, configurando un rango que oscila entre 0% y 44% según los mapas de la gráfica. El liderazgo excepcional de Costa Rica (44%) en los adultos mayores evangélicos para percepción del poder partidario constituye uno de los hallazgos más analíticamente significativos de toda la serie sobre percepción del poder: en el país con la tradición democrática más larga de Centroamérica, donde los partidos políticos han sido actores centrales e institucionalizados de la vida política durante más de un siglo, los adultos mayores evangélicos — que han vivido la mayor parte de su vida bajo un sistema bipartidista que luego se fragmentó — reconocen en los partidos el actor más poderoso de su escenario nacional, no porque los admiren sino porque la experiencia acumulada de décadas de participación ciudadana les ha permitido observar directamente cómo los partidos determinan quién accede a los recursos del Estado, qué políticas se implementan y cómo se distribuyen los beneficios y los costos del funcionamiento del sistema político costarricense. Los múltiples ceros de Argentina, Perú y Venezuela en este segmento de adultos mayores para percepción del poder partidario confirman que en esos países la experiencia acumulada de mayores ha generado la percepción de que otros actores — gobierno, militares, grandes empresas — ejercen un poder más determinante que los partidos formales. En su conjunto, la percepción del poder partidario que esta gráfica documenta completa el retrato de un evangelicalismo latinoamericano que reconoce en los partidos actores de poder real y determinante en varios contextos nacionales, lo que constituye un llamado urgente a las iglesias a desarrollar una relación más informada y teológicamente fundamentada con esas instituciones: ni de deferencia acrítica ni de rechazo total, sino de participación discernida que reconoce el poder real de los partidos mientras los evalúa permanentemente según el estándar bíblico del servicio antes que el dominio, la justicia antes que el privilegio y la rendición de cuentas ante Dios y el pueblo antes que la acumulación de poder para beneficio propio.

 

 

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