Respuesta analizada: «Poca confianza» — Latinobarómetro 2024 — Base: 19,215 encuestados

La respuesta «poca confianza» hacia los partidos políticos configura una categoría de escepticismo activo que, a diferencia del rechazo total, preserva un vínculo residual con la institucionalidad política sin llegar a legitimarla plenamente, y es precisamente esta postura intermedia la que revela con mayor profundidad la tensión que los evangélicos latinoamericanos experimentan entre su participación ciudadana y su desencanto con las estructuras partidarias. Sobre la base de 19,215 encuestados del Latinobarómetro 2024, los datos muestran que esta categoría presenta una distribución continental notable, con porcentajes que oscilan entre 4% y 50% según país y grupo etario. En el rango de 16-25 años, Paraguay lidera con 45%, seguido por Perú con 42%, Ecuador y Honduras con 34% cada uno, y Guatemala con 37%. En el grupo de 26-40 años, Chile encabeza con 50%, seguido por Uruguay con 48%, México con 40%, Brasil con 39% y Bolivia con 38%. La cohorte de 41-60 años presenta sus valores más altos en Uruguay con 40%, República Dominicana con 37%, México con 21% y Brasil con 32%, mientras que el grupo de 61 años y más registra su mayor expresión en Venezuela con 21%, Costa Rica con 17% y Colombia y Bolivia con 15% cada una. El rango porcentual global se extiende entre 4% —Uruguay en el grupo de 16-25 años— y 50% —Chile en el grupo de 26-40 años—, lo que confirma que la poca confianza constituye una postura extendida y socialmente significativa dentro del universo evangélico latinoamericano, expresando una ciudadanía crítica que ni abandona el espacio político ni se entrega a él con ingenuidad.
Esta dimensión de la poca confianza en los partidos políticos entre los evangélicos encuentra en las Escrituras un rico sustrato teológico que valida y contextualiza la desconfianza institucional como respuesta legítima y espiritualmente coherente ante las estructuras de poder humano. El profeta Jeremías, en el capítulo 17 versículo 5, proclama que maldito el varón que confía en el hombre y pone carne por su brazo, estableciendo desde la tradición profética veterotestamentaria una advertencia permanente contra la idolatría institucional. El Salmo 118:8-9 refuerza este marco al afirmar que mejor es refugiarse en el Señor que confiar en el hombre, y mejor es refugiarse en el Señor que confiar en príncipes, ofreciendo una alternativa teocéntrica al desencanto político sin caer en el nihilismo cívico. En el Nuevo Testamento, la Epístola de Santiago (4:13-14) invita a la humildad ante la contingencia de los proyectos humanos, recordando que los planes trazados por hombres —incluyendo los políticos— están sometidos a la voluntad divina y a la fragilidad inherente a toda empresa terrenal. Desde la perspectiva de la teología política evangélica latinoamericana, la poca confianza no debe interpretarse como abstención ni como indiferencia, sino como una postura de discernimiento profético que reconoce la legitimidad relativa de las instituciones políticas sin absolutizarlas. Los datos muestran que esta postura es especialmente prevalente en países con mayor historia de decepción institucional acumulada, corrupción sistémica documentada y promesas políticas incumplidas, lo que sugiere que el escepticismo evangélico hacia los partidos no es primariamente ideológico sino experiencial y pastoralmente procesado.
El rango etario de 16 a 25 años evidencia en la categoría de poca confianza una distribución que contrasta significativamente con la observada en las respuestas de mayor adhesión, revelando que una porción importante de la juventud evangélica ya ha incorporado el escepticismo institucional como parte de su cosmovisión política. Paraguay lidera con 45%, seguido por Perú con 42%, Ecuador y Honduras con 34% cada uno, Guatemala con 37%, El Salvador con 27%, Bolivia con 32%, Venezuela con 25%, Argentina con 26%, Panamá con 28%, Colombia con 23%, Costa Rica y Brasil con 19% cada uno, México con 30%, República Dominicana con 21%, Venezuela con 25% y Chile con 13%, mientras que Uruguay registra el mínimo del grupo con apenas 4%. El rango porcentual oscila entre 4% y 45%. Resulta llamativo que Paraguay, que en el análisis de «mucha confianza» presentaba un 100% en este grupo etario, aparezca ahora también liderando la categoría de poca confianza con 45%, lo que sugiere que la muestra paraguaya en el grupo de 16-25 años está internamente dividida entre adhesión total y escepticismo significativo, reflejando una polarización generacional interna que puede estar vinculada a experiencias diferenciadas dentro de la misma comunidad evangélica nacional. La presencia de Perú con 42% y Ecuador con 34% en los primeros lugares del escepticismo juvenil resulta coherente con contextos de alta inestabilidad política, múltiples presidentes destituidos o encarcelados, y una crisis de representación partidaria que los jóvenes evangélicos perciben y procesan desde su propia lectura de fe.
