Respuesta analizada: «Ninguna confianza» — Latinobarómetro 2024 — Base: 19,215 encuestados

La respuesta «ninguna confianza» hacia los partidos políticos representa la expresión más radical del desencanto institucional entre los evangélicos latinoamericanos, y constituye —a diferencia de las categorías de confianza parcial o moderada— una postura de rechazo total que cierra deliberadamente la puerta a cualquier forma de legitimación de las estructuras partidarias como instrumentos válidos para la vida pública. Sobre la base de 19,215 encuestados del Latinobarómetro 2024, los datos revelan que esta categoría presenta una distribución continental robusta y transversal a todos los grupos etarios, con porcentajes que oscilan entre 3% y 43% según país y cohorte. En el rango de 16-25 años, Paraguay lidera con 35%, seguido por República Dominicana con 22%, Venezuela y Bolivia con 21% cada una, y Guatemala con 21%. En el grupo de 26-40 años, Uruguay encabeza con 43%, seguido por Perú con 41%, Guatemala y México con 39% cada uno, y Venezuela con 38%. La cohorte de 41-60 años presenta sus valores más altos en Argentina con 35%, Brasil con 37%, Colombia con 35%, Panamá con 36% y Costa Rica con 35%, mientras que el grupo de 61 años y más registra su mayor expresión en Chile con 38%, Uruguay con 24%, Costa Rica con 33% y Colombia con 21%. El rango porcentual global se extiende entre 3% —Uruguay en el grupo de 16-25 años— y 43% —Uruguay en el grupo de 26-40 años—, revelando que el desencanto político total, lejos de ser marginal, constituye una postura mayoritaria o cercana a serlo en múltiples contextos nacionales, y que su distribución etaria no sigue una progresión lineal sino que responde a dinámicas históricas y contextuales de cada nación.

Esta dimensión del rechazo total a los partidos políticos entre los evangélicos encuentra en la tradición bíblica y teológica no una validación del quietismo o la abstención irresponsable, sino un fundamento profético de denuncia ante la corrupción del poder y un llamado a la esperanza trascendente como único ancla verdadera de la identidad ciudadana creyente. El profeta Isaías, en el capítulo 31 versículo 1, advierte contra quienes descansan en caballos y confían en carros de guerra y en jinetes, y no miran al Santo de Israel ni buscan al Señor, articulando una crítica al poder institucional que resuena con fuerza en contextos de colapso de la confianza política. En el libro de Apocalipsis, la imagen de Babilonia como sistema de poder corrompido y autosuficiente que seduce a los pueblos ha sido ampliamente utilizada por la teología evangélica latinoamericana de liberación y de misión integral para interpretar las estructuras políticas que perpetúan la injusticia y la exclusión. Por su parte, el apóstol Pablo en Gálatas 5:1 exhorta a estar firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres y a no estar otra vez sujetos al yugo de esclavitud, versículo que en su aplicación política ha sido leído como una advertencia contra la dependencia ideológica o partidaria que compromete la autonomía del creyente. Desde la perspectiva de la misión integral —corriente teológica con fuerte arraigo en América Latina— el rechazo total a los partidos no debe leerse como indiferencia al sufrimiento social, sino como el reconocimiento de que ningún partido político puede ser el mesías que transforme estructuralmente una sociedad, y que la iglesia está llamada a ser una comunidad alternativa que encarne los valores del reino más allá y por encima de las lealtades partidarias.

El rango etario de 16 a 25 años evidencia en la categoría de ninguna confianza una distribución que, aunque moderada en sus valores absolutos respecto a otros grupos, ya señala la presencia de un núcleo significativo de jóvenes evangélicos que han llegado al rechazo institucional total en edades tempranas. Paraguay lidera con 35%, seguido por República Dominicana con 22%, Venezuela con 21%, Bolivia con 23%, Guatemala con 21%, Ecuador con 18%, Panamá con 18%, El Salvador con 20%, Perú con 17%, Venezuela con 21%, Argentina con 10%, Brasil con 14%, Colombia con 11%, Chile con 11%, Costa Rica con 13%, Honduras con 13%, México con 11% y Uruguay con apenas 3%. El rango porcentual oscila entre 3% y 35%. El liderazgo de Paraguay en este grupo resulta particularmente revelador cuando se contrasta con los datos anteriores: un país que en la categoría de «mucha confianza» presentaba 100% en este grupo etario y en la de «poca confianza» lideraba con 45%, aparece ahora también al frente en la de «ninguna confianza» con 35%, lo que sugiere que la muestra paraguaya juvenil no responde a una tendencia homogénea sino a una fragmentación radical de posiciones, donde coexisten la adhesión total y el rechazo absoluto como expresiones extremas de una comunidad evangélica que procesa su relación con la política desde polos opuestos sin términos medios dominantes. El mínimo de Uruguay con 3% en este grupo es igualmente significativo y consistente con una comunidad evangélica joven que, en ese país, parece mantener más vínculos residuales con la institucionalidad política que sus pares continentales.

