Los datos del Latinobarómetro 2024, sustentados en encuestados evangélicos distribuidos en quince países de América Latina, revelan que la respuesta «los medios de comunicación» como primera mención ante la pregunta sobre quién tiene más poder en el país presenta una distribución con el Grand Total más informativo de toda la serie — 24% en 16-25, 31% en 26-40, 27% en 41-60 y 17% en 61 y más — confirmando que los medios de comunicación constituyen el tercer actor de poder más frecuentemente identificado por el evangelicalismo latinoamericano después del gobierno y las grandes empresas. El grupo de 26 a 40 años registra los porcentajes representativos más destacados con Honduras liderando con 45%, seguida de Panamá con 45%, México con 50%, Uruguay con 56% y Colombia con 38%. El segmento de 41 a 60 años exhibe cifras relevantes con Costa Rica liderando con 48%, seguida de El Salvador con 43% y Bolivia con 40%. El rango del grupo 16-25 oscila entre 0% y 47%, y el de 26-40 entre 11% y 100% según los mapas de la gráfica — aunque el extremo superior refleja submuestras mínimas. El segmento de 61 y más presenta como valores más destacados a Argentina con 40% y Colombia con 25%. Este fenómeno revela que el evangelicalismo latinoamericano ha desarrollado una conciencia significativa sobre el poder de los medios de comunicación tradicionales como actores que determinan las condiciones del debate público, la formación de la opinión ciudadana y las narrativas que moldean las percepciones políticas y sociales de sus comunidades.

Esta dimensión de percepción del poder mediático entre los evangélicos encuentra un contexto teológico en las enseñanzas bíblicas sobre el poder de la palabra pública, la responsabilidad de quienes comunican sobre las condiciones de vida de las comunidades y la advertencia contra los sistemas de información que distorsionan la verdad para servir intereses particulares antes que el bien común. Proverbios 25:23 establece con precisión la dinámica entre el discurso y sus consecuencias sociales: «El viento del norte ahuyenta la lluvia, y el semblante airado la lengua detractora», reconociendo que el poder de la palabra — en este caso la palabra pública de los medios — para crear o destruir condiciones de convivencia es tan real como el poder de las fuerzas naturales sobre el clima. Esta analogía bíblica describe con precisión lo que los evangélicos que identifican a los medios como el actor más poderoso han observado: la capacidad de las grandes plataformas de comunicación para transformar el clima político, social y cultural de sus naciones con la misma inevitabilidad con que el viento del norte cambia el tiempo atmosférico. Isaías 59:4 denuncia la distorsión de la comunicación pública al servicio de la injusticia: «No hay quien clame por la justicia, ni quien juzgue por la verdad; confían en vanidad, y hablan vanidades; conciben maldades, y dan a luz iniquidad», describiendo un ecosistema comunicacional donde las narrativas dominantes no reflejan la verdad ni sirven la justicia, lo que resuena con la experiencia de comunidades evangélicas que perciben los medios de comunicación como actores que frecuentemente distorsionan, marginan o ridiculizan su fe y sus valores en beneficio de agendas que les son ajenas o contrarias. 1 Corintios 15:33 añade la advertencia sobre la influencia corruptora del discurso colectivo dominante: «No os engañéis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres», principio que el evangelicalismo latinoamericano ha aplicado históricamente a los medios de comunicación masiva como factores de erosión de los valores que sus comunidades de fe procuran sostener.

El grupo etario de 16 a 25 años evidencia una distribución con Guatemala encabezando con 47%, seguida de El Salvador con 29%, Perú con 29% y República Dominicana con 47%. En el extremo inferior se ubican Brasil (0%), Chile (0%), México (0%), Paraguay (0%) y Uruguay (0%), configurando un rango que oscila entre 0% y 47% según los mapas de la gráfica. El Grand Total de 24% para este segmento revela que casi una cuarta parte de los jóvenes evangélicos encuestados identifica los medios de comunicación como el actor más poderoso de su país, lo que resulta especialmente significativo dado que esta es la generación que consume información predominantemente a través de medios digitales y redes sociales antes que a través de los medios tradicionales. Guatemala (47%) y República Dominicana (47%) liderando este segmento para percepción del poder mediático entre los jóvenes creyentes refleja el contexto de dos países donde los medios de comunicación han mantenido una influencia política significativa — a veces en connivencia con el poder político y económico — que los jóvenes evangélicos han observado directamente en su impacto sobre la vida pública de sus naciones. Los múltiples ceros en la juventud de Brasil, Chile, México, Paraguay y Uruguay sugieren que en esos países los jóvenes creyentes encuestados distribuyeron su percepción del poder entre otros actores — gobierno, grandes empresas, redes sociales — sin identificar a los medios tradicionales como el más poderoso de primera mención.