La cohorte de 26 a 40 años exhibe en la categoría de poca confianza los valores más altos del conjunto del análisis, con Chile marcando el pico máximo de toda la gráfica con 50% y Uruguay alcanzando el 48%, lo que convierte a este grupo etario en el de mayor escepticismo relativo hacia los partidos políticos entre los evangélicos del continente. Completan el cuadro México con 40%, Brasil con 39%, Bolivia con 38%, Colombia con 38%, Argentina con 35%, Perú con 36%, Brasil con 39%, El Salvador y Panamá con 29% cada uno, Guatemala con 26%, Honduras con 24%, República Dominicana con 31%, Venezuela con 29%, Ecuador con 25%, Costa Rica con 33% y Paraguay con 29%. El rango porcentual oscila entre 24% y 50%. El liderazgo conjunto de Chile y Uruguay en este grupo resulta particularmente significativo desde una perspectiva comparada: ambos países se caracterizan por ser los más secularizados de América Latina, con tradiciones políticas de mayor institucionalidad relativa y con comunidades evangélicas que han desarrollado una cultura de mayor autonomía respecto a los partidos. Los creyentes chilenos y uruguayos de entre 26 y 40 años representan una generación que ha vivido de cerca tanto las promesas como los límites de la democracia representativa, y cuya poca confianza en los partidos no expresa anomia sino una ciudadanía reflexiva que exige más de las instituciones de lo que estas han sido capaces de ofrecer.
El rango etario de 41 a 60 años demuestra que la poca confianza en los partidos políticos mantiene en esta cohorte una presencia significativa aunque con una distribución más moderada que la observada en el grupo anterior, con valores que oscilan entre 15% y 40%. Uruguay lidera con 40%, República Dominicana con 37%, Brasil con 32%, El Salvador y Costa Rica con 31% cada uno, Panamá con 29%, Ecuador con 29%, Honduras con 29%, Colombia con 23%, Bolivia con 15%, Argentina con 26%, Guatemala con 26%, Venezuela con 25%, Paraguay con 22%, Chile con 28%, México con 21% y Perú con 18%. El rango porcentual oscila entre 15% y 40%. Esta generación, que transitó su adultez temprana durante las décadas de consolidación democrática latinoamericana de los años noventa y dos mil, y que experimentó en carne propia las crisis de representación política de esa época —desde el Caracazo venezolano hasta el corralito argentino, pasando por la inestabilidad andina y centroamericana—, porta en su memoria colectiva una acumulación de razones para la desconfianza que su fe evangélica no ha disuelto sino más bien contextualizado teológicamente. El liderazgo de Uruguay en este grupo, consistente con su patrón en otras cohortes, confirma que en ese país el escepticismo político evangélico trasciende las generaciones y se configura como una postura cultural estructural de la comunidad creyente ante un sistema de partidos percibido como ajeno a sus valores e intereses.
El grupo de 61 años y más constituye, en la categoría de poca confianza, la cohorte con los porcentajes absolutos más bajos del análisis, con un rango que se extiende entre 4% —Uruguay— y 21% —Venezuela—, lo que en un primer análisis podría interpretarse como una recuperación de la confianza en la vejez, aunque una lectura más cuidadosa de los datos sugiere más bien un desplazamiento hacia categorías de rechazo más radical —como «ninguna confianza»— que no están contenidas en esta gráfica específica. Venezuela lidera este grupo con 21%, seguida por Costa Rica con 17%, Colombia y Bolivia con 15% cada una, Chile con 9% —llamativamente bajo para un país que lideraba en el grupo anterior—, Panamá con 13%, Argentina con 12%, Honduras con 12%, El Salvador con 14%, República Dominicana con 11%, Brasil con 11%, Ecuador con 11%, México con 9%, Guatemala con 11%, Paraguay con 4%, Perú con 4% y Uruguay con 8%. El rango porcentual oscila entre 4% y 21%. La reducción drástica de los porcentajes en este grupo de edad en prácticamente todos los países —con la sola excepción relativa de Venezuela— señala que los evangélicos de 61 años en adelante han llegado, en su mayoría, a posiciones más definitivas respecto a los partidos políticos: o bien han encontrado razones concretas para mantener algún nivel de confianza —expresado en las categorías analizadas anteriormente—, o bien han transitado hacia el desengaño total, reservando la «poca confianza» para una minoría que todavía preserva un vínculo residual con la institucionalidad. En conjunto, los cuatro grupos etarios de esta gráfica dibujan una trayectoria generacional del escepticismo político evangélico que no es lineal ni predecible, sino profundamente condicionada por la historia de cada nación, la experiencia vivida de cada cohorte y la singular manera en que cada comunidad de fe ha aprendido a habitar, con discernimiento y esperanza, los espacios imperfectos de la democracia latinoamericana.