La cohorte de 26 a 40 años exhibe en la categoría de ninguna confianza los valores más elevados del conjunto del análisis, consolidándose como el grupo etario con mayor rechazo institucional total, con un rango que se extiende entre 19% y 43%. Uruguay lidera con el pico máximo de toda la gráfica con 43%, seguido por Perú con 41%, Guatemala y México con 39% cada uno, Venezuela con 38%, Argentina con 37%, Honduras con 37%, Brasil con 36%, Bolivia con 34%, Panamá con 34%, República Dominicana con 29%, Ecuador con 32%, El Salvador con 28%, Colombia con 33%, Paraguay con 33%, Chile con 25%, Costa Rica con 19% y el mínimo también de Costa Rica. El rango porcentual oscila entre 19% y 43%. El liderazgo de Uruguay en este grupo —el mismo país que en el análisis de «poca confianza» también ocupaba posiciones de liderazgo— confirma una tendencia estructural: los evangélicos uruguayos de entre 26 y 40 años representan la cohorte con mayor rechazo político total del continente, lo que resulta coherente con el carácter históricamente secular de Uruguay, donde los partidos políticos han construido su identidad al margen y con frecuencia en tensión con los valores religiosos, generando en los creyentes evangélicos de esta generación un distanciamiento que ha evolucionado desde la desconfianza hacia el rechazo explícito. El alto porcentaje de Perú con 41% y de México con 39% en este grupo refleja asimismo el impacto de contextos de corrupción sistémica documentada, crisis de representación y violencia política que han erosionado en los creyentes adultos jóvenes cualquier vestigio de confianza residual en las estructuras partidarias.

El rango etario de 41 a 60 años demuestra que el rechazo total a los partidos políticos alcanza en esta cohorte una distribución notablemente homogénea entre países, con valores que oscilan entre 22% y 37% y que sugieren una convergencia generacional en el desencanto institucional que trasciende las fronteras nacionales. Brasil y Argentina lideran empatados con 37% y 35% respectivamente, seguidos por Colombia y Costa Rica con 35% cada una, Panamá con 36%, República Dominicana con 33%, El Salvador con 33%, Venezuela con 27%, Ecuador con 33%, Honduras con 31%, Bolivia con 31%, Chile con 26%, Perú con 26%, Paraguay con 22%, México con 30%, Uruguay con 43% y Guatemala con 29%. El rango porcentual oscila entre 22% y 37% —excluyendo el valor atípico de Uruguay—. La notable compresión del rango en este grupo etario —apenas 15 puntos porcentuales entre el mínimo y el máximo para la mayoría de los países— sugiere que los evangélicos de entre 41 y 60 años han llegado, independientemente de su contexto nacional específico, a una postura de rechazo político convergente que refleja la acumulación de décadas de experiencias compartidas de decepción institucional. Esta generación vivió su formación ciudadana durante las transiciones democráticas de los años ochenta y noventa, alimentada por la esperanza de que la democracia representativa traería transformaciones sustantivas; habiendo experimentado el fracaso parcial o total de esas promesas, el rechazo total a los partidos se ha consolidado en ellos no como una postura ideológica sino como una conclusión experiencial pastoralmente procesada desde la fe.

El grupo de 61 años y más constituye, en la categoría de ninguna confianza, la cohorte con la distribución más sorprendente y contraintuitiva del conjunto del análisis, pues presenta el valor máximo más alto de cualquier grupo en la dimensión del rechazo etario tardío: Chile, con 38%, exhibe el porcentaje más elevado de este grupo, seguido por Costa Rica con 33%, Uruguay con 24%, Colombia con 21%, República Dominicana con 16%, Perú con 15%, Argentina con 18%, Ecuador con 17%, El Salvador con 20%, Honduras con 20%, Panamá con 13%, Brasil con 13%, Venezuela con 13%, Bolivia con 12%, México con 20%, Paraguay con 9% y Guatemala con 11%. El rango porcentual oscila entre 9% y 38%. El liderazgo de Chile con 38% en el grupo de mayor edad resulta el dato más llamativo y analíticamente fértil de toda esta gráfica: en un país donde el movimiento evangélico creció significativamente durante la dictadura militar como espacio de comunidad y refugio emocional, y donde los partidos políticos estuvieron asociados durante décadas tanto a la represión como a la transición incompleta, los evangélicos de 61 años en adelante portan en su memoria biográfica las cicatrices más profundas de la traición institucional, lo que los lleva a expresar en mayor proporción que sus pares de otros países un rechazo total a los partidos que no es ira pasajera sino convicción forjada en la experiencia. En síntesis, la gráfica de «ninguna confianza» completa el cuadro de la relación entre los evangélicos latinoamericanos y los partidos políticos revelando que el desencanto institucional total no es residual ni marginal, sino una postura extendida, transversal y creciente que interpela a las iglesias a desarrollar teologías públicas capaces de transformar el rechazo político en participación profética, convirtiendo la desconfianza en fuerza para la construcción de comunidades de bien común que no dependan de los partidos para encarnar los valores del reino de Dios.

 

 

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