La cohorte de 26 a 40 años demuestra ser el grupo donde el Grand Total de 31% alcanza su mayor expresión, con Uruguay liderando con 56% entre los valores representativos, seguida de México con 50%, Honduras con 45%, Panamá con 45% y Colombia con 38%. Los valores estadísticamente atípicos de Paraguay (100%), Brasil (71%) y Chile (67%) deben interpretarse con máxima cautela metodológica por las razones ya señaladas. Los valores más representativos de Uruguay (56%) y México (50%) en este segmento resultan analíticamente coherentes con los perfiles de dos países donde los medios de comunicación han jugado roles determinantes en los escenarios políticos recientes. En Uruguay, los medios han sido actores centrales en los debates sobre reforma del Estado, seguridad pública y políticas sociales que han determinado la agenda política de los últimos años. En México, la relación entre los grandes medios de comunicación — televisoras y radiodifusoras con alcance nacional — y el poder político ha sido históricamente estrecha y conflictiva, con los medios funcionando en algunos períodos como actores con poder de veto sobre la agenda política y en otros como plataformas de amplificación del poder gubernamental, generando en la generación evangélica adulto-joven mexicana la percepción clara de que los medios ejercen un poder real y determinante sobre las condiciones de vida y el debate público de su país.

El rango etario de 41 a 60 años exhibe el Grand Total más elevado de cualquier variable de esta serie con 27%, con Costa Rica liderando entre los valores representativos con 48%, seguida de El Salvador con 43%, Bolivia con 40% y Colombia con 25%. Los valores más bajos del grupo se encuentran en Paraguay con 0%, Guatemala con 16% y Perú con 29%, configurando un rango que oscila entre 0% y 48% según los mapas de la gráfica. El liderazgo de Costa Rica (48%) en el segmento de mediana edad para percepción del poder mediático resulta coherente con el perfil de un país donde los medios de comunicación — radio, televisión y prensa escrita — han mantenido históricamente una presencia más independiente y estructuralmente influyente que en la mayoría de sus vecinos centroamericanos, con los grandes medios actuando como verdaderos actores de poder político capaces de movilizar la opinión pública, hacer y deshacer carreras políticas y determinar la agenda de debate nacional. Los evangélicos costarricenses de mediana edad que perciben los medios como el actor más poderoso han observado directamente cómo las decisiones editoriales de los grandes medios de comunicación de su país han determinado cuáles issues políticos son relevantes, qué actores son legitimados como interlocutores válidos y qué narrativas sobre la realidad nacional prevalecen en el debate público, lo que les confiere una conciencia crítica sobre el poder mediático que resulta tanto un recurso para el discernimiento como un llamado pastoral a desarrollar alternativas comunicacionales desde la fe.

La generación de 61 años y más presenta la distribución más informativa de toda esta gráfica en términos representativos, con Argentina encabezando con 40%, seguida de Perú con 29%, Ecuador con 18% y Colombia con 25%. El Grand Total de 17% para este segmento — el más bajo de todos los grupos etarios — confirma que los adultos mayores evangélicos tienden menos que los grupos más jóvenes a identificar los medios de comunicación como el actor más poderoso de su escenario nacional, lo que puede reflejar una comprensión más distribuida del poder entre múltiples actores que la acumulación de décadas de experiencia política produce. Argentina (40%) liderando este segmento de adultos mayores para percepción del poder mediático resulta coherente con el perfil de un país donde la concentración de medios de comunicación y los debates sobre su poder político han sido especialmente intensos durante las últimas décadas, con los grandes medios argentinos siendo actores declarados en los conflictos políticos que han marcado la historia reciente del país. Los adultos mayores evangélicos argentinos que identifican los medios como el actor más poderoso han observado directamente cómo los grandes grupos mediáticos han tenido capacidad de determinar el resultado de elecciones, de llevar a la primera plana o al olvido a actores políticos y de moldear las percepciones colectivas sobre la realidad económica y política del país en maneras que ninguna institución formal — ni el gobierno, ni el Congreso — ha podido igualar en términos de alcance e impacto inmediato sobre la opinión ciudadana. En su conjunto, con un Grand Total de 24-31-27-17% a través de los cuatro grupos etarios, la percepción de los medios de comunicación como actor más poderoso del escenario nacional representa una conciencia extendida y transgeneracional dentro del evangelicalismo latinoamericano que las iglesias tienen la responsabilidad de acompañar con una teología mediática robusta: enseñando a discernir con sabiduría bíblica los mensajes que los medios transmiten, formando comunicadores evangélicos con vocación de servicio a la verdad, y desarrollando sus propias plataformas comunicacionales que ofrezcan al espacio público las narrativas de esperanza, justicia y dignidad que el evangelio proclama como alternativa a los discursos de poder que frecuentemente dominan los medios de comunicación latinoamericanos.

 

 

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